Cambio de papeles

¿Qué será lo que hace que los padres, en "cosas de la vida", siempre tengan razón? ¿Por qué cierto día te levantas o te vas a dormir pensando en por qué no les has hecho caso antes? Hay veces que sus palabras te dejan un sabor agridulce pero que te empuja a sentirte cada vez más cercano a ellos y ves pasar tu vida y, de golpe, entiendes todo. Parece que la vida pierde todo misterio cuando les oyes hablar y es como si apacentara dentro de ti toda la certeza de la existencia y todo el saber humano (aquel "pan, casa, destino, camino" que cantaba Manolo García). Y te das cuenta de que todo es más sencillo de lo que creemos.

Hoy he vivido una situación curiosa con mi padre. La semana que viene cumple 65 años y sólo quedan —como dice alegremente él— 32 horas de trabajo, que quitando el cuarto de hora del bocadillo son 31 para que dé por finalizada su experiencia laboral de la friolera de 40 años en la misma empresa. Una noche de viernes como hoy, mi sino no era otro que quedarme estudiando para mi último examen. Sus compañeros le habían preparado una fiesta de despedida en un restaurante y mientras yo me hacía mi cena él salía por la puerta diciéndome aquello de "no creo que llegue muy tarde" (¡Cuántas veces habré dicho yo eso sabiendo que no lo iba a cumplir!). Reconozco que en un par de ocasiones he pensado que se estaba retrasando mucho...

Cuatro o cinco horas más tarde ha llegado y se ha sentado conmigo a explicarme lo bien que se lo ha pasado. Estaba emocionado, sin ganas de irse a dormir, orgulloso de su vida y de lo conseguido y me ha explicado todo con pelos y señales, mezclando anécdotas y sentimientos mientras sonreía.

Cuando, rendido, se ha ido a la cama, he vuelto a pensar lo que llevo días pensando. Mi fin de carrera coincide con su jubilación. Ahora él hará la comida, pasará largas horas leyendo o viendo la televisión, tranquilo, sabiendo que ha hecho méritos más que suficientes para llevar una vida tranquila. Yo hasta ahora hacía la comida, pasaba largas horas leyendo y estudiando porque tenía la seguridad del sustento paterno. Y ahora toca trabajar y echar el vuelo y en ese terreno mi situación es incierta.

No he podido evitar quedarme con una sentencia del que para mí, en estos momentos, es el hombre más preciado y más sabio del mundo, o sea, mi padre:

«Para triunfar
te tienen que gustar los lunes»

Porque de ti volví a aprender el nombre de las cosas.
Porque de ti volví a aprender lo necesario.
Pan, casa, destino, camino.
De ti volví a aprender. Del bosque
de tu alegría. De manos
de tu sereno misterio.
Quedaba mucho por hacer:
arreglar la huerta,
hablar con los perros,
pasear por las orillas del otoño.
Quedaba mucho por hacer.
Quedaba mucho.
Porque de ti volví a aprender lo necesario.
A prescindir de lo inútil,
que nada es precario.
Del brillo de tus ojos
a disfrutar el tiempo lento.
Y cuatro cosas útiles de tu gesto cierto.
Y muchas cosas más de ti aprendí.
Y quedaba mucho por hacer.
A tirar el lastre, de eso que es la existencia.
Del tráfico, del peso de los lunes.
Gris, cielo, hoguera, camino.
De películas malas.
A robarle el tiempo al minutero,
que los relojes matan el tiempo.
Quedaba mucho por hacer:
recoger los sueños en las noches frías
como cuando no hay peces recojo las redes vacías.
Quedaba mucho por hacer.
Quedaba mucho.
Aprendí a sumar lo lógico y lo incierto.
A poner la mesa.
Aprendí a tolerar la presencia necesaria
de las arañas.
Aprendí a soportar sólo lo soportable.
Y quedaba mucho por hacer,
rechazar el tedio, luchar contra él.
Y quedaba mucho por hacer.
Limpiar de malas hierbas el prado,
arrancar las rejas y cercados.
Hacer montones: perros con gatos.
Hacer montones: soles y estrellas.
Borrar las señales de vuelo
para que los pájaros sean dueños del cielo.
Y quedaba mucho por hacer...
Y quedaba mucho por hacer...
Y quedaba mucho por hacer...
Y quedaba mucho por hacer...