La Garriga

Hace un par de días, a las 7:30 a.m. salía de la estación de tren de Terrassa camino del autobús para ir a trabajar cuando se puso a llover. En ese pequeño trayecto siempre me siento triste. Sólo trabajo dos días a la semana, no es cuestión de quejarse, pero son dos días enteros que los paso allí, en una ciudad que detesto por su constante ruido te metas donde metas, en una casa que no es la mía, con una responsabilidad para la que muchas veces no creo estar capacitada, donde no puedo estudiar, donde a veces creo que desperdicio parte de mi vida... En ese trayecto siempre tengo la sensación de estar metiéndome en la boca del lobo, y sólo escapo cuando la música logra evadirme y meterme de lleno en ese tipo de fantasías que incluso a veces llegan a doler.

Sonaba esto en mis auriculares

cuando escapaba de la lluvia para subir al autobús. La música no ayudaba a que saltara de alegría pero empecé a plantearme el porqué de esa sensación de vacío cada vez que estoy allí, que va muy ligada a mi deseo creciente de sentirme sola, de poder dedicarme única y exclusivamente a mí.

Hace años que detestaba mi pueblo. Desde bien jovencita soñaba con el día en que pudiera irme de casa para irme a la ciudad. Mi pueblo es un pueblo residencial, termal, es decir, tranquilo. Los jóvenes nos aburrimos y la gente, generalizando mucho, claro está, no acaba de ser de mi agrado.

Siempre he querido vivir en Barcelona o Madrid. Esas dos ciudades nunca me han resultado agobiantes como lo hace Terrassa, quizás porque jamás he pasado tanto tiempo en ellas, no lo sé, pero es cierto que desde que voy cada semana a Terrassa veo a mi pueblo de otra manera. Y en esto pensé mientras escuchaba esa canción observando la lluvia tras los cristales (¡parecía otoño!). Los amaneceres, en Terrassa, siempre me han parecido tristes, sombríos y sucios, nada comparado con la niebla matutina en La Garriga, que cubre las montañas y apenas deja ver nada, pero que le da un color especial a mi alma.

Hoy me he despertado más temprano de lo habitual. Tampoco es habitual que me acueste temprano. A las 7:30 de la mañana, tras el cristal del balcón se veía todo blanco, como si estuviera apunto de nevar. Me hecho un cola-cao calentito y me lo he tomado a fuera, en la terraza, sola, aguantando un frío agradable y contemplando los tejados que siempre están ahí, con su estética degradada por los años, la niebla y la lluvia.

Me he sentido como Heidi al volver a las montañas. Quizá esto es otro síntoma de estar haciéndome mayor, pero a veces necesito esa tranquilidad que sólo tengo aquí, respirar ese olor como de leña quemada que sólo respiro aquí, ver esas montañas alrededor que se cubren cuando llueve y que cierto verano vi arder.


4 miau(s):

Anónimo dijo...

Es el ciclo natural de la vida. De pequeño odiamos las cosas que de mayor nos gustan. Me alegra saber que vuelves a la carga con más post.

P.D: Madrid es una ciudad caótica. No te la recomiendo para nada. Vivo aquí y desearía mudarme. Siempre queremos lo que no tenemos...en fin.

Como un gato sin dueño

Anónimo dijo...
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Anónimo dijo...

Oui, se mua...pero mantenme en secreto!

Fragmentadora de Papel dijo...

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