19:30h de una fría tarde de noviembre. La calle, oscura, está casi vacía, parece más tarde. Últimamente siento que vivo en una eterna madrugada.
Paseo lentamente observando la iluminación navideña, aún sin encender, que cuelga sobre mi cabeza. Estoy cansada, la clase de claqué de hoy me ha dejado los pies destrozados y siento un leve cosquilleo en los muslos que me advierte que posiblemente mañana tendré agujetas. Aún así tengo ganas de andar. El frío esta vez me resulta agradable y en casa no me espera nada especial. Tomo el camino más largo, voy escuchando música en mis auriculares y me gusta sentirme atiborrada de ropa mientras noto la cara fría. Me acuerdo de aquella noche solitaria de diciembre en Madrid cuando reencarné el tópico de “la ciudad y yo”. El frío doloroso me resquebrajaba las manos, la soledad dolía y sanaba a la vez y mis pies pedían a gritos un baño caliente. Pero todo ello se compensaba con la agitación que sentía mi corazón mientras rodeaba la Puerta de Alcalá, me despedía de la pensión de la calle Atocha o La Cibeles parecía alegrarse de que fuera, por fin, a verla.
De debajo de un coche aparece un gato cojo que me mira con ojos de neón. Trato de mirarlo fijamente pero desvía la mirada. Sólo quien vive, siente y piensa como un gato puede desafiar a una mirada como la suya. Aún debo mejorar mi felinidad. Observo cómo me da la espalda y sigue su camino sin inmutarse. Envidio su aparente despreocupación, me gustaría sentirme así pero la realidad es que deseo esconderme incluso de mí misma. Quisiera pasarme desapercibida, que mis propios sentimientos no influyeran sobre mi estado mental.
Sigo caminando hundida en el abrigo, escondiendo mi cara bajo el cuello alto de mi jersey de lana y pienso en si toda esta desesperación emocional, esta congoja, se debe al hecho de estar alimentando una idea errónea que nace de un pequeño gesto tuyo helado y de nuestras palabras desacertadas en un momento quizás también desacertado. Esta ilusión fundada en la nada o el todo, no lo sé, está rompiendo mi garganta, hirviendo mi voz y secuestrando a cada instante la imagen de tu cuerpo dormido a mi lado, con el amanecer posándose sobre tu rostro a través de las rendijas de la persiana. Cansada de estar sola con mis sueños desespero y voy de un lado a otro, desgastando las suelas de mis zapatos sin saber a donde voy. Entre el amor y la tristeza hay poco donde escoger. Entre el amor y la ilusión, una paleta con infinidad de colores combinados al azar. Nunca sabremos con certeza qué tipo de suerte correrá este lienzo que empezamos sin querer y que hoy me deja en cueros vagando sin rumbo en busca de inspiración. A ratos engendramos un bonito cuadro expresionista de tonos vivos e intensos pero a ratos un caos surrealista de tonos grises combinados sin piedad, fundiéndose por momentos en manchas completamente negras. En fin, pensamientos y pensamientos que sólo delatan mi cobardía.
Me detengo en la farmacia porque recuerdo que no tengo aspirinas. Cuando llegue a casa sé que necesitaré una para poder dormir. Es viernes y no hay plan a la vista, los amigos parecen haberse puesto de acuerdo para no estar disponibles y tomarme una cerveza sola me da reparo; aún no soy tan alcohólica, aunque ese sería, tal vez, el mejor remedio para mi dolor de cabeza.
El farmacéutico está a punto de irse, son las 20:30h. Hace media hora que debería haber cerrado después de toda una semana de guardias nocturnas. Está cansado, como yo. Se le nota. Me siento mal por molestarle por tan poca cosa pero me atiende con una enorme sonrisa que me reconforta. Después de una hora caminando con frío y enfurruñada en mis manchas negras, esa sonrisa es un pequeño destello de color. Al dar media vuelta para irme, con mi cajita de aspirinas y mi dentífrico “Sensitive”, me pregunta si hace mucho frío en la calle y así, con algo tan trivial como una charla sobre el tiempo, nos imbuimos en una conversación propia de dos buenos amigos. Tiene ganas de hablar, pasa mucho tiempo solo, como yo. Se le nota. La conversación va de un lado a otro sin ningún orden, sólo el que el propio fluir de la conciencia permite, y durante aproximadamente dos horas el mundo y la soledad desaparece para los dos. Por un momento estoy a punto de invitarle a tomar una cerveza y seguir la charla en un lugar más acogedor. Hablar mientras de reojo veo el estante de papillas junto al de las compresas para las pérdidas de orina me incomoda. Dudo, pero de la forma más oportunamente cruel, en la radio suena de fondo el Wicked game de Chris Isaak y es entonces cuando decido que es la hora de irse, prefiero seguir caminando.
Ya no queda nadie en la calle, no hace frío y las manchas negras van reapareciendo poco a poco, la tristeza vuelve a pesar, el vacío vuelve sin más. Voy a casa. Junto al portal ronronea un gato negro con ojos de neón. Me siento a su lado y ladea su cabeza contra mí insistentemente. Se deja acariciar. Lo miro. Me mira y sigue ronroneando. Yo sigo pensando en ti, hoy me dejaría acariciar.
