Ayer murió mi madre. ¡Qué frase tan breve! ¡Y qué fácil de pronunciar! Sólo cuatro palabras. Pero, ¡cuántas cosas significa y contiene, y cuántas cosas clausura! ¡Qué cúmulo de pensamientos y de emociones se amontonan en mi memoria y pugnan en estos instantes por ocupar mi mente y mi corazón! ¡Cuántas escenas vividas, cuántas situaciones, cuántos acontecimientos, cuántos sacrificios, cuántos sobresaltos, cuántos sinsabores, cuántas incertidumbres en los malos tiempos, y cuántas alegrías y cuántas satisfacciones y cuántas risas en los buenos!
Ayer murió mi madre. Y con ella murió una parte importante de mí mismo. ¡Qué terrible sentimiento el de la orfandad! Porque, aunque anciana, gastada, ajada y afeada por los años, seguía siendo ella y a mí aún me parecía hermosa y llena de vida... y estaba ahí, al alcance de mi mano.
Ayer aún tenía madre.
Esto son fragmentos de un texto en pdf de un tal Francisco-Manuel Nácher que encontré de casualidad un día curioseando por el google. Me impactó su título pues, inevitablemente, me transportó a aquel 27 de septiembre de hace cinco años. El mismo día en que mi voz interior no dejaba de golpearme esa misma frase: "ayer murió mi madre, ayer aún tenía madre".
El sol había deshecho las nubes que acompañaron a su despedida y, con la mente despejada como nunca más la he vuelto a tener desde entonces, me disponía a empezar de cero en el sentido más literal posible, pues tuve la sensación de volver a nacer, esta vez en un mundo nítido pero desarraigado, en el cual, a lo lejos, podía vislumbrar un lugar oscuro y resquebrajado. Lo veía tan lejos que pensé que por mucho que caminara en esa dirección a lo largo de mi vida, jamás llegaría a pisar aquellas tierras. Era como una amenaza constante, siempre estaba en el horizonte, pero el propio dolor de mi estrenada orfandad era, curiosamente, el que alimentaba mi valentía para seguir manteniéndolo siempre a lo lejos.
El dolor más intenso vino poco tiempo después, no sabría definir cuándo exactamente, en el mismo momento en que ya no me sentía una recién nacida en ese nuevo mundo y empezaba a ser realmente consciente de la carencia de mi propio origen. Desperté de ese estado de shock que me había mantenido paradójicamente serena y cuerda, y empezó la desorientación, la congoja y la locura. Acabé pisando aquellas tierras antes de lo previsto y habito aquí desde entonces.
Ante la impotencia y la imposibilidad de traer a mi madre de vuelta, cada día de mi vida procuro volver a nacer por si acaso pudiera recuperar aquella valentía que me dejó cuando, con su serenidad y su sonrisa más sincera, se despidió de todos agarrando la mano del señor de la guadaña. Porque ella murió como vivió: "sin hacer ruido, sin molestar, sin estridencias, sin llamar la atención más allá del círculo familiar" [extraído del texto antes citado]. Sin duda, la mejor lección que me pudo dar.
Hoy hace cinco años que morí para volver a nacer. Cinco años, también se dice pronto... Cinco años que no me dirijo a nadie utilizando la palabra "mama". Qué palabra tan breve y qué fácil de pronunciar. Qué palabra tan universal y única a la vez. Y cuántos pensamientos, sentimientos, recuerdos, enseñanzas y descubrimientos encierran esas dos sílabas idénticas.
Esto sigue doliendo cada día igual o más.
Tu sonrisa es mi mejor recuerdo. Te quiero muchísimo.






















