Ayer murió mi madre


Ayer murió mi madre. ¡Qué frase tan breve! ¡Y qué fácil de pronunciar! Sólo cuatro palabras. Pero, ¡cuántas cosas significa y contiene, y cuántas cosas clausura! ¡Qué cúmulo de pensamientos y de emociones se amontonan en mi memoria y pugnan en estos instantes por ocupar mi mente y mi corazón! ¡Cuántas escenas vividas, cuántas situaciones, cuántos acontecimientos, cuántos sacrificios, cuántos sobresaltos, cuántos sinsabores, cuántas incertidumbres en los malos tiempos, y cuántas alegrías y cuántas satisfacciones y cuántas risas en los buenos!

(…)
Es impresionante pensar que, entre todas las madres posibles, fue ella la que prestó oídos a mi deseo de nacer, y me ofreció su seno y su sangre y su amor para toda una vida, y yo surgí de ella y fui causa de sus ilusiones y sus miedos, de sus alegrías y sus tristezas, vivencias que nunca pude ni podré recordar porque se pierden en ese tiempo sin memoria que es la infancia. Esos años y esas vivencias eran patrimonio exclusivo suyo y se los ha llevado consigo.
(…)
Ahora ya es tarde para hacer lo que no hicimos y para deshacer lo hecho. Ya no podemos modificar nada. Ni explicar nada. Ni justificar nada.

Ayer murió mi madre. Y con ella murió una parte importante de mí mismo. ¡Qué terrible sentimiento el de la orfandad! Porque, aunque anciana, gastada, ajada y afeada por los años, seguía siendo ella y a mí aún me parecía hermosa y llena de vida... y estaba ahí, al alcance de mi mano.

Ayer aún tenía madre.


Esto son fragmentos de un texto en pdf de un tal Francisco-Manuel Nácher que encontré de casualidad un día curioseando por el google. Me impactó su título pues, inevitablemente, me transportó a aquel 27 de septiembre de hace cinco años. El mismo día en que mi voz interior no dejaba de golpearme esa misma frase: "ayer murió mi madre, ayer aún tenía madre".

El sol había deshecho las nubes que acompañaron a su despedida y, con la mente despejada como nunca más la he vuelto a tener desde entonces, me disponía a empezar de cero en el sentido más literal posible, pues tuve la sensación de volver a nacer, esta vez en un mundo nítido pero desarraigado, en el cual, a lo lejos, podía vislumbrar un lugar oscuro y resquebrajado. Lo veía tan lejos que pensé que por mucho que caminara en esa dirección a lo largo de mi vida, jamás llegaría a pisar aquellas tierras. Era como una amenaza constante, siempre estaba en el horizonte, pero el propio dolor de mi estrenada orfandad era, curiosamente, el que alimentaba mi valentía para seguir manteniéndolo siempre a lo lejos.

El dolor más intenso vino poco tiempo después, no sabría definir cuándo exactamente, en el mismo momento en que ya no me sentía una recién nacida en ese nuevo mundo y empezaba a ser realmente consciente de la carencia de mi propio origen. Desperté de ese estado de shock que me había mantenido paradójicamente serena y cuerda, y empezó la desorientación, la congoja y la locura. Acabé pisando aquellas tierras antes de lo previsto y habito aquí desde entonces.

Ante la impotencia y la imposibilidad de traer a mi madre de vuelta, cada día de mi vida procuro volver a nacer por si acaso pudiera recuperar aquella valentía que me dejó cuando, con su serenidad y su sonrisa más sincera, se despidió de todos agarrando la mano del señor de la guadaña. Porque ella murió como vivió: "sin hacer ruido, sin molestar, sin estridencias, sin llamar la atención más allá del círculo familiar" [extraído del texto antes citado]. Sin duda, la mejor lección que me pudo dar.

Hoy hace cinco años que morí para volver a nacer. Cinco años, también se dice pronto... Cinco años que no me dirijo a nadie utilizando la palabra "mama". Qué palabra tan breve y qué fácil de pronunciar. Qué palabra tan universal y única a la vez. Y cuántos pensamientos, sentimientos, recuerdos, enseñanzas y descubrimientos encierran esas dos sílabas idénticas.

Esto sigue doliendo cada día igual o más.

Tu sonrisa es mi mejor recuerdo. Te quiero muchísimo.


Pasado borroso


Una característica que heredé de mi madre es la de guardarlo todo. Siempre me ha dado pena echar a la basura cosas que en un momento dado han sido especiales, o que con el eterno “por si acaso” crees que van a volver a ser de alguna utilidad. Mi padre, en cambio, en los últimos años me ha ido llevando a su terreno, el de que más vale dos recuerdos de calidad que dos mil que sólo crean polvo y ocupan espacio.

Si desde hace unos años las fotos que tengo no estuvieran digitalizadas, ahora mismo tendría los dedos sangrando de partir fotografías por la mitad. Y es que hoy tengo el día destructivo-melancólico.

Tenía un montón de cds y dvds llenos de fotos de los tres años que pasé con mi ex -novio y me he dado cuenta de que la mayoría eran feas o estaban descuadradas o desenfocadas y que rara vez, ni en los tres años que estuvimos juntos ni desde que dejamos de vernos, me ha apetecido sentarme tranquilamente a contemplarlas. Es más, muy pocas me transmiten esa felicidad de dos enamorados en sus días buenos. En algunas me siento realmente ridícula al pensar ¿cómo pude dejarme fotografiar así?

No soy capaz, aún, de deshacerme de todos los cds sin mirarlos primero, por mucho que quiera desprenderme de una vez por todas de todo lo que ha significado esta relación, así que llevo dos días aquí, delante del ordenador, mirándolas y borrándolas, una por una. Sólo conservo las que realmente me resultan agradables de ver, las de algunos besos y abrazos, algunas de los pocos viajes que hicimos, algunos conciertos y algunas de días concretos que recuerdo con especial cariño. Y todas ellas caben en un solo cd que guardaré en el fondo del armario, hasta la próxima vez que necesite hacer limpieza interior.

Qué tonta manía, la mía, de echar de menos cosas desagradables.




¡A caminar!


No es tan importante comprender el destino como el punto de partida, porque es ahí donde estamos y donde empieza el viaje.
Me vuelvo a echar mi sueño a los bolsillos y... ¡A caminar!

Hasta siempre, Michael


26/06/2009


Empiezo este escrito con la foto de un señor que todos y todas conoceréis de sobra, estos días más que nunca. O mejor, rectifico, todos y todas habréis oído hablar de él infinidad de veces porque conocerlo, lo que se dice conocerlo, creo que no. Dudo que nadie mínimamente influenciado por la prensa pueda llegar a entender una vida como la de Michael Jackson.

Yo procuro hacerme una idea, aunque tampoco puedo llegar a imaginar cómo sentía o padecía, pero mi respeto hacia él no va a faltar en un día como hoy (ni nunca). Quien quiera leer sobre mascarillas, niños en el balcón, blanqueamientos de piel, operaciones, abusos a menores, los derechos editoriales de los Beatles, plagios o cualquier otra de sus excentricidades o mentiras infundadas vertidas sobre él a lo largo de estos años, que se vaya a otro sitio. Por una vez no voy a permitir un solo comentario ofensivo hacia su persona (eliminaré cualquier comentario que considere inadecuado), y no porque me guste censurar ni porque sea una fanática ni porque justifique y apruebe todo lo que ha hecho o ha dejado de hacer este señor, sino porque hoy me invade la mala hostia al comprobar como, dial tras dial, casi todo lo que he oído sobre él ha sido el mismo ensañamiento de siempre, los mismos desprecios, las mismas tonterías de siempre justificadas con argumentos endebles y más que obsoletos.

Me parece lamentable que alguien que ha dejado un legado tan grande al mundo de la música y que fue creador de un estilo tan genuino e imitado hasta día de hoy, en el medio radiofónico (el medio que, precisamente, más hincapié debería hacer sobre su música) reciba como último homenaje una sarta de prejuicios, ofensas, desprecios y sinsentidos. La televisión, directamente, ya he procurado no verla por miedo a acabar de horrorizarme del todo. Sus últimos años ya me parecieron injustos aunque me callaba pensando que eso no iba conmigo, pero lo de hoy ya no tiene nombre. Es algo que me puede. ¡Qué faltas de respeto! ¡Qué poca profesionalidad y qué asco dan ciertos locutores! Evidentemente, no hablo de todos ni de todas las emisoras, pero sí de muchas. Y podría decir que, hasta ahora, Onda Cero se lleva la palma. Es increíble como el poder de los medios de comunicación puede hundir en la mierda más profunda a quien antes lamían el culo.

Yo era una recién nacida cuando el éxito de Thriller estaba en pleno apogeo y, a pesar del miedo que me daba la canción y el videoclip de los muertos vivientes, disfruté una parte muy importante de mi infancia (y adolescencia) rodeada de sus discos en vinilo, que ya por aquel entonces eran muchos, con los de The Jackson 5 y los de The Jacksons. Antes de que a principios de los 90 empezara a caer la mierda de los abusos sobre él, yo ya había descubierto su discografía y entendía que su música no podía dejar indiferente a nadie. Repito, su música.

Hoy, nada más levantarme he recibido la noticia, un par de sms en el móvil, y me ha costado reaccionar. He ido a trabajar sin pensar mucho en ello, pero a medida que iba entrando gente al bar e iban comentando la jugada me he ido dando cuenta, con una especie de sonrisa cínica interior, de lo grande que fue este hombre, en todos los sentidos. Y es que siento tanta debilidad por esta clase de genios que crean controversia sólo con respirar (o con dejar de respirar en este caso, sin ánimo de bromear). Ha sido, en cierto modo, divertido ver a los clientes debatir, defensores y detractores, sobre lo mismo de siempre, escuchar a quienes hablaban con algo de conocimiento y a quienes juzgaban y despotricaban repitiendo como loros lo que oyen. Patético reflejo de la sociedad actual.

Muchas pérdidas llevo ya en lo que va de año. Ver cómo poco a poco va muriendo la gente, cercana o no, con la que has crecido debe ser uno de los peores síntomas de estar haciéndose mayor. No hablo aquí de todas ellas, porque si no este blog va a empezar a parecer una sucesión de “Hasta siempres”, pero, como acostumbra a pasar en quienes tenemos inquietud para escribir, suelo tener más ganas de expresarme cuando algo me afecta. Parecerá que me paso la vida deprimida, pero no es así. Hay momentos para todo. Los malos suelen plasmarse aquí, los buenos los disfruto con las personas que quiero y tal vez después, los plasmo también. Depende.

Muchas pérdidas, digo, llenas de tristeza e impotencia pero siempre con la vista positiva tratando de conservar todo lo bueno que han dejado en nosotros.

Hasta siempre, Michael. Gracias por tu música, por los recuerdos que guardo y la gente que he conocido gracias a ti.
Ojalá te dejen en paz de una puta vez.


P.D.: Curiosamente, Michael era una de las muchas cosas que tenía en común con Marc, de quien hablé en la entrada anterior. ¡Qué duro se hace tener que despedir a los dos en tan breve espacio de tiempo!

Hasta siempre, Marc


Cada vez que siento la necesidad de escribir algo en este blog tengo el mismo dilema: ¿Dónde está el límite entre mi realidad y mi ficción? ¿Hasta dónde estoy dispuesta a mostrar mis pensamientos íntimos o mis situaciones personales? Y, si entran en juego segundas y terceras personas, ¿Cuándo es o no lícito hablar de ellas? ¿Cuál es el límite que separa la simple anécdota inofensiva de la exposición deliberada ante los ojos de curiosos desconocidos? ¿Cuándo la discreción deja de serlo para convertirse en ofensa?

Supongo que no hay una respuesta correcta a ninguna de estas preguntas, por eso suelo echar mano del relativismo y pensar que cada persona lo asume como mejor sabe/puede. Hay quienes son más comprensivos que otros, quienes disfrutan sabiendo que escribo sobre ell@s y quienes se niegan en rotundo a que se sepa algo de sus vidas, aún cuando las camuflo con metáforas o recursos variados. Cuando se trata sólo de hablar de mí suelo llegar a buen consenso con mi intimidad y, respecto a los demás, procuro tener siempre el grado de empatía adecuado y saciar así mi deseo de comunicarme con el mundo virtual sin molestar a nadie porque, aunque no deja de resultarme curiosa e incomprensible esta necesidad de expresarme por este medio, es prácticamente imposible hablar únicamente de mí, excluyendo a todas aquellas personas que se cruzan por mi vida a diario.

Hoy siento necesidad, disculpándome previamente por si esto incomoda a alguien, de escribir sobre una persona a quien no veo desde hará aproximadamente trece años y que ya nunca volveré a ver, a no ser que la vida que supuestamente hay “más allá” nos vuelva a unir en un futuro (espero que lejano, dicho sea de paso). Un compañero de clase, de los pocos que consideré “amigo” en mi época de infancia-pubertad nostálgica y solitaria. El tiempo nos llevó por caminos muy diferentes y, como ocurrió con la mayoría de exalumnos de mi colegio, vivimos nuestra adolescencia y primera edad adulta sin necesitarnos el uno al otro. Y nunca nos necesitamos, en realidad. Muchas veces pensé en él tratando de imaginar qué habría sido de su vida, si me recordaría, de qué trabajaría e, incluso, lo buscaba de vez en cuando en Facebook, sin éxito (y ahora sé por qué).

La verdad es que hay poco que decir cuando aún no se ha salido del estado de shock que produce una noticia así. Duele el recuerdo del abrazo que nos dimos a mediados de los 90 para despedirnos cuando se marchaba a vivir lejos, sin saber que sería el último que nos daríamos. Cuesta expresar que, a veces, sin saber muy bien por qué, es más difícil aceptar una muerte que ha sido ignorada por la distancia y los años, que la de un familiar o amigo cercano a quien veías con más o menos frecuencia.

Ya sólo quedan los recuerdos, algunas fotos y aquellas anécdotas que, entre unos y otros, iremos rescatando siempre que salga el tema. También el recuerdo de esa lección que vamos aprendiendo reiteradamente: el de vivir y disfrutar cada momento como si fuera el último.

Hasta siempre, Marc.


El grito del tiempo


Hace años, muchos años, cuando aún era una jovencita ingenua e ilusionada que empezaba sus estudios de filología con grandes expectativas de futuro, asistí a un recital de poesía de un autor cuyo nombre no logro recordar. Todo lo que alcanzo a recordar es el aburrimiento que me provocó aquella lectura de poemas que hablaban reiteradamente del tiempo, del paso de las horas, eternas unas veces, fugaces otras, de caballos que galopaban hacia un confín infinito y se dispersaban a través de los años… Y cosas así.

Me sentí como si estuviera en el fondo de un reloj de arena y, poco a poco, me inundara una nube de polvo blanquecino que hacía humedecer mis ojos y me asfixiaba. Un sopor aplastante es, básicamente, lo que recuerdo.

Al salir del recital, la opinión generalizada fue la misma: “¡Qué tío más pesado! Que si el tiempo, que si los caballos…” Al día siguiente, y en días, meses y años sucesivos, ya ni recordaba haber asistido a tal acto, me olvidé de su nombre, de su cara e incluso de la gente que me acompañaba aquel día; gente ilusa como yo, ávidos lectores, sensibleros y rancios con quien creí tener gran afinidad pero que, como tantas otras personas, acabaron quedando a buen recaudo en el cajón del olvido de mi mente.

Es ahora cuando, sin saber por qué, recuerdo y entiendo a aquel poeta anónimo igual que cierto día, pasada la adolescencia, entendí la sabiduría de mis padres. Ahora entiendo la desazón al observar el paso del tiempo delante de mis narices, dándome collejas o riéndose de mí por permanecer estática, por quejarme constantemente sin ofrecer nada a cambio. Entiendo el desaliento que provoca la conciencia de nuestra propia degradación humana, la desgracia que genera en nosotros mismos la imposibilidad de ciertos deseos, aunque nos empeñemos en sonreír y pensemos que con los años mejoramos, como el buen vino. Al contrario, los años nos hacen más mezquinos. La experiencia y el conocimiento son sinónimos de insatisfacción.

La imposibilidad de volver a ser pequeña o una joven despreocupada y el contacto directo, debido a mi trabajo, con gente anciana cada día, hacen inevitable el pensamiento de que nada puede ir a mejor. Me resulta curioso, también, comprobar que cuando mejor me van las cosas, cuando más a gusto estoy con mi vida, más pienso en lo triste que es hacerse mayor y aumenta mi miedo a equivocar decisiones que no me permitan volver atrás.

De un tiempo a esta parte estoy sintiendo con más fuerza que nunca los azotes del tiempo. Aún soy joven, con plenas facultades y sexualmente activa pero, cada vez más, me preocupa no ser como fui, ni poder ser en el futuro como siempre he querido ser y me pesa esta sensación constante de conformarme con un presente que no está en mi mano cambiar. Sé que esto es muy discutible, en teoría, pero en la práctica todos, y yo la primera, somos unos cobardes. Si alguien no lo es, dudo mucho que ahora esté delante de una pantalla leyendo esto.

Hoy he rescatado de ese cajón del olvido mental, un disco que marcó mi niñez. Mi primer contacto musical en serio, más allá de las canciones infantiles, fue de la mano de Duncan Dhu y, en especial, de su disco El grito del tiempo, de 1987. Mikel Erentxun me fascinaba (fue mi primer amor, junto con Chema, el panadero de Barrio Sésamo) y recuerdo tardes enteras escuchándolo, haciendo una especie de caligramas con las letras de las canciones. Supongo que debido a la edad (tenía unos seis o siete años) no las entendía como las puedo entender ahora, pero esta canción, por ejemplo, era de mis preferidas, me parecía tristísima pero bonita a la vez, igual que ahora me lo parece la vida, en general.


Más que a mi suerte


Quien me conoce sabe de mi admiración por Nacho Vegas, a quien considero uno de los mejores cantautores españoles habidos y por haber. Aún así, creo ser bastante objetiva y no me dejo cegar por el fanatismo.


Así como, en su día, su libro Política de hechos consumados, me dejó entrever que como literato es bueno pero sin llegar a la altura del genio que, en mi opinión, alcanza con sus canciones, ayer me demostró que como actor sería mejor que se hubiera quedado en casa o, como mínimo, escogiera mejor sus papeles. Porque al fin y al cabo, el problema de Más que a mi suerte no es precisamente Nacho.


Ayer me acerqué a los cines Verdi sin grandes expectativas, pero con la curiosidad y la ilusión de ver algo en primicia que protagonizaba alguien que me ha dado tantas satisfacciones a lo largo de varios años. No podría hablar de decepción propiamente dicha, sino más bien de vergüenza ajena. Insisto, no por él, que apenas pronuncia cuatro palabras, sino porque no alcanzo a comprender (sin pretender dármelas de nada) cómo alguien puede escribir un guión tan malo, incoherente y carente de sentido y que alguien apueste tiempo y dinero por él. De veras que llevo horas reconstruyendo esos catorce minutos en busca de algún tipo de simbolismo en los constantes y tediosos planos fijos, o de algún indicio, el que sea, que me convenza de que vale algo la pena, pero no lo encuentro. El resultado es absolutamente nefasto.


La propia sinopsis extraída del MySpace trata la historia de esperpéntica y turbadora. Supongo que en algunos sectores del submundo alternativo la ininteligibilidad es sinónimo de esperpento (¡Si Valle-Inclán levantara la cabeza!). ¿Y turbadora? Pues sí, a una le turba ir al cine con expectativas de ver algo sórdidamente bello y salir descojonándose al pensar que haya hecho falta tanta gente para crear semejante penosidad.


Nacho, por favor, sigue componiendo, anda.




Es tan fácil como hacerlo


Tan fácil como huir. Esa es la solución. ¿Qué importan la cobardía o la valentía cuando sientes que todo te presiona, que todo depende de ti pero a la vez te das cuenta de que no eres nadie para la humanidad? Sólo un punto más en el universo o ni siquiera eso, ni siquiera llegas al tamaño de un punto microscópico. Cargas todo tu entorno a tus espaldas, sientes la necesidad de ser útil en un mundo hipócrita al que, en realidad, le importas más bien poco.


Cuando la vida es sólo una sucesión de segundos que se dan paso unos a otros sin que te des cuenta, te hartas de preguntarte qué coño haces aquí. Te aferras a aquello que parece comprenderte aunque sepas que esa dependencia puede llegar a ser más dolorosa incluso que la propia incomprensión.


¿Qué occidental no ha soñado nunca con pasar el resto de sus días tumbado bajo un cocotero, viendo atardeceres rojos surcando el Pacífico o tener como únicas prioridades comer, dormir, cagar y follar? Todo es más sencillo de lo que lo hacemos, pero ser sencillo es complicado en un mundo en el que te educan para soñar sin darte apenas oportunidades. En una vida en que la fama llega tan pronto como el grado de frikismo que demuestres y en la que ya es casi imposible distinguir realidad de ficción, ¿Qué lugar ocupan los sueños? Supongo que ese donde guardamos la voluntad para tomar decisiones…


“Es tan fácil como hacerlo”, me repito mil veces al día, pero aquí estoy, en una azotea ennegrecida y despedazada, tratando de rasgar unos pocos rayos de sol para sentirme un poco libre, rodeada de chimeneas, antenas, grietas y sombras, intentando eclipsar con mis auriculares el estruendo de las excavadoras y mirando un cielo azul que no sé hasta cuándo podrá seguir respirando. ¿No se cansa de ver día tras día, la estupidez humana bajo él? ¿Qué hace ahí, quieto, todo el tiempo? Pobrecito, él no tendrá ninguna azotea, como yo, en la que refugiarse cuando se canse de nosotros.


“Es tan fácil como hacerlo” pero sientes miedo. La impotencia que te hace desear huir es la misma que te anuncia el riesgo de ser feliz, porque vivir es en sí un riesgo. Enamorarse es un riesgo, ser hija es un riesgo, ser hermana es un riesgo, ser de pueblo es un riesgo… Todo supone el riesgo de coger las llaves y encerrarte en tu propia cárcel, pero lo asumes porque crees que amar te hará feliz. Y amas a tu novio, a tu padre, a tus hermanos, a tu pueblo, más que a cualquier palmera, atardecer pacífico o comida exótica, aunque a veces eso te haga sentir desdichada o te haga perder el tiempo escribiendo estas chorradas en un ratito que te das de descanso entre búsqueda y búsqueda de un trabajo, que te pedirá que vivas para la empresa, o entre deglución y deglución de apuntes que en un futuro te conviertan en una persona digna en la Administración Pública


¡Qué asco de vida!


Dejemos ahora que hable el Sr. Drexler, que estas cosas (y otras) las dice mejor que yo:


¡Qué bestia, nene, qué bestia!




01/03/2009
Nunca olvidaré a este hombre, mi sentido del humor se debe mucho a él y eso es algo que no tengo intención de perder nunca, pase lo que pase.

¡Hasta siempre, amigo!

Si alguna vez tuvimos pasado


Durante años he visitado varias camas antes de dormir, las he imaginado, las he recordado, incluso he vuelto a sentir el sudor que compartí y he vuelto a oír los jadeos que tiempo atrás me excitaron en noches improvisadas con quien menos lo esperaba.

Es domingo por la mañana. Abro los ojos y, enredada entre tus sábanas, agarrada a un cojín inmenso, noto tu calor en mi espalda y te oigo respirar profundamente. Temo despertarte si me doy la vuelta para observarte con la luz del día, pero no puedo contener las ganas de comprobar que, realmente, eres tú quien está a mi lado. Duermes y, con las comisuras de tus labios relajadas, sonríes levemente haciendo que me sienta feliz, que vuelva a olvidar el mundo que juntos solemos maldecir en aciagas noches de insomnio.

Debo irme, el sol molesta demasiado. Me visto confundiendo primero tus pantalones con los míos. Me gustaría despertarte para que vieras lo graciosa que estoy con ellos, pero siento tanta ternura al mirarte que prefiero pensar que estarás conmigo en sueños. Te dejo mi olor por si me buscas en ellos, y una nota en el salón con las famosas palabras que tanto nos cuesta decir pero que cada vez son más comunes entre tú y yo. Aunque sabemos que es mucho más que eso, son sólo palabras, y ese pensamiento hace que el miedo a no cometer errores pasados se vaya dispersando poco a poco, el bienestar se va imponiendo con la certeza de haber encontrado lo que no buscaba, con la sorpresa de querer de ti lo que nunca había querido de nadie.

Desde que nací, tú y yo, sin conocernos pero sabiendo de nuestra existencia, hemos tenido muchos puntos de conexión, muchas maneras de estar en contacto sin estarlo, pero el azar es caprichoso y esta vez no iba a ser menos poniéndonos en un lugar común después de tantos años. ¿Por qué justo ahora? ¿Por qué cuando no queremos nos hace desearnos?

Si alguna vez tuvimos pasado, el olvido se lo llevó, igual que se llevó el deseo de camas, jadeos y sudores antiguos. Borrón y cuenta nueva con cada suspiro que doy al pensar en ti. Tantos puntos de partida como veces que miro tus ojos que, aun cerrados, parecen asustados y alegres a la vez. Tanta certeza de querer estar contigo como besos que te doy. Tanta música que escuchar, tantas cosas por hacer, por sentir , por imaginar y por vivir a tu lado…

Julio Cortázar


A pesar de que aún no he sido capaz de leerme Rayuela entera porque me duermo, hoy me he acordado de una entrevista a Julio Cortázar que vi hace tiempo, emitida en TVE en 1977, por el programa A fondo y de cómo me quedé prendada de su personalidad y su concepción de la vida.


Fue leer Final del juego (una obra imprescindible para mí, que suelo releer de vez en cuando), sus cronopios y algunos retazos de su literatura más fantástica una de las experiencias vitales y sensitivas más intensas de mi vida. Toda una satisfacción ir descodificando los mecanismos estilísticos que nuestro cerebro lógico no capta pero que en algunos momentos irrumpen y se hacen sentir cuando dos historias diferentes, al unirlas, crean algo extraño y fascinante.


Para quien le pueda interesar, y pueda dedicarse dos horitas a embargarse los oídos con una voz propia de película Disney, dicha entrevista íntegra puede verse aquí.


Me aburre la televisión


Es increíble hasta donde te puede transportar una canción.

Recuerdo cuando era muy pequeña y mis hermanos adolescentes salían los fines de semana y me dejaban jugando sola en casa. Mientras yo escuchaba canciones como esta, mis padres charlaban en el sofá, comían nueces o castañas, o veían programas como El tiempo es Oro, con Constantino Romero, los domingos por la tarde (y por la noche, Informe Semanal, mientras nos duchábamos para ir limpitos al cole al día siguiente). Recuerdo a mi padre en bata leyendo el periódico los sábados por la tarde antes del fútbol, a mi madre canturreando coplas mientras cosía, los bocatas de tortilla que me hacía para merendar, o cómo la esperaba impaciente, a que llegara con la compra y ese pack de 16 yogures Danone de todos los sabores.

Yo me encerraba en mi habitación siempre a escuchar música y, en un momento, aquella dejaba de ser mi habitación para ser el mejor escenario en el que podré actuar nunca. ¡Qué rebelde me sentía entonces! Cuando abría la puerta volvía a ser la niña tímida que apenas abría la boca a no ser que fuera estrictamente necesario, pero allí dentro, a solas, era capaz de comerme el mundo. Era muy parecida a lo que soy hoy (salvando las distancias obvias, claro).

Aún teniendo cuatro hermanos como cuatro soles para no aburrirme, me encantaban estos momentos a solas conmigo misma, y eso es algo de lo que, creo, nunca me podré desprender. Hay quien no entiende esta necesidad de soledad cada cierto tiempo, pero es que me hicieron así. No puedo evitarlo.

Siempre agradeceré que mis padres respetaran mi intimidad cuando muchos creían que aún no tenía edad para ello. En muchos aspectos fueron estrictos, pero siempre dejándome ese espacio necesario que diera lugar a momentos de autorreflexión y de no-dependecia. Recuerdo con cariño esos espacios en blanco en que lo curioseaba todo, libros, música... para remediar el aburrimiento. En ello ha residido mi felicidad siempre, estoy convencida. Me siento orgullosa de ser como soy y de cómo he sido siempre, de mi evolución, de mi manera de pensar y de todo lo que he aprendido en todo este tiempo por mí misma.


Esta noche he vuelto a montar mi propio escenario imaginario bailando al son de ese «No tengo nada que hacer, sólo mirarme a los pies y hablar contra la pared, ¡Dime algo de una vez!»

¡Cómo triunfaba!




El tiempo pasa... y no de largo


Muy bien no debo estar para tener que parafrasear a Bosé pero sí, el tiempo pasa y no te das cuenta de que con veintiocho años sigues teniendo los mismos planes que hace diez o quince años, siendo este, tristemente, el resultado de muchas etapas de empezar de cero.

Los años me han cambiado, aunque siga siendo la misma envuelta en novedad. Es difícil mirar atrás e intentar valorar lo que ha hecho la vida en mí, lo que han hecho ciertas circunstancias o toda la gente que me rodea a diario. Puedo decir que mi vida, tal como ha discurrido aquí, me ha asimilado, sin daño y sin esfuerzo.

Camino por estas calles y me doy cuenta de que mi vida podría haber sido la misma en Madrid, Londres o París. O no. Camino y camino sin que se me abra la boca a cada paso. A veces siento la necesidad de sorprenderme más. Mi vida me sienta bien y me siento bien, pero siempre me queda la duda de cómo hubieran sido las opciones paralelas que he ido descartando a lo largo de mi vida por la imposibilidad de duplicarme o triplicarme (y así hasta el infinito) en el tiempo y el espacio.

Dudo si preferiría vivir constantemente en un hogar más fugaz; no tener este sentimiento tan acusado de pertenecer a aquí y a ahora.




La crisis de los 28

«Tanto vagar para no conservar nunca nada»

Héroes del Silencio


Hace poco fue mi cumpleaños y llevo días bostezando entre reflexión y reflexión sobre el paso del tiempo y lo complicado que es mantenerse cuerda entre la gente. Alguien me enseñó hace tiempo a reconsiderar la posición de futuro y pasado. El pasado no lo dejas atrás, lo tienes delante de las narices, la vida se rige por él. Lo que has visto, lo que ves, ya es pasado. El futuro se alimenta de lo vivido, no al revés. El futuro te acecha por detrás, es imprevisible. Te da miedo vivir pero a la vez te excita no saber qué encontrarás, ni cuantos obstáculos esquivarás ni cuantos golpes te darás.


Mis emociones, a día de hoy, podrían resumirse así:


Alrededor, tres historias diferentes unidas entre sí por el hilo invisible de mi resignación, y detrás la historia que aparentaba no ser, pero es.


A la izquierda, la historia de la dejadez de quien quiere ver mundo sin detenerse en él; enfrente, la del desamparo de quien confunde la ilusión con el miedo a su propia sombra y a la derecha, la del desconsuelo de quien retiene con fuerza en su mente el desgaste que el tiempo ha dejado en él. A mi espalda, en cambio, la risa más devastadora, la sonrisa que se impone a la pena y me recuerda que mi cuerpo aún no marchita, que mi corazón todavía no está ajado y que mi piel sigue impermeable al desencanto.


Cuatro historias como puntos cardinales y, en medio, este amasijo de duda y lágrimas que, en días como hoy, soy yo.


Hay que elegir, dicen. Bien. Pues descarto lo que tengo delante. Su aire frío del norte provocó heridas que aún duelen. Miro a mi izquierda; esta será siempre torpe, irá dando bandazos sin ningún objetivo, como buena diestra que soy. Miro a mi derecha. Me quedaría siempre ahí, me siento segura aun sabiendo que mi corazón puede hacerse trizas de un segundo a otro. Todo esto es mi campo de visión, que abarca lo que ya he vivido, lo que tanto prometía y al final quedó en nada.


Sólo me queda optar por lo que hay a mi espalda y no puedo evitar esbozar una sonrisilla ingenua al imaginarlo.




P.D.: Me da apuro publicar esto a las 7 de la mañana sin haber dormido. Mañana tendré que dedicar un ratillo a limar incoherencias, seguro. Si hablar del paso del tiempo siempre es complejo, en estas condiciones no sé, no sé...

Para Señor X


Si quieres desapareceré, no saldré a buscarte si decides irte, me teñiré de azul, naranja o verde, pero no vuelvas a pedirme que te olvide.


La noche estrellada


Este álbum fue un buen compañero de viaje en muchas de las tardes a solas que pasaba en mi habitación cuando era pequeña. Lo tenía en vinilo.


A los diecisiete años, convaleciente y reflexiva tras un accidente que pudo haber sido mucho más trágico de lo que realmente fue, volví a escucharlo infinidad de veces, esta vez ya en CD. A partir de entonces, mi actitud ante la vida y mi sensibilidad cambiaron. Fue, digamos, el primer punto de inflexión importante en mi vida. Y cada vez más sentía cómo esas canciones se apoderaban de mí.


Hoy he sentido ganas de escucharlo de nuevo, he redescubierto la noche estrellada que tengo cada noche junto a mi cama, que solía pasar desapercibida por la fuerza de la costumbre y, aunque yo he cambiado mucho (aunque en esencia poco), el disco me sigue pareciendo tremendo.


Atreveos a escuchar más allá de la famosa American Pie que da título al álbum. Atreveos a mirar y sentir el cielo cada noche aunque sea entre cuatro paredes.




Aspirinas para el corazón


19:30h de una fría tarde de noviembre. La calle, oscura, está casi vacía, parece más tarde. Últimamente siento que vivo en una eterna madrugada.


Paseo lentamente observando la iluminación navideña, aún sin encender, que cuelga sobre mi cabeza. Estoy cansada, la clase de claqué de hoy me ha dejado los pies destrozados y siento un leve cosquilleo en los muslos que me advierte que posiblemente mañana tendré agujetas. Aún así tengo ganas de andar. El frío esta vez me resulta agradable y en casa no me espera nada especial. Tomo el camino más largo, voy escuchando música en mis auriculares y me gusta sentirme atiborrada de ropa mientras noto la cara fría. Me acuerdo de aquella noche solitaria de diciembre en Madrid cuando reencarné el tópico de “la ciudad y yo”. El frío doloroso me resquebrajaba las manos, la soledad dolía y sanaba a la vez y mis pies pedían a gritos un baño caliente. Pero todo ello se compensaba con la agitación que sentía mi corazón mientras rodeaba la Puerta de Alcalá, me despedía de la pensión de la calle Atocha o La Cibeles parecía alegrarse de que fuera, por fin, a verla.


De debajo de un coche aparece un gato cojo que me mira con ojos de neón. Trato de mirarlo fijamente pero desvía la mirada. Sólo quien vive, siente y piensa como un gato puede desafiar a una mirada como la suya. Aún debo mejorar mi felinidad. Observo cómo me da la espalda y sigue su camino sin inmutarse. Envidio su aparente despreocupación, me gustaría sentirme así pero la realidad es que deseo esconderme incluso de mí misma. Quisiera pasarme desapercibida, que mis propios sentimientos no influyeran sobre mi estado mental.


Sigo caminando hundida en el abrigo, escondiendo mi cara bajo el cuello alto de mi jersey de lana y pienso en si toda esta desesperación emocional, esta congoja, se debe al hecho de estar alimentando una idea errónea que nace de un pequeño gesto tuyo helado y de nuestras palabras desacertadas en un momento quizás también desacertado. Esta ilusión fundada en la nada o el todo, no lo sé, está rompiendo mi garganta, hirviendo mi voz y secuestrando a cada instante la imagen de tu cuerpo dormido a mi lado, con el amanecer posándose sobre tu rostro a través de las rendijas de la persiana. Cansada de estar sola con mis sueños desespero y voy de un lado a otro, desgastando las suelas de mis zapatos sin saber a donde voy. Entre el amor y la tristeza hay poco donde escoger. Entre el amor y la ilusión, una paleta con infinidad de colores combinados al azar. Nunca sabremos con certeza qué tipo de suerte correrá este lienzo que empezamos sin querer y que hoy me deja en cueros vagando sin rumbo en busca de inspiración. A ratos engendramos un bonito cuadro expresionista de tonos vivos e intensos pero a ratos un caos surrealista de tonos grises combinados sin piedad, fundiéndose por momentos en manchas completamente negras. En fin, pensamientos y pensamientos que sólo delatan mi cobardía.


Me detengo en la farmacia porque recuerdo que no tengo aspirinas. Cuando llegue a casa sé que necesitaré una para poder dormir. Es viernes y no hay plan a la vista, los amigos parecen haberse puesto de acuerdo para no estar disponibles y tomarme una cerveza sola me da reparo; aún no soy tan alcohólica, aunque ese sería, tal vez, el mejor remedio para mi dolor de cabeza.


El farmacéutico está a punto de irse, son las 20:30h. Hace media hora que debería haber cerrado después de toda una semana de guardias nocturnas. Está cansado, como yo. Se le nota. Me siento mal por molestarle por tan poca cosa pero me atiende con una enorme sonrisa que me reconforta. Después de una hora caminando con frío y enfurruñada en mis manchas negras, esa sonrisa es un pequeño destello de color. Al dar media vuelta para irme, con mi cajita de aspirinas y mi dentífrico “Sensitive”, me pregunta si hace mucho frío en la calle y así, con algo tan trivial como una charla sobre el tiempo, nos imbuimos en una conversación propia de dos buenos amigos. Tiene ganas de hablar, pasa mucho tiempo solo, como yo. Se le nota. La conversación va de un lado a otro sin ningún orden, sólo el que el propio fluir de la conciencia permite, y durante aproximadamente dos horas el mundo y la soledad desaparece para los dos. Por un momento estoy a punto de invitarle a tomar una cerveza y seguir la charla en un lugar más acogedor. Hablar mientras de reojo veo el estante de papillas junto al de las compresas para las pérdidas de orina me incomoda. Dudo, pero de la forma más oportunamente cruel, en la radio suena de fondo el Wicked game de Chris Isaak y es entonces cuando decido que es la hora de irse, prefiero seguir caminando.


Ya no queda nadie en la calle, no hace frío y las manchas negras van reapareciendo poco a poco, la tristeza vuelve a pesar, el vacío vuelve sin más. Voy a casa. Junto al portal ronronea un gato negro con ojos de neón. Me siento a su lado y ladea su cabeza contra mí insistentemente. Se deja acariciar. Lo miro. Me mira y sigue ronroneando. Yo sigo pensando en ti, hoy me dejaría acariciar.


El equilibrio es imposible


Espero tu llamada aun cuando no quiero hablar contigo. Aún me duele tu actitud al despedirte de mí la otra noche, como si después de tanto tiempo aún no me conocieras de nada, como si tu egoísmo estuviera siempre por encima de mis súplicas. No cederé a la tentación de marcar tu número. Dejaré pasar algunos días más para que me acuses nuevamente de ser la mala de esta historia y así, mis ojos traten de convencerte de que esto cae ya por su propio peso.

Nada funciona cuando me obligas a obviar el ochenta por ciento de mi vida y ni siquiera puedo decir que soy tu amiga, puesto que eso, para ti, significa estar marcando distancias.

Contigo sólo puedo avanzar como los cangrejos. Las ganas de todo cada día son menos, el silencio cada vez más incómodo, los obstáculos adquieren más resistencia. Mi mente se agota al tratar de medir cada palabra que pronuncio porque, cada vez más, mi vida está asociada a tu miedo.

Toda nuestra teoría sentimental, nuestros proyectos y lo que aprendimos el uno sin el otro, desembocan hoy, de nuevo, en nuestra burbuja particular que creíamos, casi con certeza, haber dejado atrás y que nos ciega y nos hace invisibles al mundo exterior, el real; ese del que tanto huyes, ese que tanto busco.

Es desalentador quererte como nunca te he querido y sólo poder definirme triste. Quiero gritar todo lo que no quieres oír, pero sé que no voy a ser capaz de hacerlo. Sé que lloraré desconsolada cuando vuelvan a rodearme tus brazos, sé lo que me dirás —puedo anticiparme a la situación con toda perfección—, sé que me quedaré muda y sólo querré besarte, con vergüenza por tener la nariz llena de mocos.

Para entonces ya no habrá vuelta atrás. Volveremos al punto inicial de nuestro amado y odiado bucle, hasta nuevo aviso.


...y yo siento que no voy / que el equilibrio es imposible cuando vienes / y me hablas de nosotros dos / no te diré que no / yo te sigo porque creo que en el fondo hay algo.

La curiosidad me mató


Mira hacia el pasado y observa un momento conmigo. ¿Qué piensas? ¿Qué sientes?

I still have a dream


Hoy he soñado con un mundo mejor. Un mundo en el que pudiéramos dormir cuando el cuerpo nos lo pidiera...


Never leave me alone


Llueve. Además de ser una oración impersonal es un detonante para que un estado anímico que llevaba días arrastrándose por los suelos llegue al pie de esa montaña a la que nunca vemos la cima.

Es este principio de otoño y este color grisáceo que lo empapa todo lo que me apacigua y me obliga a mudar la piel mientras, consciente del fin de la hibernación estival, aprovecho los últimos momentos de contemplación entre cuatro paredes, de mirada fija hacia los cristales mojados con la mano templada por el te y el pensamiento entregado a la confusión.

Hoy estoy romántica, sólo quiero escuchar la lluvia, hacerme un ovillo, y deshacer el dolor envolviéndome en su imagen con la duda de si piensa y siente lo mismo que yo.

Este nada no ha hecho más que comenzar, sólo sé que apenas sé nada de él pero sé lo suficiente como para no querer que se vaya nunca.



Equidad


A veces me sorprendo a mí misma por cómo puedo llegar a tener en mente varias ideas a la vez, totalmente diferentes, y desarrollarlas sin que confluyan ni se confundan en ningún momento.

Al mismo ritmo, puedo estar manteniendo una conversación, tarareando mentalmente una canción, pensando en lo que tengo que hacer mañana y recordando lo que me pasó aquel día de 1987, sin perder el hilo de la conversación, haciendo esfuerzos para memorizar los trozos de canción que no recuerdo bien, calculando la hora a la que me levantaré mañana para que me dé tiempo a todo y sintiendo escalofríos al darme cuenta de que recuerdo algo que creía haber olvidado.

¡Hay días que me siento tan poderosa!

Accidente aéreo en Barajas


Hoy me he negado a poner la tele. No he visto nada, sólo he leído algunas noticias por internet. No quiero alarmarme más de lo necesario. Es comprensible que si pensamos en cada una de esas personas y sus allegados se nos ponen los pelos de punta (a mí la primera) y es una verdadera pena que pasen estas cosas, pero creo que con esto no debe cundir el pánico. Ha sido un accidente (trágico, sí) pero como accidente es un hecho puntual (debido a un error humano posiblemente, no lo sé seguro) y no me gusta ver como hay quien piensa y no deja de darle vueltas a la cabeza con que ya no va a poder volver a subir a un avión, o "qué suerte tuve al haber cogido el vuelo ayer y no hoy", etc. ¿De qué sirve pensar tanto en ello?

Precisamente a raíz de esto la seguridad en el mantenimiento de los aviones creo que será mucho más controlada (de la misma manera que después de una gripe aviar los controles de calidad son más exhaustivos, por ejemplo), por lo tanto, no me gusta ver como la gente se "regodea" en el dolor y en lo que representa que tiene que afectar a nuestras vidas una tragedia de tal magnitud cuando día a día vemos muertes en las carreteras por accidentes de tráfico (que a lo largo del año suman más muertes que las que puede dar un accidente como el de hoy) o muertes por violencia doméstica y lo asimilamos tranquilamente mientras comemos o cenamos, como si nada. Realmente, parece que si la gente no muere en masa da menos pena.

Mi intención no es parecer frívola. Cualquier muerte es una pena y una tristeza enorme para quienes la sufren (en esto hablo con demasiado conocimiento de causa), pero creo que darle tanto bombo y platillo a estas cosas no hace bien a nadie. Yo, por eso, prefiero limitarme a leer datos y recapacitar por mí misma sobre lo ocurrido, antes que ver imágenes de llantos, que como tantas otras desgracias acaban quedando en el olvido colectivo para ser resucitadas cada año con motivo del aniversario.

Para ver un circo, me pongo el Salsa rosa los sábados por la noche. Para esto, no.

Intentando ser humilde


Este mes de agosto estoy trabajando mucho. Estoy trabajando en buscar trabajo.

Hace días envié unas cuantas solicitudes por infojobs y estos días he ido haciendo entrevistas y descartando opciones que caían por su propio peso. Quiero algo muy concreto que poder combinar con la preparación para las Opos, por eso me estoy tomando mi tiempo para encontrar algo estable.

Pero cierto día, en un ataque de agarrarme a lo primero que pillase (aunque cueste de creer, estoy deseando ponerme a trabajar ya de una vez) envié una solicitud para un trabajo de limpieza en una empresa de alimentación, con la tranquilidad de quien asegura que "a mí no se me caen los anillos por limpiar la mierda de los demás".

Hoy, cuál ha sido mi sorpresa al consultar en la web y he visto que han desestimado mi candidatura, así, sin más, sin una explicación, sin una llamada... ¿Acaso los que tenemos estudios no podemos limpiar?

Parafraseando


Quiero vivir sólo fases de enamoramiento y cortar cuando la relación se complique.
Prefiero la expectativa al hecho en si. Prefiero ser libre y desearlos en mis fantasías que estar con ellos y sentirme atrapada.

Me conformo con la sensación de deseo. Eso me excita.



Nadie a quien amar es nadie a quien dañar... Etcétera.

Luciendo arrugas


Siempre me ha parecido un poco absurdo el uso de cremas antiarrugas una vez pasado el cuarto de siglo, por esa obsesión que solemos tener las mujeres, en general, de aparentar menos edad de la que en realidad tenemos.


Soy consciente de que mis patas de gallo están en auge y de que estéticamente no son muy bonitas, pero la única manera de eliminarlas creo que sería dejar de reírme, algo a lo que me niego, por supuesto.


No hay cremas que valgan cuando una siente que su vida marcha sobre ruedas. Me ahorraré ese dinero en actos y vicios que hagan cada día mi vida un poquito más feliz.

Mini poetisa


Mi sobrina Alícia tiene un don. Sólo tiene cinco años y ya dice cosas como tus uñas son del color de la luna o se me está tostando el corazón con el sol.


27.5



Nací, me alimenté, fui niña, caminé descalza en pleno invierno, jugué a muñecas, a cocinitas y a la comba, sólo me comía la yema del huevo frito, gané concursos literarios infantiles, tuve periquitos que morían o escapaban, guardé botes de Nesquik para guardar los soldaditos de plástico con los que un día me sangró la nariz, robé algunos chicles y gomas de borrar, tuve amigos, padres, hermanos, abuelos, tíos, primos. Hice alfombras de flores, fui a buscar musgo, conocí al Rey Melchor, nunca me gustó Papa Noel.

Fui a la escuela, estudié, tuve una gata que parió mucho, vi la muerte, vi mucho la televisión, jugué en el bosque de noche, llevé gafas, monté a caballo, me tiraba de cabeza en la piscina, hice ballet, actué en un gran teatro, gané medallas en fútbol-sala y atletismo, me bajó la regla, la desmitifiqué, me caí yendo en bici, planté un árbol, leí cuentos de Gianni Rodari, bailé y canté con un cepillo por micrófono, reí.

Fui adolescente, cambié de look, llevé lentillas, me teñí el pelo, ligué más, me rompí un dedo, se curó, fui de camping, a la playa, a la montaña, me salieron granos, aún salen algunos, me enamoré, me rechazaron, me enamoré, me besaron, se acabó, gané concursos literarios, estudié, hice prácticas de coche en polígonos industriales, derrapé, me atropellaron, sobreviví, suspendí, recuperé, fui a discotecas, me emborraché, fumé, discutí con mis padres, me escapé de casa, me rajé. Tuve mi primer trabajo, mi primer novio, se acabó, me volví a enamorar, me desengañé, lloré, volví a reír.

Fui adulta, perdí la virginidad, me tomé un año sabático, volví a trabajar, vendí fruta y verdura, vendí juguetes, vendí menaje del hogar, vendí seguros de muerte, vendí pizzas, hice de canguro, di clases particulares, fui a la facultad, estudié, suspendí, recuperé, vi a la muerte, me operé la vista, me licencié, aprendí a cocinar, a poner la lavadora, flirteé, me encariñé, me sentí rebelde, me sentí bohemia, tuve sexo en sitios públicos, fui a fiestas, a conciertos, pasé veladas románticas, tuve charlas intelectuales, superficiales, sexuales, demenciales. Me reencontré con ex-compañeros de clase, con ex-novios, me sentí vieja, me sentí joven. Me amó gente que me había rechazado. Me sentí sola, quise estar sola, me odié, me quise. Volví a tener novio, me arrepentí, me “desarrepentí”, utilicé juguetes eróticos, dormí en hostales cutres, viajé sola, me hice pasar por otra persona, escribí mucho, tuve seis sobrinos, cuidé de ellos, actué como mi madre, les hice fotos, dejé de fumar, de morderme las uñas, fui adicta a la Coca-Cola, me sentí Lolita, hice amigos por internet, fui a una academia de inglés, hice cursos de poesía, de escritura, pinté graffitis, conocí a Kafka, a Hesse, a García Montero, a Lorca y a Pessoa, escuché a los Rolling, a los Jackson, a Sabina, Hendrix, Waits, Vegas, Nirvana... Conocí a Tarantino, a Fritz Lang, a Wilder... Conocí el jazz, el blues, la ópera, los clásicos, los indies, los hippies, la Movida madrileña, los años 20, los 30, el claqué, la danza del vientre, toqué la armónica, la guitarra, compuse canciones absurdas, aprendí a interpretar el lenguaje corporal y me inventé mi propio lenguaje.

Hoy cumplo veintisiete años y medio y oye, ¡Parece que una no haya vivido nada!





Revelación


Me acabo de dar cuenta de lo tremendamente imperfecta que soy.

Es un pensamiento obvio, lo sé, pero he tardado años en darme cuenta. Exactamente tantos como los que he tardado en edificar mi propio ego.

Bailar "a capella"


Normalmente la gente tiene una imagen errónea del claqué, parece que sea algo en vías de extinción a día de hoy, hay quien me tacha de
freaky y, sobre todo, de anacrónica por querer aprenderlo con tantas ganas y la verdad es que ni yo misma me imaginé nunca bailando claqué con música de Craig David como he hecho hoy, pero sí. De hecho, si se piensa bien, no es más que danza y por lo tanto, compatible con cualquier cosa que tenga melodía, ritmo y armonía (o sea, música), o incluso sin música. Me encanta la expresión que se suele utilizar como símil de "bailar a capella". El sonido de las tapas contra el suelo es uno de los más sugerentes que conozco.

Cada día me doy más cuenta de lo que me gusta, mis pies no paran de moverse mentalmente repasando los pasos cuando estoy sentada, cuando estoy en la cama, cuando voy por la calle.

Hoy ha sido una gran clase en la que, por primera vez, he podido ver mis propios avances y, aunque de forma muy torpe aún, mis pies van cogiendo agilidad. Y eso se agradece...

¡Qué contenta estoy! Como diría el mismísimo Billy Elliot: ¡Quiero bailar!


Adiós gafas, adiós lentillas


Hace tres años que estos ojillos míos ya no son ni miopes ni astigmáticos.


¡Bendita tecnología láser!

Putas zorras promiscuas


¿Cuál es la palabra exacta? ¿Promiscua? ¿Puta? ¿Zorra? ¿Quién da más?

Se equivocan de adjetivos, caballeros. Sólo follamos sin complejos. No sé quién ha enseñado a quién que eso es inapropiado (dejando aparte el hecho de que las putas son profesionales y nosotras nos quedamos en meras aficionadas), pero muy convincente ha llegado a ser para que nosotras mismas nos autocensuremos.

Dentro de cada uno existen pequeños y grandes mundos que gobernamos como podemos o queremos y el reino de los otros no es el mío. He aprendido a olvidarme del resto y centrarme sólo en lo que yo, y sólo yo, puedo dominar. No me importa lo que los demás quieran o busquen, lo que los demás vivan ni las etiquetas con las que quieran golpearme. Sólo voy recolectando experiencias que siempre dan cabida a mucho más.

Otra más


Las historias siempre las escriben personas y las personas viven su propia historia y la propia historia nunca es individual y los individuos necesitan relacionarse y las relaciones no son fáciles y dar facilidades tampoco lo es pero, al fin y al cabo, la pasión marca la diferencia.


Mucho claqué


Teoría y planificación para un sábado por la noche: Comprar zapatos de claqué, cenita tranquila, ver espectáculo de claqué, ir al concierto de la Tinky Winky Drinky Band (o algo así), ir al antro de siempre para la última copichuela y a dormir. En fin, noche tranquila y cultural

Resultado: Comprar zapatos de claqué. Probarlos (¡Uy, qué difícil!), ducharse, vestirse, peinarse y maquillarse en menos de quince minutos.
— ¿¡Quieres hacer el favor de acabar ya que llegamos tarde, coño!?

Coche pa’rriba. Llegamos al Casino.
— Mmmm... cuanto glamour hay por aquí, ¿no? ¡Y nosotras con chanclas! ¿Cuánto valdrá la entrada? Si es muy cara nos vamos. Mira que si no nos dejan entrar... Mira, no sólo hacen claqué, también hay salsa, country, danza del vientre, bailes de salón y hasta un pase de modelos...
— Chicas, ¿tenéis entradas? ¿Venís para el catering?
— Esto... ¿eh?... no. Venimos para ver la exhibición de claqué.
— ¿Pero no tenéis entrada?
— No, es que somos alumnas suyas.
— Ah, bien, esperad que le pregunto. ¿Cómo os llamáis?
— No... no... si en realidad no nos conoce.
— ¿Cómo?
— Que es profesor nuestro... no... de nuestra profesora de claqué, somos alumnas de la escuela...
— Ah, bien, bien... Un momento, por favor...

(La gente mirándonos por encima del hombro y el bailarín de claqué —campeón del mundo, ahí es nada— observándonos detrás de la hojarasca con cara de no tener ni puta idea de quienes somos, evidentemente).

— Chicas, podéis pasar, ningún problema.
— ¡Bien! (Codazo) Anda, tía, y no nos han cobrado nada, jajaja... Busca sitio.
— No hay.
— ¿Y qué hacemos? ¿Nos quedamos de pie?
— (Media hora más tarde después de haber mendigado un par de sillas sin éxito). Mira, esas dos se van. ¡Toma ya! Delante del escenario. Y con pica pica gratis... Mmmm... quicos gigantes sabor barbacoa, qué glamour! Jajaja... Como reinonas. Hay que inmortalizar el momento.

Casi dos horas más tarde, bostezando de ver tanto pijerío junto, sin cenar por miedo de que aquello empezara y nos lo perdiéramos y hartas ya de contarnos nuestros marujeos, empieza el espectáculo. Estalla una lluvia de confeti y purpurina y tras ella el pase de modelos... Niños, jóvenes y abuelos teniendo su cutre momento de gloria en una pasarela de menos de dos metros. Aquello era digno de un Noche de fiesta. Por un momento creí oír la voz de José Luis Moreno regalándome un ordenador...

Media hora más tarde, el presentador anuncia que en tres minutos empezará el espectáculo de música y danza. Pasan como quince minutos o más. Vemos un par de números de danza del vientre. Bien. Un par de números de country. No tan bien, pero bien. ¡Y por fin llega la hora del claqué!

Tres minutos de actuación.

Las dos boquiabiertas, eso sí. Un crack. Pero tres minutos.
[Guillem Alonso]

Nos vamos. Son las 00:50h. Desde las 22h esperando para tres minutos de actuación.

Coche pa’abajo. Nos partimos de risa.
— ¡Coño! Nos hemos olvidado de pedirle un autógrafo! ¿Volvemos?

Nos vamos para el concierto, corriendo, porque ya debía haber empezado o estaría a punto. Llegamos y aún no han empezado pero nos damos cuenta de que aún no hemos cenado. Allí no venden nada y ya todo está cerrado. Voy a mi casa, que está a quince minutos, y hago unos bocatas. Vuelvo al concierto, aún no han empezado. Al cabo de quince minutos:
— Me aburro, este grupo me estresa, ¿vamos a otro sitio?
— Venga, va.

Coche pa’arriba otra vez. Llegamos al antro. No hay prácticamente nadie y son más de las 3 de la mañana. Es raro. Ella mantiene una interesante charla con el camarero, yo me parto de risa con un tío parecido a Nancho Novo, muy simpático, que siempre me encuentro en la barra (algún día le pediré el teléfono) que me cuenta historias de polis corruptos, de bares que ya no existen, de amigos que se casan y se separan... y yo le pido que me regale la funda para mp3 que le acaba de tocar en un rasca-rasca que iba con la cerveza. Encantado me lo regala, porque él no tiene mp3, sin embargo se queda el rasca-rasca que le premia con un monedero. Nos damos cuenta de que esa promoción acaba en mayo del 2008.
— ¡Hijos de puta! — reímos los dos.

Ella quiere irse, me fastidia porque me lo estoy pasando bien, pero nos vamos.

Coche pa’abajo otra vez. De camino explota de nuevo la risa. Por el camino se desvía, vamos en busca de una incógnita que aún no ha sido resuelta. Volvemos al concierto, queda poca gente, sólo hay música de fondo y olor a cerveza y sudor. Nos vamos para casa.

¿Continuará? Seguro que sí... Cada noche es mejor (¿o peor?) que la anterior.

Unos cuantos años después...


Me encantan esos momentos en que reencuentras, de casualidad, a amigos que hace mucho tiempo que no ves. Una mezcla de incomodidad y alegría, timidez y euforia, un momento en el que quieres contarlo todo y no dices nada, esas conversaciones tan superfluas de “¿cómo te va la vida?”, etc.


Hace días que he tenido varios reencuentros de este tipo y todos me dejan un buen sabor de boca al saber que con el paso del tiempo sólo perdura lo bueno, al margen de los problemas y compromisos que implica el hacerse mayores. Quisiera recordar cada uno de los momentos vividos con esas personas, pero luego pienso que lo bonito está, precisamente, en no recordarlos todos, para así reencontrarse e intercambiarlos y, sobre todo, reírnos de ellos.

Anoche compartí unas cervezas con Carme, mi mejor amiga del cole y de siempre (de quien ya hablaré en las próximas entregas de este blog), con Joan, un amigo de la infancia con quien, según él, me di mi primer beso siendo unos críos (¡Jajaja! ¡Y yo sin recordarlo!) y con mi profesora favorita de E.G.B., Cristina Lliso.

Los padres de Joan tenían una librería justo debajo de mi casa y, de pequeñitos, jugábamos juntos allí. Poco recuerdo de aquellas tardes, pero las recuerdo con cariño, algunas anécdotas algo vergonzosas que mejor me ahorraré o cómo su abuela nos enseñaba a leer.

Cristina era nuestra profesora de Literatura. Yo siempre he procurado llevarme bien con mis profesores, no por peloteo, sino porque siempre me han parecido personas respetables, de las que se podía aprender mucho, más allá de lo estrictamente académico. Mantengo el contacto con varios profesores de los que he tenido a lo largo de mi vida, pero ella es, quizás, la más especial para mí. Verla es siempre motivo de alegría.

Fue mi primera profesora de Literatura en el cole y con sus clases, en 5º de E.G.B., descubrí que eso era lo que quería estudiar, sin lugar a dudas, y así fue, y supe que mi vida la quería vivir rodeada de libros, de letras, de historias... Años después, siempre que nos encontrábamos me animaba a escribir porque, según ella, yo tenía ese don que no todo el mundo tiene y que con trabajo podría llegar a cumplir mi sueño de publicar una novela (que dicho sea de paso, sigo trabajando en ella, poco a poco).

En mi empeño de apreciar las pequeñas cosas de la vida que me suelen hacer tan feliz, la noche de ayer la considero muy especial. Suelo hacer asociaciones absurdas, lo sé, pero tuve la gran necesidad de hacer esta foto, más de quince años después, para tener juntas a las dos personas que, de una forma u otra, me influyeron a la hora de decidir mi futuro, o lo que es lo mismo ahora, mi presente.

















Y escribiendo esto me ha venido a la cabeza esta canción, de Los Secretos, versionada por otra Cristina Lliso que no es ella y Javier Álvarez. Siempre me ha gustado esta canción.


La Garriga

Hace un par de días, a las 7:30 a.m. salía de la estación de tren de Terrassa camino del autobús para ir a trabajar cuando se puso a llover. En ese pequeño trayecto siempre me siento triste. Sólo trabajo dos días a la semana, no es cuestión de quejarse, pero son dos días enteros que los paso allí, en una ciudad que detesto por su constante ruido te metas donde metas, en una casa que no es la mía, con una responsabilidad para la que muchas veces no creo estar capacitada, donde no puedo estudiar, donde a veces creo que desperdicio parte de mi vida... En ese trayecto siempre tengo la sensación de estar metiéndome en la boca del lobo, y sólo escapo cuando la música logra evadirme y meterme de lleno en ese tipo de fantasías que incluso a veces llegan a doler.

Sonaba esto en mis auriculares

cuando escapaba de la lluvia para subir al autobús. La música no ayudaba a que saltara de alegría pero empecé a plantearme el porqué de esa sensación de vacío cada vez que estoy allí, que va muy ligada a mi deseo creciente de sentirme sola, de poder dedicarme única y exclusivamente a mí.

Hace años que detestaba mi pueblo. Desde bien jovencita soñaba con el día en que pudiera irme de casa para irme a la ciudad. Mi pueblo es un pueblo residencial, termal, es decir, tranquilo. Los jóvenes nos aburrimos y la gente, generalizando mucho, claro está, no acaba de ser de mi agrado.

Siempre he querido vivir en Barcelona o Madrid. Esas dos ciudades nunca me han resultado agobiantes como lo hace Terrassa, quizás porque jamás he pasado tanto tiempo en ellas, no lo sé, pero es cierto que desde que voy cada semana a Terrassa veo a mi pueblo de otra manera. Y en esto pensé mientras escuchaba esa canción observando la lluvia tras los cristales (¡parecía otoño!). Los amaneceres, en Terrassa, siempre me han parecido tristes, sombríos y sucios, nada comparado con la niebla matutina en La Garriga, que cubre las montañas y apenas deja ver nada, pero que le da un color especial a mi alma.

Hoy me he despertado más temprano de lo habitual. Tampoco es habitual que me acueste temprano. A las 7:30 de la mañana, tras el cristal del balcón se veía todo blanco, como si estuviera apunto de nevar. Me hecho un cola-cao calentito y me lo he tomado a fuera, en la terraza, sola, aguantando un frío agradable y contemplando los tejados que siempre están ahí, con su estética degradada por los años, la niebla y la lluvia.

Me he sentido como Heidi al volver a las montañas. Quizá esto es otro síntoma de estar haciéndome mayor, pero a veces necesito esa tranquilidad que sólo tengo aquí, respirar ese olor como de leña quemada que sólo respiro aquí, ver esas montañas alrededor que se cubren cuando llueve y que cierto verano vi arder.


Días

Hoy me he levantado con el pie malo, que ya no sé si es el izquierdo o el derecho. Hace unos días que la gente me pregunta si estoy nerviosa o no me encuentro bien, porque me quejo por todo y me enfado por nada.

Y es en estos días cuando me acuerdo de quien hasta hace algo menos de un año era mi vecino de al lado. La casualidad siempre nos llevaba a encontrarnos en el rellano y no importaba la prisa que tuviéramos, siempre nos pasábamos más de una hora charlando, y a veces más.

Era (o es, espero) de esas personas que sin que le dijeras nada de tu vida sabía leértelo en la mirada o en el gesto. Siempre he pensado que me conocía más de lo que yo pudiera imaginar, y derrochaba una alegría contagiosa que te hacía, inevitablemente, cambiar el rumbo del día si había empezado mal.

Siempre decía que los días malos no existían, que nada ni nadie velaba por hacernos infelices, sólo nosotros. De hecho, no me decía nada que no supiera ya, pero era, como digo siempre, como un cuentecillo de Jorge Bucay, siempre tenía la lección a mano para recordarte que la vida son cuatro días e inyectarte un poco de voluntad y alegría.

De un día para otro se mudó sin despedirse.

Algún día le escribiré una canción.


(Días urgentes que como vienen se van
Días que siempre se suelen torcer
Días tranquilos que no van a más
Días que echan raíces en mí)

Hoy estoy de mala leche, lo reconozco. Cuando la menstruación está llamando a mi puerta no hay palabras ni lecciones que valgan. Mecagüentó y punto.

Quiero ser cantautora


Suelo dormir de día y vivir de noche, pero hoy lo he hecho al revés y la verdad es que ha sido una experiencia increíble.

Primero he tenido una pesadilla como no recuerdo haber tenido nunca una. Nunca me había despertado llorando de verdad y con una sensación de desorientación tan tremenda que me ha dado hasta pánico.

Cuando me he calmado y me he vuelto a dormir he tenido uno de los sueños más bonitos que he tenido nunca. Estaba en un bar muy acogedor, con olor a madera, guitarra en mano. Era mi primer concierto. Mi voz sonaba potente, sin miedo a nada y en frente, una por una, todas las personas que han significado tanto para mí, mi familia, amigos del día a día, amigos lejanos, todos, cantando mis canciones, sintiendo mis palabras salidas de ese rincón escondido de mi alma que juega a la gallinita ciega con todos los sentimientos habidos y por haber.

He sido tan feliz...


A ellos

A vosotros, a quienes besé por primera vez de forma inocente cuando jugábamos a hacer rodar la botella en aquel garaje de alguien que daba una fiesta de cumpleaños.

A ti que por primera vez me hiciste sentir un hormigueo al acercarme tu voz y tu olor mientras leíamos juntos aquel guión.

A ti que por primera vez me inquietaste jugando con los pies por debajo de la mesa, para ganarte así “mi primer beso con lengua deseado” en aquella hoguera que prendimos en aquel bosque cercano al cementerio.

A ti que por primera vez me prometiste poco y me engañaste mucho.


A ti que desde tu posición elevada supiste olvidar la distancia y compartir un cigarro mágico e inolvidable.


A ti que me enseñaste a quererme, que fuiste el inicio (sin ver el final), marcándome con trazas invisibles mi camino y que aún despiertas mis sentidos con tus manos, con tu olor, tu mirada y tus palabras.


A ti que tras una noche tonta boqueaste lo que te dio la santa gana.

A ti que me deseaste en un intento de sentirte más joven y, a la vez, me hiciste sentir Lolita.


A ti que tuve que darte carpetazo por idiota. En el fondo siempre has sido un niño, con una niñez mal llevada.


A ti que me alejaste de él.


A ti que volviste para enseñarme que estar a tu lado sólo podía doler.


A ti que, aún queriéndome, te fuiste lo más lejos posible por no saber compartir.


A ti que no lograste nunca decirme las cosas claras y confundiste el amor cuando huías de la soledad.


A ti que me hiciste soñar más de lo que creía ser capaz.


A ti que me regalaste noches inolvidables cerca del mar o en cualquier ático abandonado, que no pides nada a cambio, que hoy dices que sabes lo que es amar a Bambi porque ya sufriste...


A ti que el azar te trajo hasta mis palabras en esta estancia virtual más o menos cómoda e ideaste a tu manera, sin conocerme en persona, a esta gatilla perdida constantemente en el espacio.


A ti que te sentaste a mi lado sin saber disimular para compartir una bonita tarde de primavera en plena época de exámenes.


A ti que nunca supiste entenderme y disfrazaste de amor a la ruina. A ti que volviste por tercera vez para que, definitivamente, consiguiera odiarte.

A ti que me quisiste enseñar “lo que es bueno” en un hostal de Madrid. Y lo hiciste, vaya si lo hiciste.


A ti que volviste sin haberte ido para cerrar lo que debía ser cerrado y así poder abrirnos.


A ti que acompañaste al argentino para robarme sueño, hacerme gastar teléfono y para que redescubriera con ilusión mi ciudad, soñara más aún con la tuya y regalarme día a día como mínimo una sonrisa.


A ti que sólo me sonreíste.


Y a todos aquellos que me dejo en el tintero, pero con los que en un momento dado he compartido parte de mi intimidad...


...Os quiero y no os puedo olvidar, pero me niego rotundamente a que esta lista acabe aquí.


Diario del tiempo (II)

«Escribo este poema celebrando
que pasado y presente
coincidan todavía con nosotros»
Luis García Montero

Cuando cumplí los diecisiete pretendía ser rebelde, pero tanta bondad inculcada desde pequeña pudo más que mis sueños de independencia. Me encerré en mi habitación, enfadada con el mundo, como solía, porque detestaba estar en esa edad en que quería comportarme como una niña y, a la vez, pedía a gritos que me trataran como a una adulta. Como la ley no me amparaba aún, todo a mi alrededor era incomprensión. Sólo faltaba un año para mi mayoría de edad, ¡Qué fácil sería todo entonces! ¡De qué forma tan devastadora el mundo sería mío!

Pero a esos doce meses les siguieron muchos más, acompañados de vagas reflexiones sobre el paso del tiempo y viví despacio, analizando demasiado y actuando poco. Cuántas veces soñé tener una vida como la de las películas, con historias de amor correspondido, intrigas, secuestros o desarticulaciones de bandas de narcotraficantes en el instituto, manifestaciones juveniles a lo Fuenteovejuna o fiestas de fin de curso con smokings y vestidos pomposos con floripondios en las muñecas. Ese tipo de cosas tan comunes, al parecer, para los yankis, pero que yo no he visto nunca por aquí ni por asomo (llámenme vulgar). Todo esto me hizo caer en el error de adjetivar mi vida de trivial, insulsa e incluso absurda. Ahora, por una parte, me reconforta reconocer aquella ingenuidad, pero por otra parte, siento cierto resentimiento al verme obligada a darles la razón a aquellos que me decían que con el tiempo cambiaría mi punto de vista sobre muchos aspectos de la vida. Lo considero, en momentos de debilidad, como una derrota.

Cuando el mundo no me comprendía y yo era incapaz de exteriorizar mis impulsos, me resigné a vivir mi rebeldía como mera espectadora, pero eso sí, escogí yo misma al actor principal, por su dotes de insumisión, de sabiduría callejera y porque me robó el corazón, sin más. Él era todo lo que yo quería ser. Confió en mi inteligencia y en mi madurez y las alabó cuando aún la ley no me las reconocía.

Ha pasado casi una década y sigue aquí, sentado a mi lado, con la cerveza espumosa delante y en el pecho una cadencia suave y acompasada que se mezcla con sus historias de cada día y me hacen sentir el orgullo de quien sabe que su vida marcha sobre ruedas. Aún así, una sigue sorprendiéndose con pequeños gestos y actitudes que indican que todo el mundo cambia, lo queramos o no, que no podemos aferrarnos a la idea de hacer a los demás a nuestra medida, que la rebeldía tiene muchos límites, muchas incoherencias y que la madurez es una convención que se adhiere por momentos y se despega fácilmente.

Estoy muy lejos de ser madre, pero puedo entender la tozudez de unos padres que se niegan a admitir que sus hijos crecen y que creen que les pertencen por haberlos creado a su imagen y semejanza, sin aceptar que su semejanza es sólo eso, semejanza, y que una vez la han parido ya no es suya. Es entonces cuando los hijos enseñan que nadie, ni aun el padre más autoritario, dispone de la verdad absoluta sobre los demás.

Y mi actor, igual que yo, tiene su verdad relativa. Improvisa sobre el guión que imaginariamente yo le asigné y aquí sentado me demuestra que mi rebeldía, como su piel, también envejece y que el idealismo no es un pensamiento estático ante el devenir de los acontecimientos; que podemos dejarlo morir golpeándonos contra la realidad o dejarlo madurar, del mismo modo que nos cambia a nosotros mismos el tiempo.

Junto a su pecho tranquilo, sus manos y sus ojos mirándome como hace casi diez años, quién sabe si pensando que yo también envejezco, pero que al mirarlo rejuvenezco.



Un pequeño trámite


Llevo un tiempo en que, como dice Serrat, las musas han pasao(sic) de mí. Precisamente ahora, cuando más cosas tengo que contar. Por suerte,
como dice Estopa, yo sólo pienso en canciones y siempre, siempre, existe la canción oportuna, aquella que despierta dentro de mí cuando, tal vez, lo que sobre sean palabras.

Ayer trataba de escribir lo que me lleva rondando por la cabeza en los últimos días (que no es más que aquello de lo que te he hablado tantas veces directa o indirectamente) y, tras borrar una y otra vez palabras salidas de la propia inercia sonó, al azar, entre las millones de canciones que tengo en el ordenador, esta canción a la que nunca le había prestado atención.

No se pueden resumir mejor mis últimos diez años. Se puede decir más alto, pero no más claro.



Antes de proseguir debo contarte algo
algo que sucedió y duele a cada paso
de cada pequeño peldaño
de esta vida de escalón alto.

Aquella noche tan larga
te divisé al final de la calle
yo quería salir corriendo
pero no fue el amor tan cobarde.

(Estribillo)

¿Qué es lo que está pasando?
¿Qué es lo que está pasando?
Está pasando una vez más.

Estabas allí, en lo alto
al final de una enorme cuesta
con la mano tendida
y colgando un pañuelo blanco.

Estribillo

Fui subiendo, poco a poco
como en el peor de mis sueños

sentía plomo los zapatos
y cemento mis pies cansados.

Estribillo

Como entre arenas movedizas
seguí y seguí avanzando
seguí y seguí avanzando
sin ver que desde la ventana
alguien me estaba apuntando.

Estribillo

Otra vez volví a creer
aunque fuera por un día
cuando aquel ángel...
cicatrizó todas mis heridas
y me cubrió con sus alas
hasta que cesó el ruido de las balas.


Estribillo

Pero fue la última parte

la parte más difícil
esta vez fue mi propio miedo
fue mi propio miedo
el que casi me deja ciego.

Ahora entiendo el sentido de las cosas
el equilibrio de la balanza
el polvo de las estrellas
las rocas que ahora son arena.

Ahora entiendo que cada espina
que cada pequeño arañazo

cada cuchillo por la espalda
fue tan sólo un pequeño trámite
tan sólo una excusa idiota
fue tan sólo un pequeño trámite
tan sólo una excusa idiota
tan sólo un pequeño trámite
tan sólo una excusa idiota...

Hace tiempo que yo ya no sonreía tanto.



Soy cobarde


A veces te levantas y parece que el propio aire te advierte de que toda tu vida es una farsa. Aún así no quieres creerlo y pasas tu vida forjando una personalidad, un propio criterio lo más racional posible que te aleje de aquellos males que crees que sufre la sociedad.

Tu vida se reduce a un escaso catálogo de aparentes virtudes, y digo aparentes, porque no son virtudes claras a los ojos de los demás. La gente parece no entender y sin quererlo te obliga a explicar, justificar y aclarar constantemente. Y llega un punto en que lo que creías firmemente se tambalea porque, sin quererlo, cedes. Y te debates, impotente, entre seguir cediendo o seguir teorizando para construir tu propia personalidad, esa gran desconocida aún a mis 27 años.

Y así me siento hoy, vencida. Abocada a una situación que no quiero porque me he cansado de batallar. No sé si ha llegado el momento de abrir puertas o tal vez sea mejor cerrarlas. Cuando una puerta se me cierra, inevitablemente busco otra salida. Pero el problema viene cuando ya no la quiero encontrar. Cuando a base de darme cabezazos soy incapaz de caminar.


Tú has ido cerrando poco a poco una puerta importante para mí, ese horizonte al que siempre quería llegar y es por ello que no me importa hacer algo que pensé no hacer jamás, ni ponerme, posiblemente, en ridículo escribiéndote aquí unas palabras que sé que te dan igual.


Hoy no tengo ganas de ser quien soy. Y aún no siendo yo, me siento tan cobarde, que no soy capaz de decir lo que me gustaría decir.

Hay una estela de ausencia, de coincidencia literaria


Acabo de poner la colada. De uno de los bolsillos de mi chaqueta ha aparecido un poema tuyo y unos acordes que aún desconozco y soy incapaz de tocar. He vuelto a releerlo, he vuelto a soñar contigo y he recordado que lo guardé ahí para llevarte siempre conmigo a todas partes y cómo, más de una vez, mi corazón ha latido más fuerte al saber que tu amor estaba ahí guardado cuando he metido mi mano buscando un guante o un caramelo.


Ahora que la chaqueta necesita una limpieza, lo he guardado cuidadosamente entre las páginas de la Política de hechos consumados de Nacho Vegas, para que el detergente no se lleve tus palabras. Tu poema me encargó la misión de no hacerte olvidar ni uno sólo de tus sentimientos hacia mí y en ella voy a poner todo mi empeño guardando cada una de tus palabras allá donde mi alma respire. Palabras que tú y yo compartimos. Palabras que son consecuencia de todo lo que hemos vivido y nos hemos ocultado tanto tiempo. Palabras que rozan la caricia más dulce, el deseo más instintivo, lo que tememos, lo que amamos...

Lo que nos tememos, lo que nos amamos.





En mi empeño de poner un poco de orden a mi vida, mientras lloraba un poco y le daba vueltas a mis ideas, mayoritariamente vacuas, me he desecho de varios objetos que sólo ocupaban espacio y que ya de nada sirven. He vaciado armario de ropa, he ordenado cds viejos, he tirado millones de papelajos que estaban siempre por medio, he recolocado libros, he barrido, he fregado, he tocado un poco la guitarra procurando no hacer ruido, he puesto incienso de vainilla y he puesto velas para armonizar el ambiente.

He cambiado las sábanas también. Eso me ha hecho pensar que qué demonios hago poniendo orden a mi vida un viernes por la noche, pudiendo llorar y reír mientras me emborracho contigo en cualquier bar, para después llegar a la cama empujados por la prisa de sentirnos otra vez desnudos, o pudiendo estar retozando contigo en el sofá, comiendo donettes y viendo una peli...

Sabía que me arrepentiría de no coger hoy ese autobús, pero he sacado en claro que el orden en mi vida, es el de adorar el propio caos de tus locuras y estupideces, el caos de cómo me haces sentir, el de vivir en una constante contradicción, el de sentir que aquel infatigable compañero de facultad, que soñé eterno por ser él con quien todo era posible, sigue aún a mi lado, inspirándome, motivándome y sacando siempre lo mejor de mí.

Sé que no hay nada que agradecer pero como dice otra canción de Bunbury y Vegas, no me apetece escribir, hay otras formas de huir y yo quiero huir de mis fantasmas dejándome de metáforas y palabras camufladas para decirte, simple y llanamente, que gracias por ser mi amigo ante todo y por valorarme y comprenderme como sólo tú sabes hacerlo.

Te quiero muchísimo.

He pensado
en todo lo que me queda por amarte,
en todo lo que tu nunca sabrías
si esta fuese mi última canción



...Y que el Viento de Gata siga soplando siempre a tu lado...

Encontrémonos


Todo a mi alrededor se revoluciona. No sé hasta dónde soy responsable de mis actos ni hasta qué punto está en mis manos no hacer daño a los demás. Cuando quiero buscar el camino fácil, todo alrededor se complica. Y siento impotencia al ver gente aquejándose por cosas en las que no creo, que no hago, que no siento.

Pero en ocasiones la complejidad de otros es positiva, sirve para entrar en ese tipo de profundidad que ansiamos quienes, a pesar de todo, nos empeñamos en soñar con los pies en el suelo.

Y es en la profundidad de tus ojos y tus manos serenas donde quiero acurrucarme cada noche. En la oscuridad de tu habitación con vistas a un mar escondido, en la inquietud que provoca que las paredes sean de papel o en el dolor de ciertos pensamientos. Encontrémonos de noche. Charlemos. Escuchémonos a pesar del ruido. Acostémonos, besémonos, arrullémonos y mordámonos. Soñémonos y observémonos. Regalémonos tiempo. Conozcámonos de verdad para que esto no acabe nunca.

...Y quiero tiempo
para acabar con esta rutina y salirte a buscar
bailar un tango contigo, aunque sea haciéndolo mal.

Y quiero tiempo
para pasar muchas horas contigo mirando el mar
haciendo la ola en algún bar
decirte "te quiero" en un concierto

Y pasear cerca del mar con las manos vacías, llenas de sal
y el alma contenta de risa, de vida, porque por fin tengo tiempo

Para volar sin caer
y descubrir algo nuevo que me haga llorar
para crecer sin tener que ser como ellos dicen que tienes que ser
y no volver, y no volver
a vendarme los ojos por enésima vez
quiero tiempo para
despertar contigo en Praga

Quiero tiempo
para empezar todo aquello que anhelo
y bucear, hacerme la cama
desayunar despues de las 4 de la tarde
Quiero tiempo
para charlar sobre cosas absurdas
para pensar que aún tengo tiempo,
para aprender todas esas cosas que no estudié

Y quiero tiempo
para olvidar el daño que hice antes de ayer
y que aún estoy a tiempo,
a retroceder y pedir perdón en un café

Y quiero tiempo
para hacer alguna locura,
y echar a correr, no hay prisa ninguna
pero mi alma se esfuma
me pierdo en el alba
el sol ya me atrapa...



Sin prisa


Me niego a darles la razón a quienes no ven más salida

que la de vivir deprisa, renegando y sin ganas de pensar.

No quiero emprender grandes proyectos,
ni anular los momentos del aquí
por vagar mentalmente en el allá.

Serendipia


En una de las hojas de un blog amigo, El Oscuro dice acerca de la palabra "serendipia":

Vaya por delante que no aparece en el DRAE, aunque creo que debiera figurar en él.

La conocí leyendo en inglés (serendipity) y viene a significar algo así como "descubrimiento de algo (bueno o bello) sin buscarlo". De hecho, es lo que hacen los fundamentalistas bíblicos cuando, ante un problema o una disyuntiva, abren la Biblia al azar con la esperanza de que el Libro muestre una página o un párrafo en que se dé la solución de sus dificultades. (...)


He intentado hacer el mismo ejercicio de serendipia que él ante la disyuntiva de si, en una tarde de domingo aburrida como la de hoy, empiezo a ver la serie Perdidos o no.

Evidentemente no me han servido para nada el libro de canciones de Janis Joplin ni Platero y yo de Juan Ramón Jiménez, y sigo con la duda, pero es curioso lo que he encontrado, abriendo una página al azar, de El Aleph, de Jorge Luis Borges:

Beatriz (yo mismo suelo repetirlo) era una mujer, una niña de una clarividencia casi implacable, pero había en ella negligencias, distracciones, desdenes, verdaderas crueldades, que tal vez reclamaban una explicación patológica.

Creo que es la mejor descripción de mí misma que ha hecho nadie jamás.

La sonrisa telefónica


Es una manera de transmitir amabilidad por teléfono. Sonreír mientras se conversa, aunque lógicamente, no se aprecie el rostro, al parecer, repercute positivamente en la calidez de nuestras palabras.


Me acuerdo de mis días como teleoperadora de MoviStar y la de veces que llegaba a repetir esto al día:
MoviStar, buenas tardes, le atiende Betty, extensión 37-0-86, ¿en qué puedo ayudarle?

¡Qué gran verano aquel! Recién estrenado el nuevo siglo. Era mi primer año de carrera y se me juntaron los primeros exámenes finales con los cursos de preparación en Telefónica. Tardes y tardes demostrando la afabilidad de la voz, “la sonrisa telefónica”, mis conocimientos sobre el funcionamiento de las líneas, de los códigos, de la Intranet, eufemismos constantes para no desentrañar el mal funcionamiento del servicio... Y a todo esto, escapadas constantes a la máquina de café para conocer a quienes, por motivos bien distintos, se embarcaban en el mismo trayecto que yo, y aprovechando los descansos de la mañana, las horas de tren y las noches para leer a Góngora, Quevedo, Garcilaso, textos de Barthes, Derrida, Foucault, estructuralismo, decontrucción, estudios culturales... o analizar procesos semánticos y dibujar los cortes sagitales de los fonemas del español.

Al acabar los exámenes y una vez conseguido mi lugar de trabajo, mi mesa, mi ordenador, mi centralita, mi pinganillo... disfruté de algo que creía que sólo existía en las películas: atender a la gente mientras me limaba las uñas y ojeaba una revista. Evidentemente, no siempre podía ser así, pero el gustazo vamos si me lo di.


Lejos queda ya aquella gente con quien hacía el tonto cuando apretábamos el MUTE para que los clientes no nos oyeran, pero permanecen los buenos recuerdos, como las charlas con aquella futura cardióloga taquicárdica a la espera de los resultados del MIR, aquel futuro publicista-filósofo con quien compartía también el bar de la facultad o aquel gitano de La Mina que me explicaba sus chanchullos a la vez que planeábamos colarnos en las tiendas más caras de la ciudad para probarnos toda esa ropa que jamás podremos comprar.

También me acuerdo todavía de lo estúpida e infeliz que llegaba a ser la gente cuando se le estropeaba el móvil. Parecía que se les fuera a acabar el mundo... Si solucionaba la situación, había quien me daba la gracias como si de mí dependiera su salvación y cuando no era posible o no estaba en mis manos arreglar “la incidencia” (jamás podía decir “problema”) había quien, si pudiera, me echaría de cabeza al infierno. ¡Ay! Si no nos tomáramos la vida tan en serio...


Pero por mucho que una se empeñe en pensar que somos esclavos de la tecnología y que, en realidad, deberíamos ser más despegados de ella y disfrutar más del aire libre, del contacto cercano con la gente, etc., a la vez me da miedo pensar en cómo sería la vida sin teléfono, sin internet, sin electricidad... Con lo que disfruto yo hablando horas y horas por teléfono, riéndome por el messenger, perdiéndome por internet, emocionándome cuando alguien aprovecha la distancia y la frialdad de estos aparatos para decirme que me quiere, que desearía volver a repetir aquel momento, que se encuentra bien, que me echa de menos, que tiene ganas de volver a verme o que cierto día se sintió feliz al despertar y verme a su lado...

No soy fotosintética


Me he pasado todo el día en la tenebrosidad de mi habitación escribiendo, leyendo, escuchando música, quitando polvo, ordenando papeles, descatalogando recuerdos... Hay días como hoy en que lo único que me debe diferenciar de una planta es que huyo de la luz.


De pequeña era casi mulata y ahora me doy cuenta de que mi piel está tomando un color oliváceo-amarillento muy raro (que, curiosamente, la gente no deja de decirme que me sienta bien y que es una de mis propias señas de identidad... ¿?). Temo volverme fluorescente como unas cebollas que planté de pequeña en la más absoluta oscuridad de un armario para un experimento escolar.

Aborrezco la luz.

Prefiero dormir de día y vivir de noche. Detesto los amaneceres, con su olor a café recién hecho y con su pausado ruido ascendente. Sólo abro la ventana cuando me voy de casa para ventilar la habitación y lo primero que hago al volver es cerrarla sin dejar que traspase el más mínimo haz de luz. Antes solía dormirme escuchando música, ahora la apago con tal de no tener el pilotillo naranja del ON/OFF encendido, y duermo, incluso en verano, tapada del todo para que mis ojos, en uno de esos pequeños desvelos que me asaltan de vez en cuando, no se acostumbren a la oscuridad y me permitan distinguir las sombras del desorden tan característico de mi habitación.

He aprendido a moverme en la oscuridad, y la prefiero. Prefiero un laberinto a la más absoluta claridad. Ya no tanteo con miedo a golpearme, sino que camino con paso decidido.

Estoy aprendiendo a vivir.

Morir es aprender a esperar
vivir es aprender a ver en la oscuridad.

Sexo

El sexo es mucho más que una simple unión física y más que un fiel acompañante en ese viaje del amor que emprenden quienes creen haber encontrado, el uno en el otro, ese complemento tan ansiado por su alma.

Mi vida dio un giro muy brusco cuando decidí desempolvar mi propio sentido común (que no comunal) y empecé a preguntar a quien se me ponía delante cosas del tipo "si no es indiscreción..."

Mi tabú y el de la gente que me rodea se fue diluyendo poco a poco, mi experiencia me fue dando la razón en cuanto a la mitificación de ciertos aspectos de las relaciones humano - sentimentales - esporádicas.


Y es que es curioso ver como en cuanto abres una pequeña puerta al diálogo sexual la gente muestra un alivio inmenso por no saberse solos, por comprobar que pueden hablar sin prejuicios ni censuras, por reconocer en voz alta que en su intimidad todo vale mientras haya consenso (consigo mismos y con los demás) sin que ello conlleve una ceguera permanente, una letra escarlata tatuada a fuego en la frente o un motivo de autoflagelación nocturna a los pies de la cama.


Mi conclusión a todo esto es que en la sociedad actual la gente está ávida de sexo en todos los aspectos, ya no sólo de practicarlo o de consumirlo. Aunque no lo parezca a simple vista, aún hay mucho arraigo a formas y amenazas de una moral que ya no encaja en nuestras vidas, que poco a poco nos va haciendo infelices al impedir que nos veamos a nosotros mismos.


Mi pequeño consejo es que hay que ser más sinvergüenza.


Realidades y sueños


Hace unos días me dijiste que la realidad puede ser decepcionante cuando me desvelaste, después de tantos años, cómo París tiene mi nombre escrito por todos lados. Y sí, llevaba años imaginando algo mucho más bonito, más romántico e idílico. No te voy a engañar.


Antes de aquel Interrail, te dije que una canción de Manolo García me hacía pensar en ti pero me daba vergüenza decirte cuál era y tú añadiste: "¿Pero ya entiendes las letras de ese hombre? Es demasiado barroco". Una vez más, yo pretendía algo bonito, romántico e idílico y tú te quedaste en la superficie. Pero me callé, sonreí y acepté esa realidad decepcionante, como tantas otras veces he hecho a lo largo de mi vida.

Esa perplejidad que me proporcionan a veces tus reacciones han ido desentrañando un pensamiento que nunca llego a tener claro del todo, pero que no ha dejado, en todos estos años, de rondar por mi cabeza.

Ahora llevo tiempo viviendo en sueños, sin dejar de imaginar. Más allá de la realidad, llevo tiempo elucubrando, fantaseando, tratando de vivir la vida que siempre he deseado y cuando más levanto los pies del suelo, más me doy cuenta de la necesidad de esa realidad. Mis sueños son bonitos, románticos e idílicos pero hay realidades que superan a todo eso. Y una de ellas eres tú.

Eres un pasado que volvió de forma intermitente a mi vida y ahora sé con certeza, sin dobles lecturas ni falsas ideas, que quiero que sigas en ella para siempre.

Te quiero a pesar de ese mal humor extraño que a veces te embarga, quiero abrazar tu melancolía, quiero sentarme junto a tus celos y jugar con ellos al póker, tal vez así les gane la partida. Quiero estar sin estar cuando quieras estar solo, quiero seguir escribiendo estas cosas sin ánimo de competir con tu genialidad...

No hay un sólo motivo por el que quiera olvidarte.
Seré, sin molestarte, sin que sepas de mí...

No me hagas hablar... que si bebo es para olvidar


Recuerdo perfectamente el día y el momento en que mi ex-novio me hizo esa foto. Pretendía reflejar tranquilidad, pero nada tenía que ver la tranquilidad con lo que guardaba dentro esta cabecita que no deja de pensar. Me sentía, como dice una canción, como un gato en un cajón. No logro quitarme esa sensación de claustrofobia que me provocó aquella relación. Tres años perdidos en un falso amor guiado por el más bajo chantaje emocional, que ha dejado secuelas que jamás imaginé que pudieran existir.

Hoy he encontrado (que no leído) cartas suyas y he vuelto a ver (que no mirado) muchas fotos... y quiero llorar, no sé si de pena, de añoranza, de rabia o de fastidio.

No me hago a la idea de que soy libre otra vez. Por fin, soy libre.

¡Eres una inventora!


Siempre me ha gustado leer obras de teatro pero hace como dos meses que no abro un libro.


Siempre he tenido la costumbre de leer antes de dormirme y me gustaba la sensación de querer seguir leyendo la historia de los personajes mientras el sueño me vencía, pero de un tiempo a esta parte a mis vecinos de arriba les ha dado por gritarse e insultarse pasadas las doce de la noche y a las siete de la mañana cuando se levantan. Así que, tanto si paso la noche en vela como si no, los oigo antes de dormirme.

Hoy he dormido en casa de mi hermano y, curiosamente, aquí también hay vecinos gritones, con la diferencia de que aquí se oye aún mejor y la historia es más interesante. Aclaro. No penséis mal, no soy cotilla ni pongo un vaso en la pared para enterarme de todo, es que a las dos y las tres de la mañana, en una zona bastante silenciosa de la ciudad, las paredes son de papel...


Os cuento. Resulta que chico conoce a chica extranjera (no logré averiguar de dónde), se enamoran, pero la chica le deja plantada varias veces y él se entera de ciertas mentiras a través del padre de la chica. La manda a la mierda pero la chica llora. Él la insulta y dice sentirse ofendido. Después de sacar todas las culebras que lleva dentro, el chico reconoce que aún la quiere y que se siente como un desgraciado por faltarle al respeto, para, acto seguido, seguir gritando
"¡Qué me dejes en paz, coooooño!, ¡Que me olvides!, ¡Que eres una inventora! ¡Eres una inventora que te inventas las palabras y las cosas para hacer daño y yo no quiero saber más nada de ti, porque haces daño, tía, haces daño!

No pude escuchar el final de la conversación telefónica porque el sueño me venció.

¿Quién necesita un libro de teatro si tiene la función en casa cada noche?

Alucinante.

Suma y sigue

El Edelweiss

El Edelweiss es (o era) esta casa, fruto de muchas de mis pesadillas cuando era pequeña, pero también de algunos de esos momentos bonitos de mi infancia.

No hace mucho pasé por allí y esta fue mi sorpresa. Ahora tiene más pinta de mansión de Beverly Hills que de casa abandonada, pero cuando yo salía del cole y pasaba por allí estaba medio derruida y corría la leyenda de que habitaban espíritus.
Mis amig@s y yo, durante una temporada nos pasábamos por allí y apostábamos a ver quién era capaz de saltar la valla y meterse dentro. Los más osados proponían, incluso, llevarse la ouija, pero si no recuerdo mal, nadie nunca fue capaz de saltar. A la que alguien lo intentaba, el resto hacía ruiditos y lo acojonaba. ¡Qué cabrones y cagones que éramos!

No suelo ser muy nostálgica de mi infancia, pero recordando estas cosas, me encantaría tener una máquina del tiempo y vivir, aunque fuera sólo por un día, aquellos momentos con mis amig@s, junto al bosque, partiendo piñones, mirando si veíamos pasar la sombra de algún espíritu a través de los cristales mugrientos de esa casa abandonada mientras escuchábamos el
Bad o el Dangerous en el walkman, dándole la vuelta a la cinta (eso cuando no se enganchaba y había que hacerla rodar con un boli) compartiendo los auriculares y diciendo... "¡Ahora me toca a mí, que tú ya lo has tenido mucho rato!"

Soy rebelde, no incumplo normas...

...ni promesas.

"La vida es el interminable ensayo de una obra que jamás se estrenará" (Amélie)

En ocasiones, un mensaje te plantea una pregunta en la que tu respuesta puede ser el desencadenante para que la distancia entre dos personas aumente o disminuya.

Imposible saber la respuesta correcta cuando en el momento preciso de leer el mensaje (tal vez ambiguo, probablemente desolador), el apuntador que te debe dar la réplica —como buen funcionario— se ha ido a desayunar.

“No haré nada, me limitaré a seguir mi catálogo sentimental de promesas a cumplir”, contestaré entonces a tu mensaje.

Esto es, no pedir explicaciones por tu comportamiento, no hacer de un grano una montaña, no teorizar sobre mis sentimientos ni tratar de definir los tuyos, limitarme a esperar... y contentarme con que sepas, que aunque sea por unos segundos, en la imaginación, la tuya y la mía, siempre existirán cuerdas como las de tu mensaje, que acorten todas las distancias.




We are on a rock, spinning silently...

Los mejores momentos del día son en la mesa, comiendo los manjares que mi padre cocina con tanto esmero y charlando de cualquier cosa. Hoy hemos hablado, entre risas, de sectas, de testigos de Jehová, de transfusiones de sangre y he tenido una especie de déjà vu, transportándome al restaurante mexicano donde cené el sábado por la noche.

Una rueda de pensamientos, más compleja de lo que ahora mismo puedo y quiero escribir aquí, ha finalizado su recorrido, horas después, en una canción que lleva días rondándome por la cabeza.

Y me voy tan ancha a dormir.

Cercanías Renfe y sus incidencias



Si viajar en un tren de cercanías Renfe ya es de por sí una tortura, mucho peor es cuando se presencian dentro del vagón escenas como la que he presenciado hoy, y que reproduzco a continuación: Mujer joven regañando a un bebé que está en su sillita queriendo tirar el sonajero al suelo. Al lado un niño más mayor con cara de miedo, sin decir nada.

Anciano
(con acento andaluz, amablemente): No le regañe usté al niño, mujé, que son cosas de críos...

Mujer (en catalán): ¿Y usted quién es para meterse donde no le llaman? ¡Habráse visto! ¿Ahora me vas a decir tú como le tengo que hablar a mi hijo?

Anciano
: No mujé, no, si yo no digo , ¿pero no ve que el chiquillo sólo está jugando?

Mujer
(en catalán): Para empezar, me habla en catalán, que estamos en Catalunya y segundo, yo a usted no le he dicho nada. De maleducados está lleno el mundo, si no sabe hablar catalán lo aprende, pero a mí no me tiene que decir cómo tengo que hablarle a mi hijo, y encima, en otro idioma, ¿vale?

Anciano
(sin dar crédito a lo que oía, pasando de todo ya): Vale, vale, lo que usté diga, yo ya no digo ...

Mujer
(en catalán): Vamos, ¿será posible? De fuera vendrán y de tu casa te echarán... Cuando se digne a hablar en catalán me dice lo que quiera, hombre, ya... Etc.
En fin, la mujer ha seguido ladrando un rato más ella sola, metiéndose también con la gente que le iba diciendo que se callara, que no era para tanto y que la maleducada era ella, etc...


¡Qué mala hostia me ha entrado! Soy catalana de padres andaluces y uso las dos lenguas indistintamente, pero la verdad es que no es la primera vez que alguien me ha mirado mal por hablar castellano en Catalunya y/o decir que soy hija de inmigrantes. ¡Manda huevos! Increíble pero cierto. Es una pena que unos cuantos ignorantes como esa señora se encarguen de desprestigiar la suerte que tenemos los bilingües de nacimiento. Aunque bueno, peor para ellos.

La misma mala hostia que me ha entrado escuchando a esa mujer ha traído a mi mente, sin saber por qué (cosas del subconsciente, quizás) esta canción. Y ha sacado esa furia de gitana andaluza que llevo dentro (jejeje).

Los limoneros - Manolo Escobar

(¡Cómo mola esta canción, con esa musiquilla!)

Manifiesto por la liberación de la cultura


Más de 3.000 internautas ya han firmado un manifiesto por la liberación de la Cultura que circula por internet. El texto ha sido difundido como respuesta al Plan Antipiratería que presentó el Gobierno.

El manifiesto pide al Ministerio de Cultura que deje de actuar como "salvaguardia de la industria del entretenimiento", plantea que se reduzca la duración de los derechos de autor y propone a la sociedad y a los autores que busquen nuevas formas de negocio en Internet y que se aprovechen de las nuevas redes de distribución en lugar de criminalizarlas. Más de un centenar de blogs se han hecho eco de este manifiesto. Aquí puedes encontrar el texto completo: http://culturalibre.org/

Je travaille

Hoy he iniciado un curso de francés que me he bajado de internet. Quiero comprobar si sabiendo catalán tengo más de medio camino hecho. Nada más empezar con el vocabulario me he acordado de las primeras clases de inglés del colegio, en cuarto o quinto de E.G.B., cuando todos nos poníamos nerviosos y nos quejábamos porque era demasiado que en el examen entraran los números, los colores y, encima, los nombres de los comercios más típicos de la ciudad. Más adelante chuleábamos de saber saludar e íbamos todo el día con la cantinela de: "How are you?", "Pleased to meet you".

Hoy me siento casi igual de desorientada y tengo esa sensación de que todo se me hace una montaña porque me parece imposible comunicarme en francés. Aún teniendo una filología a mis espaldas, me siento como un saco enorme y vacío. La única cantinela que me sé es la de "Voulez vous coucher avec moi?", que de tan trillada me da náuseas.

Y hablando de náuseas, no he pasado aún de los pronombres personales con función de sujeto, pero espero poder leer en breve a Sartre, en versión original, yo solita. ¡Ahí es nada!

Francia y l'amour... ¡Esperadme, que allá voy!


Cambio de papeles

¿Qué será lo que hace que los padres, en "cosas de la vida", siempre tengan razón? ¿Por qué cierto día te levantas o te vas a dormir pensando en por qué no les has hecho caso antes? Hay veces que sus palabras te dejan un sabor agridulce pero que te empuja a sentirte cada vez más cercano a ellos y ves pasar tu vida y, de golpe, entiendes todo. Parece que la vida pierde todo misterio cuando les oyes hablar y es como si apacentara dentro de ti toda la certeza de la existencia y todo el saber humano (aquel "pan, casa, destino, camino" que cantaba Manolo García). Y te das cuenta de que todo es más sencillo de lo que creemos.

Hoy he vivido una situación curiosa con mi padre. La semana que viene cumple 65 años y sólo quedan —como dice alegremente él— 32 horas de trabajo, que quitando el cuarto de hora del bocadillo son 31 para que dé por finalizada su experiencia laboral de la friolera de 40 años en la misma empresa. Una noche de viernes como hoy, mi sino no era otro que quedarme estudiando para mi último examen. Sus compañeros le habían preparado una fiesta de despedida en un restaurante y mientras yo me hacía mi cena él salía por la puerta diciéndome aquello de "no creo que llegue muy tarde" (¡Cuántas veces habré dicho yo eso sabiendo que no lo iba a cumplir!). Reconozco que en un par de ocasiones he pensado que se estaba retrasando mucho...

Cuatro o cinco horas más tarde ha llegado y se ha sentado conmigo a explicarme lo bien que se lo ha pasado. Estaba emocionado, sin ganas de irse a dormir, orgulloso de su vida y de lo conseguido y me ha explicado todo con pelos y señales, mezclando anécdotas y sentimientos mientras sonreía.

Cuando, rendido, se ha ido a la cama, he vuelto a pensar lo que llevo días pensando. Mi fin de carrera coincide con su jubilación. Ahora él hará la comida, pasará largas horas leyendo o viendo la televisión, tranquilo, sabiendo que ha hecho méritos más que suficientes para llevar una vida tranquila. Yo hasta ahora hacía la comida, pasaba largas horas leyendo y estudiando porque tenía la seguridad del sustento paterno. Y ahora toca trabajar y echar el vuelo y en ese terreno mi situación es incierta.

No he podido evitar quedarme con una sentencia del que para mí, en estos momentos, es el hombre más preciado y más sabio del mundo, o sea, mi padre:

«Para triunfar
te tienen que gustar los lunes»

Porque de ti volví a aprender el nombre de las cosas.
Porque de ti volví a aprender lo necesario.
Pan, casa, destino, camino.
De ti volví a aprender. Del bosque
de tu alegría. De manos
de tu sereno misterio.
Quedaba mucho por hacer:
arreglar la huerta,
hablar con los perros,
pasear por las orillas del otoño.
Quedaba mucho por hacer.
Quedaba mucho.
Porque de ti volví a aprender lo necesario.
A prescindir de lo inútil,
que nada es precario.
Del brillo de tus ojos
a disfrutar el tiempo lento.
Y cuatro cosas útiles de tu gesto cierto.
Y muchas cosas más de ti aprendí.
Y quedaba mucho por hacer.
A tirar el lastre, de eso que es la existencia.
Del tráfico, del peso de los lunes.
Gris, cielo, hoguera, camino.
De películas malas.
A robarle el tiempo al minutero,
que los relojes matan el tiempo.
Quedaba mucho por hacer:
recoger los sueños en las noches frías
como cuando no hay peces recojo las redes vacías.
Quedaba mucho por hacer.
Quedaba mucho.
Aprendí a sumar lo lógico y lo incierto.
A poner la mesa.
Aprendí a tolerar la presencia necesaria
de las arañas.
Aprendí a soportar sólo lo soportable.
Y quedaba mucho por hacer,
rechazar el tedio, luchar contra él.
Y quedaba mucho por hacer.
Limpiar de malas hierbas el prado,
arrancar las rejas y cercados.
Hacer montones: perros con gatos.
Hacer montones: soles y estrellas.
Borrar las señales de vuelo
para que los pájaros sean dueños del cielo.
Y quedaba mucho por hacer...
Y quedaba mucho por hacer...
Y quedaba mucho por hacer...
Y quedaba mucho por hacer...


Nocturno

Refugiada en su pequeña habitación, escribe, alejada de cenáculos literarios y de conversaciones penosas con quienes exigen y juzgan, y analiza la tensa existencia de quien quiere ser libre, la batalla de la conciencia de una persona que busca justificación. Trata de explicar cómo se puede vivir sin la ayuda de los demás. Sus personajes no quieren vivir lo que no sea la vida, quieren regenerarse, evitar esa herencia amarga que les condena. Pero sus héroes viven en una situación límite en la que recuperar la inocencia es una hazaña tan indispensable como imposible. No esperan otra cosa que lo que la noche sea. El estilo nocturno se impone. El drama está conseguido. Un final estremecedor se espera de un momento a otro, donde todos los héroes pierden su verdadera identidad.

Intimidad

Ayer me llamó la atención una cita de Carson McCuller (parafraseada por Nacho Vegas) que viene a decir algo así:
No hay nada más íntimo que la imaginación.
Por motivos que no vienen a cuento, venía sintiendo hace algún tiempo que los humanos nunca somos totalmente dueños de nuestra intimidad y que cuando con más razón deberíamos serlo, nos dejamos llevar por circunstancias que creemos que nos obligan a ceder. Esta canción me ha hecho regocijarme al pensar que es sólo en esos momentos de intromisión que tenemos con nosotros mismos, cuando realmente nuestro pensamiento se desahoga, cuando podemos considerarnos totalmente libres. En mi opinión, pura falacia es pensar que la libertad tiene un precio caro... Por el contrario, la llevamos en el bolsillo y podemos hacer uso de ella cuando nos convenga.

La intimidad (o la libertad) es mi sentimiento favorito y, en especial, aquel que se siente cuando sabes que hay cosas en la vida que sólo conoces tú. Nunca lo hubiera llamado así, pero "llamémoslo así, el fulgor".

Increíblemente, hasta ayer no conocía esta canción y quiero ponerla aquí como una muestra más (de las tantas que he ido descubriendo) de cómo un hombre sin una voz "de academia" puede llegar a ponerme los pelillos de punta...

Una noche de invierno
no muy lejos de aquí,
alcé la vista al cielo,
juraré todo aquello que vi.

Como un fugaz pensamiento
aquel resplandor
un inmenso estallido de luz,
llamemóslo así, el fulgor.

Y hablé con el maestro,
y hablé con el doctor,
pregunté a los marineros,
pregunté hasta al enterrador.

Pero no, nadie más lo vió,
nadie allí.
Y no, nadie lo vió,
salvo yo.

El maestro montó en cólera
y agitando frente a mí una cruz
chillo: "no hubo en la escuela
criatura más malvada que tú."

El doctor me dijó:
"sigue así y pronto acabarás
enfermo de cuerpo y mente,
aislado de la humanidad."

Los viejos marineros
parecían creer en mí,
pero apenas me hube alejado
sentilos reír tras de mí.

Tan sólo el enterrador
me escuchó sin hablar,
asintió muy despacio
para, de pronto, ponerse a cavar.

A la gente en esta ciudad
le gusta murmurar.
Me dicen: "busca un trabajo
lábrate una vida con dignidad."

Yo huí a mi casa en el norte,
me acurruqué en mi rincón,
juntos yo y Johnny Walker
dimos forma a una extraña
y hermosa y violenta canción.

Y en la noche negra,
y en mi alma enferma,
se hizo de pronto la luz.
Y una inmensa esfera
de la que surgió
una cruel melodía.

Que no, nadie más oyó,
nadie allí.
Y no, nadie la oyó,
salvo yo.

No, nadie más lo vió,
nadie allí.
No, nadie lo vió,
nadie salvo yo.

Don't touch my bone!


Aún no he cumplido la treintena y, aunque a veces todavía deseo volver atrás en el tiempo para volver a ser una adolescente despreocupada, me resigno encarecidamente a pensar que al hacernos mayores nos volvemos huraños y quejicas. Me niego a perder el entusiasmo por la vida sólo por cumplir años ineludiblemente y me niego también a pensar que ahora las cosas ya no son como eran aunque, a veces, no puedo evitar decir cosas como "la vida me ha enseñado" y como acto reflejo siento caer sobre mí la losa de la vejez.


Lo que me lleva a escribir esto es la sensación que tengo, desde hace un tiempo, de que la gente que me rodea en mi cotidianeidad parece volverse cada día un poco más hostil justo cuando yo me siento cada vez más amigable y alegre. Hay algo que me separa de la gente, algo que hace que los demás se distancien de su entorno como si tuvieran miedo de que les arrebataran algo muy, muy personal.

Evidentemente, sé que no es ninguna confabulación contra mi afable persona, porque me refiero al ambiente que respiro cada día, en general, pero sí que creo que donde un día pude entablar relaciones de verdadera amistad, hoy no veo más que resentimiento hacia algo, a mis ojos, inexistente. El ambiente está rancio, la gente es egoísta y desagradecida... lo peor de todo es que me temo que esto está extendido, más allá de mi pequeño círculo. ¿Quién no ha tenido alguna vez algún compañero de trabajo, de estudios, etc., que parece que se empeñe en demostrarte que si tiene un mal día es sólo por tu culpa? Realmente, me hace gracia la gente que piensa que una se levanta cada mañana con la única intención de hacerle infeliz... ¿Pero quién o qué se creen que son?


Lo cierto es que sólo nosotros mismos podemos decidir si ser felices o no. Somos más dueños de nuestra vida de lo que creemos. Parece que no nos damos cuenta...

«Olvidamos siempre que la felicidad humana es una disposición de la mente
y no una condición de las circunstancias.»
John Locke


Y esta es una de las muchas cosas que la vida me ha enseñado...



P.D.: ¡Qué malísimos son los perros! :) ¡Miau!