«PRÓXIMA CIRCULACIÓN POR VÍA 1, TREN DE CERCANÍAS CON DESTINO VIC. PARA EN TODAS LAS ESTACIONES.»
Llevaba un buen rato sentada en el viejo banco rojo de la estación, cual Penélope con su bolso de piel marrón, cuando por fin se acercaba el tren que la llevaría a La Garriga. Después de recorrer durante una semana las calles de aquella ciudad, los locales más concurridos y los grandes almacenes, volvía a sentir la necesidad de saborear la soledad de un pueblo que, pese a su agigantado proceso de urbanización, le seguía pareciendo insulso.
Sea como fuera, era su pueblo, y una semana lejos de él era suficiente para echarlo de menos. Pensaba en sus inmensos parques para pasear, los balnearios, la estrechez de sus callejones y la oscuridad homogénea de su calle mayor, todo ello tan desacorde con su espíritu joven y agitado. Realmente, no sabía qué le unía tanto a él. En su juventud había jurado mil veces que a la menor oportunidad se marcharía lejos para conquistar, como en sus más íntimos sueños, un mundo lleno de oportunidades. No se sentía orgullosa ni arrepentida; lo cierto es que llevaba más de cuarenta años allí y no presuponía ningún motivo ya que la pudiera apartar de aquellas calles. La edad le proporcionaba cada vez menos fuerzas para enfrentarse a su futuro. Temía echar de menos su vida de siempre si cambiaba la brisa con olor a leña por las bocanadas de polución, aunque en la ciudad estuvieran todos sus sueños. El pasado era más fuerte que ella cuando ni siquiera aún lo había dejado atrás.
Subió al tren. La noche amenazaba con ser fría. El vagón permanecía casi vacío y en silencio. La gente leía o dormía. Se sentó. Alguien miraba por la ventanilla con un whisky entre las manos y con un leve movimiento hacía balancear el vaso. Era como si aquel personaje inmóvil hubiera sido recortado del bar y enganchado en el nuevo paisaje del vagón del tren por las manos de un misterioso artista. Su mirada penetraba en el vacío oscuro del túnel; muros y luces fugaces frente a una mirada azul reflejada en el cristal y capaz de iluminar la noche más negra. Permanecía fundido en su vaso de whisky que, por momentos, se llevaba a la boca haciendo sonar los cubitos de hielo desgastado. Miraba a través del cristal apartando a menudo un ligero rizo dorado de su frente, refugiado en su áurea de melancolía.
Ella no podía evitar dirigir su mirada hacia aquel cabello rizado, hacia aquellos ojos, hacia aquel vaso, hacia aquel gabán. Todo le resultaba familiar, pero miraba a un lado y a otro y el resto de gente parecía totalmente ajeno. Nadie parecía conocer a aquel hombre, ni siquiera parecía que pudieran verlo.
Sacó de su bolso el monedero y de uno de los pequeños apartados de la billetera sacó un posavasos de cartón con una dedicatoria breve y una firma:
«Mira sempre cap endavant i no et detinguis mai en el passat»
Lo que tiempo atrás le parecieron dos simples versos de ánimo, ahora tomaban un cierto relieve de duda. Miraba la dedicatoria y miraba hacia los rizos. Miraba a un lado y a otro y todo parecía normal. Sin embargo, creía que todo era producto de su imaginación; no podía estar viendo algo imposible, pero sus ojos lo estaban viendo.
Sin apartar la mirada recordó una noche de invierno, más de veinte años atrás, y un bar antes de un concierto. El cantante permanecía sentado en la barra, camuflado en un sombrero negro y un gabán oscuro. Recordó como, siendo joven, hubiera dado lo que fuera por tener un autógrafo de su cantante favorito. Él se encontraba tan solitario y apaciblemente sentado en el taburete del bar, agitando suavemente su vaso de whisky, que dudó en acercarse a él por miedo a molestar. Superó el miedo y se acercó. Temblando de emoción y casi sin voz le acercó un bolígrafo a la cara con ademán de pedirle que firmara el posavasos. Él aceptó amablemente diciendo: “No ho oblidis mai”. Entusiasmada, guardó celosamente el posavasos y soñó despierta que el concierto se lo dedicaría exclusivamente a ella. De hecho, como suele ocurrir en los conciertos, siempre que su mirada azul se dirigía, en plena euforia musical, hacia el sector del público donde se encontraba, sentía indudablemente que era a ella a quien miraba.
La mañana siguiente al concierto, una triste noticia era portada de todos los diarios: la muerte de un joven cantante por causas todavía desconocidas. No cabía duda, era él, su ídolo de juventud, la voz que cantaba las canciones que tanto habían significado ara ella y que había mitificado, aún más, tras su muerte. Aparentemente no era posible, pero lo era. La dedicatoria decía que no debía mirar atrás, pero lo estaba haciendo. ¡No podía evitar hacerlo!
No supo si bajarse en La Garriga o llegar hasta el final del recorrido con él. Antes de tomar la decisión, se acercó e intentó hablarle. Era increíblemente misterioso que él no se inmutara. Cualquier intento de llamar su atención fue vana y empezó a perder los nervios:
— Por favor, señor, sólo dime que no me estoy volviendo loca. Si eres tú quien me escribió esto—enseñando la dedicatoria— dímelo y te haré caso, miraré hacia delante y haré como si esto no hubiera ocurrido.
Los ojos azules seguían recorriendo el paisaje, indiferentes.
— Pero ¿no ves que ahora mismo lo único que puedo hacer es mirar al pasado?... ¡Te estoy mirando! Tú formabas parte de mi pasado y recuerdo cómo me afectó tu muerte... sigues igual que entonces, no has cambiado, no has envejecido. No es posible que ahora estés aquí, pero estás y ¡no me dices nada!
«TREN CON DESTINO VIC, PRÓXIMA PARADA: LA GARRIGA»
— Por favor...
Apartando su rizo dorado, el chico asintió con la cabeza, con un gesto entrañable parecido al de los abuelos que dan silenciosamente un caramelo a sus nietos, a condición de que se porten bien. Así que ella guardó el posavasos y se bajó del tren. Se detuvo ante la ventanilla hundiendo su mirada en la profundidad de los ojos azules, con un leve remordimiento al pensar que quizá ella había sido la elegida para mantener viva la memoria del cantante. Algo así como una señal del cielo, pero, un guiño desde el interior del vagón, en el momento de arrancar de nuevo la tranquilizó y sintió una sensación de nostalgia feliz.
Dio media vuelta y paseó entre los árboles, lentamente, hundiéndose en su gabardina, diciéndose a sí misma:
— No mires atrás... ¡Adelante! ¡Siempre adelante!
