El vaivén del sucu-sucu


Tengo la curiosa habilidad de hacer el ridículo por la calle, a veces conscientemente, pero la mayoría sin darme cuenta.

Buscando por mi ordenador he encontrado unas fotos que me hicieron a traición cuando iba tan tranquila paseando y bailando el sucu-sucu. Esta foto es de cuando me percaté de ello. Tengo la suerte de que a quien más gracia le hacen mis tonterías es a mí misma, así que me lo tomé con humor.

Hasta hoy pensaba que el sucu-sucu era una invención mía (una especie de coreografía a la pata coja mientras se canta sucu-sucuuuuuu), pero no, gracias a Google y YouTube me acabo de dar cuenta de que ya hay una canción que dice así:

Vamos cholita a bailar
El ritmo más popular
Vamos cholita a bailar
En ritmo mas popular

Ay,ay,ay, negra bandida
Sucu,sucu, te voy a dar
Ay,ay,ay, negra bandida
Sucu,sucu, te voy a dar

Nada más y nada menos que de 1963. Llego un poco tarde...


Otro intento frustrado de hacerme rica sin dar un palo al agua. Seguiré empeñada en mi sueño, inventando canciones para el verano. Georgie Dann morirá algún día, digo yo...

¡A caminar!


No es tan importante comprender el destino como el punto de partida, porque es ahí donde estamos y donde empieza el viaje.
Me vuelvo a echar mi sueño a los bolsillos y... ¡A caminar!

La Nana



Cuando yo era muy pequeña, mi madre tenía un calendario con una fotografía de la Nana, de Picasso.

Tenía pesadillas con esa mujer. Me daba miedo levantarme para ir al baño por la noche, porque tenía que cruzarme con esa cara deformada de mala hostia. Esto inevitablemente me hace pensar: ¿el arte es arte en sí mismo o es arte cuando tomamos conciencia de él?


Ahora


Este deseo de soledad para pensar en quien quiero tener a mi lado es sólo un ejemplo más de mi paradójica personalidad.


Paseando con el Sr. Jackson


Último día del año para relatar mi última noche en Madrid y con esto ya acabo la ronda de ese fin de semana, de hace dos semanas, que parece eterno.


Me acababa de instalar en el terrorífico hostal Mediodía (vid. Soledad post-multitud). La noche me costaba 24€ y en mi monedero sólo quedaban 23€ (juntando calderilla: 23’90€, manda huevos, no me perdonaron esos diez céntimos), así que tuve que salir en busca de un cajero. En parte fue un alivio, porque no eran aún las 22h y la sola idea de pensar que tenía que estar allí metida hasta las 6 de la mañana me repelía bastante.

Aproveché para salir a caminar, ver más calles que desconocía, más edificios que me sorprendían... hasta que me perdí. La opción más fácil hubiera sido entrar en el primer metro que viera pero quise aventurarme hasta que mi sentido de la orientación, cual instinto de supervivencia, se orientara y, efectivamente, una hora después, así lo hizo. Llegué a la calle de Alcalá, quise llegar a la Puerta, rodearla y volver a bajar hasta la Plaza del Sol para hacerle la foto que no le había hecho aún y que aquí os adjunto.

Estaba ya un poco cansada de escuchar a Sabina y, recordando a toda la gente que conocí, me enchufé el Dangerous a toda leche. Con Jam empecé a acelerar el paso. Why you wanna trip on me me hizo recordar a Floppy y sus palabras el primer día de clase. In the closet me llevó a pensar en mi profe de Historia del instituto del cual estuve bastante enamorada. She drives me wild me obligó a cambiar el paso, cada vez más danzarín y pensar en ciertas situaciones obscenas. Con Remember the time empecé a sonreír sin poder dejar de mover la cabeza y con Heal the World pensé en cosas de las que prefiero no hablar aquí. Con Black or White empecé a cantar cada vez más alto (la gente parecía no inmutarse). Con Who is it volví a ralentizar el paso, quise disfrutarla lentamente, sintiéndome pequeña, sin dejar de cantar cada vez un poquito más alto... Aquello era felicidad, me sentía eufórica cuando llegó el colofón con Give in to me. Ahí ya me dio igual que la gente me mirara o me señalara, sólo quería cantar a viva voz. De hecho, nadie me conocía allí, así que a mi puta bola empecé a cantar con todas mis fuerzas y a saltar baldosas y pasos de cebra cual Jack Nicholson en Mejor imposible, concentrada en la canción y en sonreír alegremente a los coches y a quien me mirara pensando que estaba loca o algo peor. Pensaba en mi pijama sobre el armario, en la ducha calentita llena de vapor, en ese “haz que me enamore de ti” fallido... Will you be there me tranquilizó un poco y la quise disfrutar también lentamente, cuando me di cuenta de que quizá había dado como quince vueltas ya a la Puerta de Alcalá sin darme cuenta. Yo no hacía más que pararme en los semáforos y cruzar... estaba en un bucle.

Seguí por la avenida escuchando y cantando otra vez a grito 'pelao' Keep the faith (con coro incluído), y Dangerous. Llegando a la Puerta del Sol noté que las suelas de mis pies estaban gritando “¡Ten piedad de nosotras, por favor!”.

Hice la foto, entré a un cajero, me compré una hamburguesa en el McDonalds, no por hambre, sino para que me dieran cambio y poder darle al de la pensión el puñetero euro que le faltaba y me fui, de nuevo, atravesando la calle Atocha por vigésimo octava vez, por lo menos, en ese fin de semana (en ese trayecto le di al ‘repeat’ a Give in to me y Keep the faith, pero ya no salté ni canté tanto porque estaba molida).

Estaba consumida por el cansancio pero aún así me costó dormir por todo lo que se estaba cociendo en mi cabeza. Casi volví a perder el tren a la mañana siguiente, porque con el sueño que tenía me perdí dentro de la estación de Atocha. ¡Qué desastre!

El viaje de regreso, sin poder dormir pero sin fuerzas para otra cosa que no fuera mirar por la ventanilla, fue la recopilación de todos esos momentos que me hicieron notar que “algo” había cambiado en mí.

Michael sonó durante todo el viaje y es que por mucho tiempo que pase, por muchas rachas de tedio jacksoniano que tenga, esas canciones siguen y seguirán latentes en mis recuerdos y en mi felicidad. Me extendería más en detalles pero las razones para no hacerlo creo que son obvias.

Gracias a quienes siguen mis aventurillas, que sé que los hay. El año que viene más.

Y recordad, niños, si veis por la calle a alguien hablando o cantando solo, o saltando sin motivo alguno no penséis que está loco, sino que ES FELIZ.

Texto escrito el 31 de diciembre del 2007.
Porque hay cosas que no deben olvidarse.

Paréntesis barcelonés


Tras horas paseando por las calles más comerciales, pensando en mí, pensando en ti, yendo a nuestros lugares comunes, tratando de encontrarte cual aguja en un pajar entre la multitud de gente cargada de regalos, entre coches que avasallan a los peatones, entre luces, gritos y empujones, subiendo y bajando escaleras mecánicas, haciendo colas sólo para avanzar diez metros, etc., he vuelto a casa con la sensación de qué diferente es la soledad de Madrid a la de Barcelona.


Será que debo aprender a ver mi vida de siempre con ojos nuevos.



Texto escrito el 28 de diciembre del 2007.
Porque hay cosas que no deben olvidarse.

Soledad post-multitud


En la foto no se aprecian los chorretones de mierda que había en la pared, lo destartalado que estaba todo (puertas, ventanas, objetos) ni todo lo tétrica que era esa pequeñísima habitación del Hostal Mediodía, en el que me hospedé la última noche después de perder el último tren y no tener a donde ir.

Hacía muchísimo frío. Con todo el asco del mundo me senté en la cama roñosa intentando que ninguna parte de mi cuerpo libre de ropa tocara aquella colcha mugrienta e hiriente como una lija. Sabía que dormiría poco o nada, eran las 9 de la noche y me puse a comer golosinas mientras decidía qué hacer.

Sólo se oían gemidos en la habitación de al lado. Ruborizada (y partiéndome de risa) como si yo misma estuviera entre ellos, me sentí en la obligación moral de no seguir escuchando y me puse a escuchar música.

Tuve otro momento sensiblón, de lagrimita fácil con esta canción:

...O tal vez ese viento / que te arranca del aburrimiento / y te deja abrazada a una duda/ en mitad de la calle y desnuda...

Sabina es mucho Sabina a la hora de tocar la fibra sensible y esta canción, a pesar de haberla escuchado infinidad de veces, nunca había tenido el significado que tuvo esa noche, cuando por primera vez en mi vida, entendí que la vida es toda una duda y me sentí realmente sola e insignificante.

Entonces te llamé. Hablé contigo. Y supe que nunca estaré sola mientras pienses en mí.

Texto escrito el 21 de diciembre del 2007.
Porque hay cosas que no deben olvidarse.

Soledad pre-multitud


Sé que está muy manida la metáfora del tren de la vida, ese que no hay que dejar escapar, ese cómplice de tu huida cuando sientes que ya no puedes más, etc., pero joder, es que es tan recurrente y tan sugestiva... y mucho más cuando tus historias empiezan y acaban, físicamente, en una estación de tren.

Sonaba esta canción en mi mp3
cuando llegué a l'Estació de Sants, 8:30 a.m., sola, con mi maleta, con el frío calándome los huesos y vi el panel anunciando la "Próxima Salida: Madrid Puerta de Atocha 9:30h.". Rondaba el minuto 4:45 de dicha canción cuando se me humedecieron los ojos de emoción. Soy una sentimental, lo sé. Puede parecer una tontería, pero en ese punto concreto de mi vida aquel fue un momento mágico, era un acontecimiento soñado, deseado, realizable como tantos otros pero con la diferencia de que este, era por fin realidad.

Atrás las tonterías de rivalidades entre catalanes y madrileños, atrás aquellas personas que mantienen su amistad con una soga, atrás el miedo a situaciones nuevas... Aquello no era sólo un pequeño viaje de placer, era el marcador de un antes y un después.

Era una huida. Un deseo tachado de la lista para volver, instantes después, a escribirlo, porque como dice quien tampoco ha faltado en mis auriculares estos días: "donde regresa siempre el fugitivo... pongamos que hablo de Madrid".


Texto escrito el 18 de diciembre del 2007.
Porque hay cosas que no deben olvidarse.

Hasta siempre, Michael


26/06/2009


Empiezo este escrito con la foto de un señor que todos y todas conoceréis de sobra, estos días más que nunca. O mejor, rectifico, todos y todas habréis oído hablar de él infinidad de veces porque conocerlo, lo que se dice conocerlo, creo que no. Dudo que nadie mínimamente influenciado por la prensa pueda llegar a entender una vida como la de Michael Jackson.

Yo procuro hacerme una idea, aunque tampoco puedo llegar a imaginar cómo sentía o padecía, pero mi respeto hacia él no va a faltar en un día como hoy (ni nunca). Quien quiera leer sobre mascarillas, niños en el balcón, blanqueamientos de piel, operaciones, abusos a menores, los derechos editoriales de los Beatles, plagios o cualquier otra de sus excentricidades o mentiras infundadas vertidas sobre él a lo largo de estos años, que se vaya a otro sitio. Por una vez no voy a permitir un solo comentario ofensivo hacia su persona (eliminaré cualquier comentario que considere inadecuado), y no porque me guste censurar ni porque sea una fanática ni porque justifique y apruebe todo lo que ha hecho o ha dejado de hacer este señor, sino porque hoy me invade la mala hostia al comprobar como, dial tras dial, casi todo lo que he oído sobre él ha sido el mismo ensañamiento de siempre, los mismos desprecios, las mismas tonterías de siempre justificadas con argumentos endebles y más que obsoletos.

Me parece lamentable que alguien que ha dejado un legado tan grande al mundo de la música y que fue creador de un estilo tan genuino e imitado hasta día de hoy, en el medio radiofónico (el medio que, precisamente, más hincapié debería hacer sobre su música) reciba como último homenaje una sarta de prejuicios, ofensas, desprecios y sinsentidos. La televisión, directamente, ya he procurado no verla por miedo a acabar de horrorizarme del todo. Sus últimos años ya me parecieron injustos aunque me callaba pensando que eso no iba conmigo, pero lo de hoy ya no tiene nombre. Es algo que me puede. ¡Qué faltas de respeto! ¡Qué poca profesionalidad y qué asco dan ciertos locutores! Evidentemente, no hablo de todos ni de todas las emisoras, pero sí de muchas. Y podría decir que, hasta ahora, Onda Cero se lleva la palma. Es increíble como el poder de los medios de comunicación puede hundir en la mierda más profunda a quien antes lamían el culo.

Yo era una recién nacida cuando el éxito de Thriller estaba en pleno apogeo y, a pesar del miedo que me daba la canción y el videoclip de los muertos vivientes, disfruté una parte muy importante de mi infancia (y adolescencia) rodeada de sus discos en vinilo, que ya por aquel entonces eran muchos, con los de The Jackson 5 y los de The Jacksons. Antes de que a principios de los 90 empezara a caer la mierda de los abusos sobre él, yo ya había descubierto su discografía y entendía que su música no podía dejar indiferente a nadie. Repito, su música.

Hoy, nada más levantarme he recibido la noticia, un par de sms en el móvil, y me ha costado reaccionar. He ido a trabajar sin pensar mucho en ello, pero a medida que iba entrando gente al bar e iban comentando la jugada me he ido dando cuenta, con una especie de sonrisa cínica interior, de lo grande que fue este hombre, en todos los sentidos. Y es que siento tanta debilidad por esta clase de genios que crean controversia sólo con respirar (o con dejar de respirar en este caso, sin ánimo de bromear). Ha sido, en cierto modo, divertido ver a los clientes debatir, defensores y detractores, sobre lo mismo de siempre, escuchar a quienes hablaban con algo de conocimiento y a quienes juzgaban y despotricaban repitiendo como loros lo que oyen. Patético reflejo de la sociedad actual.

Muchas pérdidas llevo ya en lo que va de año. Ver cómo poco a poco va muriendo la gente, cercana o no, con la que has crecido debe ser uno de los peores síntomas de estar haciéndose mayor. No hablo aquí de todas ellas, porque si no este blog va a empezar a parecer una sucesión de “Hasta siempres”, pero, como acostumbra a pasar en quienes tenemos inquietud para escribir, suelo tener más ganas de expresarme cuando algo me afecta. Parecerá que me paso la vida deprimida, pero no es así. Hay momentos para todo. Los malos suelen plasmarse aquí, los buenos los disfruto con las personas que quiero y tal vez después, los plasmo también. Depende.

Muchas pérdidas, digo, llenas de tristeza e impotencia pero siempre con la vista positiva tratando de conservar todo lo bueno que han dejado en nosotros.

Hasta siempre, Michael. Gracias por tu música, por los recuerdos que guardo y la gente que he conocido gracias a ti.
Ojalá te dejen en paz de una puta vez.


P.D.: Curiosamente, Michael era una de las muchas cosas que tenía en común con Marc, de quien hablé en la entrada anterior. ¡Qué duro se hace tener que despedir a los dos en tan breve espacio de tiempo!

Hasta siempre, Marc


Cada vez que siento la necesidad de escribir algo en este blog tengo el mismo dilema: ¿Dónde está el límite entre mi realidad y mi ficción? ¿Hasta dónde estoy dispuesta a mostrar mis pensamientos íntimos o mis situaciones personales? Y, si entran en juego segundas y terceras personas, ¿Cuándo es o no lícito hablar de ellas? ¿Cuál es el límite que separa la simple anécdota inofensiva de la exposición deliberada ante los ojos de curiosos desconocidos? ¿Cuándo la discreción deja de serlo para convertirse en ofensa?

Supongo que no hay una respuesta correcta a ninguna de estas preguntas, por eso suelo echar mano del relativismo y pensar que cada persona lo asume como mejor sabe/puede. Hay quienes son más comprensivos que otros, quienes disfrutan sabiendo que escribo sobre ell@s y quienes se niegan en rotundo a que se sepa algo de sus vidas, aún cuando las camuflo con metáforas o recursos variados. Cuando se trata sólo de hablar de mí suelo llegar a buen consenso con mi intimidad y, respecto a los demás, procuro tener siempre el grado de empatía adecuado y saciar así mi deseo de comunicarme con el mundo virtual sin molestar a nadie porque, aunque no deja de resultarme curiosa e incomprensible esta necesidad de expresarme por este medio, es prácticamente imposible hablar únicamente de mí, excluyendo a todas aquellas personas que se cruzan por mi vida a diario.

Hoy siento necesidad, disculpándome previamente por si esto incomoda a alguien, de escribir sobre una persona a quien no veo desde hará aproximadamente trece años y que ya nunca volveré a ver, a no ser que la vida que supuestamente hay “más allá” nos vuelva a unir en un futuro (espero que lejano, dicho sea de paso). Un compañero de clase, de los pocos que consideré “amigo” en mi época de infancia-pubertad nostálgica y solitaria. El tiempo nos llevó por caminos muy diferentes y, como ocurrió con la mayoría de exalumnos de mi colegio, vivimos nuestra adolescencia y primera edad adulta sin necesitarnos el uno al otro. Y nunca nos necesitamos, en realidad. Muchas veces pensé en él tratando de imaginar qué habría sido de su vida, si me recordaría, de qué trabajaría e, incluso, lo buscaba de vez en cuando en Facebook, sin éxito (y ahora sé por qué).

La verdad es que hay poco que decir cuando aún no se ha salido del estado de shock que produce una noticia así. Duele el recuerdo del abrazo que nos dimos a mediados de los 90 para despedirnos cuando se marchaba a vivir lejos, sin saber que sería el último que nos daríamos. Cuesta expresar que, a veces, sin saber muy bien por qué, es más difícil aceptar una muerte que ha sido ignorada por la distancia y los años, que la de un familiar o amigo cercano a quien veías con más o menos frecuencia.

Ya sólo quedan los recuerdos, algunas fotos y aquellas anécdotas que, entre unos y otros, iremos rescatando siempre que salga el tema. También el recuerdo de esa lección que vamos aprendiendo reiteradamente: el de vivir y disfrutar cada momento como si fuera el último.

Hasta siempre, Marc.


El grito del tiempo


Hace años, muchos años, cuando aún era una jovencita ingenua e ilusionada que empezaba sus estudios de filología con grandes expectativas de futuro, asistí a un recital de poesía de un autor cuyo nombre no logro recordar. Todo lo que alcanzo a recordar es el aburrimiento que me provocó aquella lectura de poemas que hablaban reiteradamente del tiempo, del paso de las horas, eternas unas veces, fugaces otras, de caballos que galopaban hacia un confín infinito y se dispersaban a través de los años… Y cosas así.

Me sentí como si estuviera en el fondo de un reloj de arena y, poco a poco, me inundara una nube de polvo blanquecino que hacía humedecer mis ojos y me asfixiaba. Un sopor aplastante es, básicamente, lo que recuerdo.

Al salir del recital, la opinión generalizada fue la misma: “¡Qué tío más pesado! Que si el tiempo, que si los caballos…” Al día siguiente, y en días, meses y años sucesivos, ya ni recordaba haber asistido a tal acto, me olvidé de su nombre, de su cara e incluso de la gente que me acompañaba aquel día; gente ilusa como yo, ávidos lectores, sensibleros y rancios con quien creí tener gran afinidad pero que, como tantas otras personas, acabaron quedando a buen recaudo en el cajón del olvido de mi mente.

Es ahora cuando, sin saber por qué, recuerdo y entiendo a aquel poeta anónimo igual que cierto día, pasada la adolescencia, entendí la sabiduría de mis padres. Ahora entiendo la desazón al observar el paso del tiempo delante de mis narices, dándome collejas o riéndose de mí por permanecer estática, por quejarme constantemente sin ofrecer nada a cambio. Entiendo el desaliento que provoca la conciencia de nuestra propia degradación humana, la desgracia que genera en nosotros mismos la imposibilidad de ciertos deseos, aunque nos empeñemos en sonreír y pensemos que con los años mejoramos, como el buen vino. Al contrario, los años nos hacen más mezquinos. La experiencia y el conocimiento son sinónimos de insatisfacción.

La imposibilidad de volver a ser pequeña o una joven despreocupada y el contacto directo, debido a mi trabajo, con gente anciana cada día, hacen inevitable el pensamiento de que nada puede ir a mejor. Me resulta curioso, también, comprobar que cuando mejor me van las cosas, cuando más a gusto estoy con mi vida, más pienso en lo triste que es hacerse mayor y aumenta mi miedo a equivocar decisiones que no me permitan volver atrás.

De un tiempo a esta parte estoy sintiendo con más fuerza que nunca los azotes del tiempo. Aún soy joven, con plenas facultades y sexualmente activa pero, cada vez más, me preocupa no ser como fui, ni poder ser en el futuro como siempre he querido ser y me pesa esta sensación constante de conformarme con un presente que no está en mi mano cambiar. Sé que esto es muy discutible, en teoría, pero en la práctica todos, y yo la primera, somos unos cobardes. Si alguien no lo es, dudo mucho que ahora esté delante de una pantalla leyendo esto.

Hoy he rescatado de ese cajón del olvido mental, un disco que marcó mi niñez. Mi primer contacto musical en serio, más allá de las canciones infantiles, fue de la mano de Duncan Dhu y, en especial, de su disco El grito del tiempo, de 1987. Mikel Erentxun me fascinaba (fue mi primer amor, junto con Chema, el panadero de Barrio Sésamo) y recuerdo tardes enteras escuchándolo, haciendo una especie de caligramas con las letras de las canciones. Supongo que debido a la edad (tenía unos seis o siete años) no las entendía como las puedo entender ahora, pero esta canción, por ejemplo, era de mis preferidas, me parecía tristísima pero bonita a la vez, igual que ahora me lo parece la vida, en general.


Más que a mi suerte


Quien me conoce sabe de mi admiración por Nacho Vegas, a quien considero uno de los mejores cantautores españoles habidos y por haber. Aún así, creo ser bastante objetiva y no me dejo cegar por el fanatismo.


Así como, en su día, su libro Política de hechos consumados, me dejó entrever que como literato es bueno pero sin llegar a la altura del genio que, en mi opinión, alcanza con sus canciones, ayer me demostró que como actor sería mejor que se hubiera quedado en casa o, como mínimo, escogiera mejor sus papeles. Porque al fin y al cabo, el problema de Más que a mi suerte no es precisamente Nacho.


Ayer me acerqué a los cines Verdi sin grandes expectativas, pero con la curiosidad y la ilusión de ver algo en primicia que protagonizaba alguien que me ha dado tantas satisfacciones a lo largo de varios años. No podría hablar de decepción propiamente dicha, sino más bien de vergüenza ajena. Insisto, no por él, que apenas pronuncia cuatro palabras, sino porque no alcanzo a comprender (sin pretender dármelas de nada) cómo alguien puede escribir un guión tan malo, incoherente y carente de sentido y que alguien apueste tiempo y dinero por él. De veras que llevo horas reconstruyendo esos catorce minutos en busca de algún tipo de simbolismo en los constantes y tediosos planos fijos, o de algún indicio, el que sea, que me convenza de que vale algo la pena, pero no lo encuentro. El resultado es absolutamente nefasto.


La propia sinopsis extraída del MySpace trata la historia de esperpéntica y turbadora. Supongo que en algunos sectores del submundo alternativo la ininteligibilidad es sinónimo de esperpento (¡Si Valle-Inclán levantara la cabeza!). ¿Y turbadora? Pues sí, a una le turba ir al cine con expectativas de ver algo sórdidamente bello y salir descojonándose al pensar que haya hecho falta tanta gente para crear semejante penosidad.


Nacho, por favor, sigue componiendo, anda.




Es tan fácil como hacerlo


Tan fácil como huir. Esa es la solución. ¿Qué importan la cobardía o la valentía cuando sientes que todo te presiona, que todo depende de ti pero a la vez te das cuenta de que no eres nadie para la humanidad? Sólo un punto más en el universo o ni siquiera eso, ni siquiera llegas al tamaño de un punto microscópico. Cargas todo tu entorno a tus espaldas, sientes la necesidad de ser útil en un mundo hipócrita al que, en realidad, le importas más bien poco.


Cuando la vida es sólo una sucesión de segundos que se dan paso unos a otros sin que te des cuenta, te hartas de preguntarte qué coño haces aquí. Te aferras a aquello que parece comprenderte aunque sepas que esa dependencia puede llegar a ser más dolorosa incluso que la propia incomprensión.


¿Qué occidental no ha soñado nunca con pasar el resto de sus días tumbado bajo un cocotero, viendo atardeceres rojos surcando el Pacífico o tener como únicas prioridades comer, dormir, cagar y follar? Todo es más sencillo de lo que lo hacemos, pero ser sencillo es complicado en un mundo en el que te educan para soñar sin darte apenas oportunidades. En una vida en que la fama llega tan pronto como el grado de frikismo que demuestres y en la que ya es casi imposible distinguir realidad de ficción, ¿Qué lugar ocupan los sueños? Supongo que ese donde guardamos la voluntad para tomar decisiones…


“Es tan fácil como hacerlo”, me repito mil veces al día, pero aquí estoy, en una azotea ennegrecida y despedazada, tratando de rasgar unos pocos rayos de sol para sentirme un poco libre, rodeada de chimeneas, antenas, grietas y sombras, intentando eclipsar con mis auriculares el estruendo de las excavadoras y mirando un cielo azul que no sé hasta cuándo podrá seguir respirando. ¿No se cansa de ver día tras día, la estupidez humana bajo él? ¿Qué hace ahí, quieto, todo el tiempo? Pobrecito, él no tendrá ninguna azotea, como yo, en la que refugiarse cuando se canse de nosotros.


“Es tan fácil como hacerlo” pero sientes miedo. La impotencia que te hace desear huir es la misma que te anuncia el riesgo de ser feliz, porque vivir es en sí un riesgo. Enamorarse es un riesgo, ser hija es un riesgo, ser hermana es un riesgo, ser de pueblo es un riesgo… Todo supone el riesgo de coger las llaves y encerrarte en tu propia cárcel, pero lo asumes porque crees que amar te hará feliz. Y amas a tu novio, a tu padre, a tus hermanos, a tu pueblo, más que a cualquier palmera, atardecer pacífico o comida exótica, aunque a veces eso te haga sentir desdichada o te haga perder el tiempo escribiendo estas chorradas en un ratito que te das de descanso entre búsqueda y búsqueda de un trabajo, que te pedirá que vivas para la empresa, o entre deglución y deglución de apuntes que en un futuro te conviertan en una persona digna en la Administración Pública


¡Qué asco de vida!


Dejemos ahora que hable el Sr. Drexler, que estas cosas (y otras) las dice mejor que yo:


¡Qué bestia, nene, qué bestia!




01/03/2009
Nunca olvidaré a este hombre, mi sentido del humor se debe mucho a él y eso es algo que no tengo intención de perder nunca, pase lo que pase.

¡Hasta siempre, amigo!

Infancia y YouTube: mala combinación


YouTube nunca deja de sorprenderme y, cada vez más, estoy más enganchada a los comentarios que deja la gente que a los videos en sí.

Ayer estuve buscando videos de uno de mis grupos favoritos de cuando era pequeñita. Ni que decir tiene que para mí ha supuesto una decepción tremenda, ya que yo los consideraba increíblemente buenos. Ya sé que los recuerdos de infancia no suelen ser nítidos, que se deforman debido a la nostalgia y que las cosas, con la edad, no se aprecian del mismo modo, pero es que ver ese video me dolió hasta en el alma.

De pequeña nunca vi por la tele una actuación suya, sólo conocía su apariencia por la fotografía pequeñita de la portada de un cassette que tenía, llamado "Éxitos de la tele" o algo así, y que no era más que un recopilatorio de canciones de dibujos animados de la época cantado por estos críos (El inspector Gadget, La aldea del Arce, el gato Isidoro, etc.)

Hubiera preferido no ver nada y quedarme con el recuerdo entelado de mis tardes de cría cantando sus canciones, junto a mi radiocassette, imaginando que era una de ellas y viviendo en mi mundo de dibujos animados.

Aquí dejo el video en cuestión y el comentario de presentación que hace el usuario que lo subió a la web, tan acertado como gracioso:

«Conjunto ario de zagales con una gitana en medio que se mueven así como drogados y dicen cosas entre absurdas y preciosas. Cuanta carne de colleja y yo que viejo.»




¡Qué coordinación! ¡Qué coreografía! ¡Qué voces! ¡Qué micrófonos! ¡Qué...! ¡Qué...! ¡Qué... ! ¡Qué todo! La actuación está extraída de aquel maravilloso (supongo, porque ya no me creo nada) programa de televisión, que creí no volver a ver jamás:


(¡Cómo me molaba esa cancioncilla y el bocata de nocilla de cada tarde! Lalalalalalalalalalalalalala...)

P.D.: Tampoco se quedan atrás los comentarios a este video: http://www.youtube.com/watch?v=fP-7D73Odl4

Si alguna vez tuvimos pasado


Durante años he visitado varias camas antes de dormir, las he imaginado, las he recordado, incluso he vuelto a sentir el sudor que compartí y he vuelto a oír los jadeos que tiempo atrás me excitaron en noches improvisadas con quien menos lo esperaba.

Es domingo por la mañana. Abro los ojos y, enredada entre tus sábanas, agarrada a un cojín inmenso, noto tu calor en mi espalda y te oigo respirar profundamente. Temo despertarte si me doy la vuelta para observarte con la luz del día, pero no puedo contener las ganas de comprobar que, realmente, eres tú quien está a mi lado. Duermes y, con las comisuras de tus labios relajadas, sonríes levemente haciendo que me sienta feliz, que vuelva a olvidar el mundo que juntos solemos maldecir en aciagas noches de insomnio.

Debo irme, el sol molesta demasiado. Me visto confundiendo primero tus pantalones con los míos. Me gustaría despertarte para que vieras lo graciosa que estoy con ellos, pero siento tanta ternura al mirarte que prefiero pensar que estarás conmigo en sueños. Te dejo mi olor por si me buscas en ellos, y una nota en el salón con las famosas palabras que tanto nos cuesta decir pero que cada vez son más comunes entre tú y yo. Aunque sabemos que es mucho más que eso, son sólo palabras, y ese pensamiento hace que el miedo a no cometer errores pasados se vaya dispersando poco a poco, el bienestar se va imponiendo con la certeza de haber encontrado lo que no buscaba, con la sorpresa de querer de ti lo que nunca había querido de nadie.

Desde que nací, tú y yo, sin conocernos pero sabiendo de nuestra existencia, hemos tenido muchos puntos de conexión, muchas maneras de estar en contacto sin estarlo, pero el azar es caprichoso y esta vez no iba a ser menos poniéndonos en un lugar común después de tantos años. ¿Por qué justo ahora? ¿Por qué cuando no queremos nos hace desearnos?

Si alguna vez tuvimos pasado, el olvido se lo llevó, igual que se llevó el deseo de camas, jadeos y sudores antiguos. Borrón y cuenta nueva con cada suspiro que doy al pensar en ti. Tantos puntos de partida como veces que miro tus ojos que, aun cerrados, parecen asustados y alegres a la vez. Tanta certeza de querer estar contigo como besos que te doy. Tanta música que escuchar, tantas cosas por hacer, por sentir , por imaginar y por vivir a tu lado…

Julio Cortázar


A pesar de que aún no he sido capaz de leerme Rayuela entera porque me duermo, hoy me he acordado de una entrevista a Julio Cortázar que vi hace tiempo, emitida en TVE en 1977, por el programa A fondo y de cómo me quedé prendada de su personalidad y su concepción de la vida.


Fue leer Final del juego (una obra imprescindible para mí, que suelo releer de vez en cuando), sus cronopios y algunos retazos de su literatura más fantástica una de las experiencias vitales y sensitivas más intensas de mi vida. Toda una satisfacción ir descodificando los mecanismos estilísticos que nuestro cerebro lógico no capta pero que en algunos momentos irrumpen y se hacen sentir cuando dos historias diferentes, al unirlas, crean algo extraño y fascinante.


Para quien le pueda interesar, y pueda dedicarse dos horitas a embargarse los oídos con una voz propia de película Disney, dicha entrevista íntegra puede verse aquí.


Me aburre la televisión


Es increíble hasta donde te puede transportar una canción.

Recuerdo cuando era muy pequeña y mis hermanos adolescentes salían los fines de semana y me dejaban jugando sola en casa. Mientras yo escuchaba canciones como esta, mis padres charlaban en el sofá, comían nueces o castañas, o veían programas como El tiempo es Oro, con Constantino Romero, los domingos por la tarde (y por la noche, Informe Semanal, mientras nos duchábamos para ir limpitos al cole al día siguiente). Recuerdo a mi padre en bata leyendo el periódico los sábados por la tarde antes del fútbol, a mi madre canturreando coplas mientras cosía, los bocatas de tortilla que me hacía para merendar, o cómo la esperaba impaciente, a que llegara con la compra y ese pack de 16 yogures Danone de todos los sabores.

Yo me encerraba en mi habitación siempre a escuchar música y, en un momento, aquella dejaba de ser mi habitación para ser el mejor escenario en el que podré actuar nunca. ¡Qué rebelde me sentía entonces! Cuando abría la puerta volvía a ser la niña tímida que apenas abría la boca a no ser que fuera estrictamente necesario, pero allí dentro, a solas, era capaz de comerme el mundo. Era muy parecida a lo que soy hoy (salvando las distancias obvias, claro).

Aún teniendo cuatro hermanos como cuatro soles para no aburrirme, me encantaban estos momentos a solas conmigo misma, y eso es algo de lo que, creo, nunca me podré desprender. Hay quien no entiende esta necesidad de soledad cada cierto tiempo, pero es que me hicieron así. No puedo evitarlo.

Siempre agradeceré que mis padres respetaran mi intimidad cuando muchos creían que aún no tenía edad para ello. En muchos aspectos fueron estrictos, pero siempre dejándome ese espacio necesario que diera lugar a momentos de autorreflexión y de no-dependecia. Recuerdo con cariño esos espacios en blanco en que lo curioseaba todo, libros, música... para remediar el aburrimiento. En ello ha residido mi felicidad siempre, estoy convencida. Me siento orgullosa de ser como soy y de cómo he sido siempre, de mi evolución, de mi manera de pensar y de todo lo que he aprendido en todo este tiempo por mí misma.


Esta noche he vuelto a montar mi propio escenario imaginario bailando al son de ese «No tengo nada que hacer, sólo mirarme a los pies y hablar contra la pared, ¡Dime algo de una vez!»

¡Cómo triunfaba!




El tiempo pasa... y no de largo


Muy bien no debo estar para tener que parafrasear a Bosé pero sí, el tiempo pasa y no te das cuenta de que con veintiocho años sigues teniendo los mismos planes que hace diez o quince años, siendo este, tristemente, el resultado de muchas etapas de empezar de cero.

Los años me han cambiado, aunque siga siendo la misma envuelta en novedad. Es difícil mirar atrás e intentar valorar lo que ha hecho la vida en mí, lo que han hecho ciertas circunstancias o toda la gente que me rodea a diario. Puedo decir que mi vida, tal como ha discurrido aquí, me ha asimilado, sin daño y sin esfuerzo.

Camino por estas calles y me doy cuenta de que mi vida podría haber sido la misma en Madrid, Londres o París. O no. Camino y camino sin que se me abra la boca a cada paso. A veces siento la necesidad de sorprenderme más. Mi vida me sienta bien y me siento bien, pero siempre me queda la duda de cómo hubieran sido las opciones paralelas que he ido descartando a lo largo de mi vida por la imposibilidad de duplicarme o triplicarme (y así hasta el infinito) en el tiempo y el espacio.

Dudo si preferiría vivir constantemente en un hogar más fugaz; no tener este sentimiento tan acusado de pertenecer a aquí y a ahora.




La crisis de los 28

«Tanto vagar para no conservar nunca nada»

Héroes del Silencio


Hace poco fue mi cumpleaños y llevo días bostezando entre reflexión y reflexión sobre el paso del tiempo y lo complicado que es mantenerse cuerda entre la gente. Alguien me enseñó hace tiempo a reconsiderar la posición de futuro y pasado. El pasado no lo dejas atrás, lo tienes delante de las narices, la vida se rige por él. Lo que has visto, lo que ves, ya es pasado. El futuro se alimenta de lo vivido, no al revés. El futuro te acecha por detrás, es imprevisible. Te da miedo vivir pero a la vez te excita no saber qué encontrarás, ni cuantos obstáculos esquivarás ni cuantos golpes te darás.


Mis emociones, a día de hoy, podrían resumirse así:


Alrededor, tres historias diferentes unidas entre sí por el hilo invisible de mi resignación, y detrás la historia que aparentaba no ser, pero es.


A la izquierda, la historia de la dejadez de quien quiere ver mundo sin detenerse en él; enfrente, la del desamparo de quien confunde la ilusión con el miedo a su propia sombra y a la derecha, la del desconsuelo de quien retiene con fuerza en su mente el desgaste que el tiempo ha dejado en él. A mi espalda, en cambio, la risa más devastadora, la sonrisa que se impone a la pena y me recuerda que mi cuerpo aún no marchita, que mi corazón todavía no está ajado y que mi piel sigue impermeable al desencanto.


Cuatro historias como puntos cardinales y, en medio, este amasijo de duda y lágrimas que, en días como hoy, soy yo.


Hay que elegir, dicen. Bien. Pues descarto lo que tengo delante. Su aire frío del norte provocó heridas que aún duelen. Miro a mi izquierda; esta será siempre torpe, irá dando bandazos sin ningún objetivo, como buena diestra que soy. Miro a mi derecha. Me quedaría siempre ahí, me siento segura aun sabiendo que mi corazón puede hacerse trizas de un segundo a otro. Todo esto es mi campo de visión, que abarca lo que ya he vivido, lo que tanto prometía y al final quedó en nada.


Sólo me queda optar por lo que hay a mi espalda y no puedo evitar esbozar una sonrisilla ingenua al imaginarlo.




P.D.: Me da apuro publicar esto a las 7 de la mañana sin haber dormido. Mañana tendré que dedicar un ratillo a limar incoherencias, seguro. Si hablar del paso del tiempo siempre es complejo, en estas condiciones no sé, no sé...

Para Señor X


Si quieres desapareceré, no saldré a buscarte si decides irte, me teñiré de azul, naranja o verde, pero no vuelvas a pedirme que te olvide.


La noche estrellada


Este álbum fue un buen compañero de viaje en muchas de las tardes a solas que pasaba en mi habitación cuando era pequeña. Lo tenía en vinilo.


A los diecisiete años, convaleciente y reflexiva tras un accidente que pudo haber sido mucho más trágico de lo que realmente fue, volví a escucharlo infinidad de veces, esta vez ya en CD. A partir de entonces, mi actitud ante la vida y mi sensibilidad cambiaron. Fue, digamos, el primer punto de inflexión importante en mi vida. Y cada vez más sentía cómo esas canciones se apoderaban de mí.


Hoy he sentido ganas de escucharlo de nuevo, he redescubierto la noche estrellada que tengo cada noche junto a mi cama, que solía pasar desapercibida por la fuerza de la costumbre y, aunque yo he cambiado mucho (aunque en esencia poco), el disco me sigue pareciendo tremendo.


Atreveos a escuchar más allá de la famosa American Pie que da título al álbum. Atreveos a mirar y sentir el cielo cada noche aunque sea entre cuatro paredes.




Aspirinas para el corazón


19:30h de una fría tarde de noviembre. La calle, oscura, está casi vacía, parece más tarde. Últimamente siento que vivo en una eterna madrugada.


Paseo lentamente observando la iluminación navideña, aún sin encender, que cuelga sobre mi cabeza. Estoy cansada, la clase de claqué de hoy me ha dejado los pies destrozados y siento un leve cosquilleo en los muslos que me advierte que posiblemente mañana tendré agujetas. Aún así tengo ganas de andar. El frío esta vez me resulta agradable y en casa no me espera nada especial. Tomo el camino más largo, voy escuchando música en mis auriculares y me gusta sentirme atiborrada de ropa mientras noto la cara fría. Me acuerdo de aquella noche solitaria de diciembre en Madrid cuando reencarné el tópico de “la ciudad y yo”. El frío doloroso me resquebrajaba las manos, la soledad dolía y sanaba a la vez y mis pies pedían a gritos un baño caliente. Pero todo ello se compensaba con la agitación que sentía mi corazón mientras rodeaba la Puerta de Alcalá, me despedía de la pensión de la calle Atocha o La Cibeles parecía alegrarse de que fuera, por fin, a verla.


De debajo de un coche aparece un gato cojo que me mira con ojos de neón. Trato de mirarlo fijamente pero desvía la mirada. Sólo quien vive, siente y piensa como un gato puede desafiar a una mirada como la suya. Aún debo mejorar mi felinidad. Observo cómo me da la espalda y sigue su camino sin inmutarse. Envidio su aparente despreocupación, me gustaría sentirme así pero la realidad es que deseo esconderme incluso de mí misma. Quisiera pasarme desapercibida, que mis propios sentimientos no influyeran sobre mi estado mental.


Sigo caminando hundida en el abrigo, escondiendo mi cara bajo el cuello alto de mi jersey de lana y pienso en si toda esta desesperación emocional, esta congoja, se debe al hecho de estar alimentando una idea errónea que nace de un pequeño gesto tuyo helado y de nuestras palabras desacertadas en un momento quizás también desacertado. Esta ilusión fundada en la nada o el todo, no lo sé, está rompiendo mi garganta, hirviendo mi voz y secuestrando a cada instante la imagen de tu cuerpo dormido a mi lado, con el amanecer posándose sobre tu rostro a través de las rendijas de la persiana. Cansada de estar sola con mis sueños desespero y voy de un lado a otro, desgastando las suelas de mis zapatos sin saber a donde voy. Entre el amor y la tristeza hay poco donde escoger. Entre el amor y la ilusión, una paleta con infinidad de colores combinados al azar. Nunca sabremos con certeza qué tipo de suerte correrá este lienzo que empezamos sin querer y que hoy me deja en cueros vagando sin rumbo en busca de inspiración. A ratos engendramos un bonito cuadro expresionista de tonos vivos e intensos pero a ratos un caos surrealista de tonos grises combinados sin piedad, fundiéndose por momentos en manchas completamente negras. En fin, pensamientos y pensamientos que sólo delatan mi cobardía.


Me detengo en la farmacia porque recuerdo que no tengo aspirinas. Cuando llegue a casa sé que necesitaré una para poder dormir. Es viernes y no hay plan a la vista, los amigos parecen haberse puesto de acuerdo para no estar disponibles y tomarme una cerveza sola me da reparo; aún no soy tan alcohólica, aunque ese sería, tal vez, el mejor remedio para mi dolor de cabeza.


El farmacéutico está a punto de irse, son las 20:30h. Hace media hora que debería haber cerrado después de toda una semana de guardias nocturnas. Está cansado, como yo. Se le nota. Me siento mal por molestarle por tan poca cosa pero me atiende con una enorme sonrisa que me reconforta. Después de una hora caminando con frío y enfurruñada en mis manchas negras, esa sonrisa es un pequeño destello de color. Al dar media vuelta para irme, con mi cajita de aspirinas y mi dentífrico “Sensitive”, me pregunta si hace mucho frío en la calle y así, con algo tan trivial como una charla sobre el tiempo, nos imbuimos en una conversación propia de dos buenos amigos. Tiene ganas de hablar, pasa mucho tiempo solo, como yo. Se le nota. La conversación va de un lado a otro sin ningún orden, sólo el que el propio fluir de la conciencia permite, y durante aproximadamente dos horas el mundo y la soledad desaparece para los dos. Por un momento estoy a punto de invitarle a tomar una cerveza y seguir la charla en un lugar más acogedor. Hablar mientras de reojo veo el estante de papillas junto al de las compresas para las pérdidas de orina me incomoda. Dudo, pero de la forma más oportunamente cruel, en la radio suena de fondo el Wicked game de Chris Isaak y es entonces cuando decido que es la hora de irse, prefiero seguir caminando.


Ya no queda nadie en la calle, no hace frío y las manchas negras van reapareciendo poco a poco, la tristeza vuelve a pesar, el vacío vuelve sin más. Voy a casa. Junto al portal ronronea un gato negro con ojos de neón. Me siento a su lado y ladea su cabeza contra mí insistentemente. Se deja acariciar. Lo miro. Me mira y sigue ronroneando. Yo sigo pensando en ti, hoy me dejaría acariciar.


El equilibrio es imposible


Espero tu llamada aun cuando no quiero hablar contigo. Aún me duele tu actitud al despedirte de mí la otra noche, como si después de tanto tiempo aún no me conocieras de nada, como si tu egoísmo estuviera siempre por encima de mis súplicas. No cederé a la tentación de marcar tu número. Dejaré pasar algunos días más para que me acuses nuevamente de ser la mala de esta historia y así, mis ojos traten de convencerte de que esto cae ya por su propio peso.

Nada funciona cuando me obligas a obviar el ochenta por ciento de mi vida y ni siquiera puedo decir que soy tu amiga, puesto que eso, para ti, significa estar marcando distancias.

Contigo sólo puedo avanzar como los cangrejos. Las ganas de todo cada día son menos, el silencio cada vez más incómodo, los obstáculos adquieren más resistencia. Mi mente se agota al tratar de medir cada palabra que pronuncio porque, cada vez más, mi vida está asociada a tu miedo.

Toda nuestra teoría sentimental, nuestros proyectos y lo que aprendimos el uno sin el otro, desembocan hoy, de nuevo, en nuestra burbuja particular que creíamos, casi con certeza, haber dejado atrás y que nos ciega y nos hace invisibles al mundo exterior, el real; ese del que tanto huyes, ese que tanto busco.

Es desalentador quererte como nunca te he querido y sólo poder definirme triste. Quiero gritar todo lo que no quieres oír, pero sé que no voy a ser capaz de hacerlo. Sé que lloraré desconsolada cuando vuelvan a rodearme tus brazos, sé lo que me dirás —puedo anticiparme a la situación con toda perfección—, sé que me quedaré muda y sólo querré besarte, con vergüenza por tener la nariz llena de mocos.

Para entonces ya no habrá vuelta atrás. Volveremos al punto inicial de nuestro amado y odiado bucle, hasta nuevo aviso.


...y yo siento que no voy / que el equilibrio es imposible cuando vienes / y me hablas de nosotros dos / no te diré que no / yo te sigo porque creo que en el fondo hay algo.

La curiosidad me mató


Mira hacia el pasado y observa un momento conmigo. ¿Qué piensas? ¿Qué sientes?

Suspiro


Cierro los ojos y te miro. Aún puedo escuchar tu respiración. ¿O es que acaso me he quedado dormida?


I still have a dream


Hoy he soñado con un mundo mejor. Un mundo en el que pudiéramos dormir cuando el cuerpo nos lo pidiera...


Never leave me alone


Llueve. Además de ser una oración impersonal es un detonante para que un estado anímico que llevaba días arrastrándose por los suelos llegue al pie de esa montaña a la que nunca vemos la cima.

Es este principio de otoño y este color grisáceo que lo empapa todo lo que me apacigua y me obliga a mudar la piel mientras, consciente del fin de la hibernación estival, aprovecho los últimos momentos de contemplación entre cuatro paredes, de mirada fija hacia los cristales mojados con la mano templada por el te y el pensamiento entregado a la confusión.

Hoy estoy romántica, sólo quiero escuchar la lluvia, hacerme un ovillo, y deshacer el dolor envolviéndome en su imagen con la duda de si piensa y siente lo mismo que yo.

Este nada no ha hecho más que comenzar, sólo sé que apenas sé nada de él pero sé lo suficiente como para no querer que se vaya nunca.



Equidad


A veces me sorprendo a mí misma por cómo puedo llegar a tener en mente varias ideas a la vez, totalmente diferentes, y desarrollarlas sin que confluyan ni se confundan en ningún momento.

Al mismo ritmo, puedo estar manteniendo una conversación, tarareando mentalmente una canción, pensando en lo que tengo que hacer mañana y recordando lo que me pasó aquel día de 1987, sin perder el hilo de la conversación, haciendo esfuerzos para memorizar los trozos de canción que no recuerdo bien, calculando la hora a la que me levantaré mañana para que me dé tiempo a todo y sintiendo escalofríos al darme cuenta de que recuerdo algo que creía haber olvidado.

¡Hay días que me siento tan poderosa!

Accidente aéreo en Barajas


Hoy me he negado a poner la tele. No he visto nada, sólo he leído algunas noticias por internet. No quiero alarmarme más de lo necesario. Es comprensible que si pensamos en cada una de esas personas y sus allegados se nos ponen los pelos de punta (a mí la primera) y es una verdadera pena que pasen estas cosas, pero creo que con esto no debe cundir el pánico. Ha sido un accidente (trágico, sí) pero como accidente es un hecho puntual (debido a un error humano posiblemente, no lo sé seguro) y no me gusta ver como hay quien piensa y no deja de darle vueltas a la cabeza con que ya no va a poder volver a subir a un avión, o "qué suerte tuve al haber cogido el vuelo ayer y no hoy", etc. ¿De qué sirve pensar tanto en ello?

Precisamente a raíz de esto la seguridad en el mantenimiento de los aviones creo que será mucho más controlada (de la misma manera que después de una gripe aviar los controles de calidad son más exhaustivos, por ejemplo), por lo tanto, no me gusta ver como la gente se "regodea" en el dolor y en lo que representa que tiene que afectar a nuestras vidas una tragedia de tal magnitud cuando día a día vemos muertes en las carreteras por accidentes de tráfico (que a lo largo del año suman más muertes que las que puede dar un accidente como el de hoy) o muertes por violencia doméstica y lo asimilamos tranquilamente mientras comemos o cenamos, como si nada. Realmente, parece que si la gente no muere en masa da menos pena.

Mi intención no es parecer frívola. Cualquier muerte es una pena y una tristeza enorme para quienes la sufren (en esto hablo con demasiado conocimiento de causa), pero creo que darle tanto bombo y platillo a estas cosas no hace bien a nadie. Yo, por eso, prefiero limitarme a leer datos y recapacitar por mí misma sobre lo ocurrido, antes que ver imágenes de llantos, que como tantas otras desgracias acaban quedando en el olvido colectivo para ser resucitadas cada año con motivo del aniversario.

Para ver un circo, me pongo el Salsa rosa los sábados por la noche. Para esto, no.

Intentando ser humilde


Este mes de agosto estoy trabajando mucho. Estoy trabajando en buscar trabajo.

Hace días envié unas cuantas solicitudes por infojobs y estos días he ido haciendo entrevistas y descartando opciones que caían por su propio peso. Quiero algo muy concreto que poder combinar con la preparación para las Opos, por eso me estoy tomando mi tiempo para encontrar algo estable.

Pero cierto día, en un ataque de agarrarme a lo primero que pillase (aunque cueste de creer, estoy deseando ponerme a trabajar ya de una vez) envié una solicitud para un trabajo de limpieza en una empresa de alimentación, con la tranquilidad de quien asegura que "a mí no se me caen los anillos por limpiar la mierda de los demás".

Hoy, cuál ha sido mi sorpresa al consultar en la web y he visto que han desestimado mi candidatura, así, sin más, sin una explicación, sin una llamada... ¿Acaso los que tenemos estudios no podemos limpiar?

Parafraseando


Quiero vivir sólo fases de enamoramiento y cortar cuando la relación se complique.
Prefiero la expectativa al hecho en si. Prefiero ser libre y desearlos en mis fantasías que estar con ellos y sentirme atrapada.

Me conformo con la sensación de deseo. Eso me excita.



Nadie a quien amar es nadie a quien dañar... Etcétera.

Luciendo arrugas


Siempre me ha parecido un poco absurdo el uso de cremas antiarrugas una vez pasado el cuarto de siglo, por esa obsesión que solemos tener las mujeres, en general, de aparentar menos edad de la que en realidad tenemos.


Soy consciente de que mis patas de gallo están en auge y de que estéticamente no son muy bonitas, pero la única manera de eliminarlas creo que sería dejar de reírme, algo a lo que me niego, por supuesto.


No hay cremas que valgan cuando una siente que su vida marcha sobre ruedas. Me ahorraré ese dinero en actos y vicios que hagan cada día mi vida un poquito más feliz.

Mini poetisa


Mi sobrina Alícia tiene un don. Sólo tiene cinco años y ya dice cosas como tus uñas son del color de la luna o se me está tostando el corazón con el sol.


27.5



Nací, me alimenté, fui niña, caminé descalza en pleno invierno, jugué a muñecas, a cocinitas y a la comba, sólo me comía la yema del huevo frito, gané concursos literarios infantiles, tuve periquitos que morían o escapaban, guardé botes de Nesquik para guardar los soldaditos de plástico con los que un día me sangró la nariz, robé algunos chicles y gomas de borrar, tuve amigos, padres, hermanos, abuelos, tíos, primos. Hice alfombras de flores, fui a buscar musgo, conocí al Rey Melchor, nunca me gustó Papa Noel.

Fui a la escuela, estudié, tuve una gata que parió mucho, vi la muerte, vi mucho la televisión, jugué en el bosque de noche, llevé gafas, monté a caballo, me tiraba de cabeza en la piscina, hice ballet, actué en un gran teatro, gané medallas en fútbol-sala y atletismo, me bajó la regla, la desmitifiqué, me caí yendo en bici, planté un árbol, leí cuentos de Gianni Rodari, bailé y canté con un cepillo por micrófono, reí.

Fui adolescente, cambié de look, llevé lentillas, me teñí el pelo, ligué más, me rompí un dedo, se curó, fui de camping, a la playa, a la montaña, me salieron granos, aún salen algunos, me enamoré, me rechazaron, me enamoré, me besaron, se acabó, gané concursos literarios, estudié, hice prácticas de coche en polígonos industriales, derrapé, me atropellaron, sobreviví, suspendí, recuperé, fui a discotecas, me emborraché, fumé, discutí con mis padres, me escapé de casa, me rajé. Tuve mi primer trabajo, mi primer novio, se acabó, me volví a enamorar, me desengañé, lloré, volví a reír.

Fui adulta, perdí la virginidad, me tomé un año sabático, volví a trabajar, vendí fruta y verdura, vendí juguetes, vendí menaje del hogar, vendí seguros de muerte, vendí pizzas, hice de canguro, di clases particulares, fui a la facultad, estudié, suspendí, recuperé, vi a la muerte, me operé la vista, me licencié, aprendí a cocinar, a poner la lavadora, flirteé, me encariñé, me sentí rebelde, me sentí bohemia, tuve sexo en sitios públicos, fui a fiestas, a conciertos, pasé veladas románticas, tuve charlas intelectuales, superficiales, sexuales, demenciales. Me reencontré con ex-compañeros de clase, con ex-novios, me sentí vieja, me sentí joven. Me amó gente que me había rechazado. Me sentí sola, quise estar sola, me odié, me quise. Volví a tener novio, me arrepentí, me “desarrepentí”, utilicé juguetes eróticos, dormí en hostales cutres, viajé sola, me hice pasar por otra persona, escribí mucho, tuve seis sobrinos, cuidé de ellos, actué como mi madre, les hice fotos, dejé de fumar, de morderme las uñas, fui adicta a la Coca-Cola, me sentí Lolita, hice amigos por internet, fui a una academia de inglés, hice cursos de poesía, de escritura, pinté graffitis, conocí a Kafka, a Hesse, a García Montero, a Lorca y a Pessoa, escuché a los Rolling, a los Jackson, a Sabina, Hendrix, Waits, Vegas, Nirvana... Conocí a Tarantino, a Fritz Lang, a Wilder... Conocí el jazz, el blues, la ópera, los clásicos, los indies, los hippies, la Movida madrileña, los años 20, los 30, el claqué, la danza del vientre, toqué la armónica, la guitarra, compuse canciones absurdas, aprendí a interpretar el lenguaje corporal y me inventé mi propio lenguaje.

Hoy cumplo veintisiete años y medio y oye, ¡Parece que una no haya vivido nada!





Revelación


Me acabo de dar cuenta de lo tremendamente imperfecta que soy.

Es un pensamiento obvio, lo sé, pero he tardado años en darme cuenta. Exactamente tantos como los que he tardado en edificar mi propio ego.

Bailar "a capella"


Normalmente la gente tiene una imagen errónea del claqué, parece que sea algo en vías de extinción a día de hoy, hay quien me tacha de
freaky y, sobre todo, de anacrónica por querer aprenderlo con tantas ganas y la verdad es que ni yo misma me imaginé nunca bailando claqué con música de Craig David como he hecho hoy, pero sí. De hecho, si se piensa bien, no es más que danza y por lo tanto, compatible con cualquier cosa que tenga melodía, ritmo y armonía (o sea, música), o incluso sin música. Me encanta la expresión que se suele utilizar como símil de "bailar a capella". El sonido de las tapas contra el suelo es uno de los más sugerentes que conozco.

Cada día me doy más cuenta de lo que me gusta, mis pies no paran de moverse mentalmente repasando los pasos cuando estoy sentada, cuando estoy en la cama, cuando voy por la calle.

Hoy ha sido una gran clase en la que, por primera vez, he podido ver mis propios avances y, aunque de forma muy torpe aún, mis pies van cogiendo agilidad. Y eso se agradece...

¡Qué contenta estoy! Como diría el mismísimo Billy Elliot: ¡Quiero bailar!


Adiós gafas, adiós lentillas


Hace tres años que estos ojillos míos ya no son ni miopes ni astigmáticos.


¡Bendita tecnología láser!

Putas zorras promiscuas


¿Cuál es la palabra exacta? ¿Promiscua? ¿Puta? ¿Zorra? ¿Quién da más?

Se equivocan de adjetivos, caballeros. Sólo follamos sin complejos. No sé quién ha enseñado a quién que eso es inapropiado (dejando aparte el hecho de que las putas son profesionales y nosotras nos quedamos en meras aficionadas), pero muy convincente ha llegado a ser para que nosotras mismas nos autocensuremos.

Dentro de cada uno existen pequeños y grandes mundos que gobernamos como podemos o queremos y el reino de los otros no es el mío. He aprendido a olvidarme del resto y centrarme sólo en lo que yo, y sólo yo, puedo dominar. No me importa lo que los demás quieran o busquen, lo que los demás vivan ni las etiquetas con las que quieran golpearme. Sólo voy recolectando experiencias que siempre dan cabida a mucho más.

Otra más


Las historias siempre las escriben personas y las personas viven su propia historia y la propia historia nunca es individual y los individuos necesitan relacionarse y las relaciones no son fáciles y dar facilidades tampoco lo es pero, al fin y al cabo, la pasión marca la diferencia.


Mucho claqué


Teoría y planificación para un sábado por la noche: Comprar zapatos de claqué, cenita tranquila, ver espectáculo de claqué, ir al concierto de la Tinky Winky Drinky Band (o algo así), ir al antro de siempre para la última copichuela y a dormir. En fin, noche tranquila y cultural

Resultado: Comprar zapatos de claqué. Probarlos (¡Uy, qué difícil!), ducharse, vestirse, peinarse y maquillarse en menos de quince minutos.
— ¿¡Quieres hacer el favor de acabar ya que llegamos tarde, coño!?

Coche pa’rriba. Llegamos al Casino.
— Mmmm... cuanto glamour hay por aquí, ¿no? ¡Y nosotras con chanclas! ¿Cuánto valdrá la entrada? Si es muy cara nos vamos. Mira que si no nos dejan entrar... Mira, no sólo hacen claqué, también hay salsa, country, danza del vientre, bailes de salón y hasta un pase de modelos...
— Chicas, ¿tenéis entradas? ¿Venís para el catering?
— Esto... ¿eh?... no. Venimos para ver la exhibición de claqué.
— ¿Pero no tenéis entrada?
— No, es que somos alumnas suyas.
— Ah, bien, esperad que le pregunto. ¿Cómo os llamáis?
— No... no... si en realidad no nos conoce.
— ¿Cómo?
— Que es profesor nuestro... no... de nuestra profesora de claqué, somos alumnas de la escuela...
— Ah, bien, bien... Un momento, por favor...

(La gente mirándonos por encima del hombro y el bailarín de claqué —campeón del mundo, ahí es nada— observándonos detrás de la hojarasca con cara de no tener ni puta idea de quienes somos, evidentemente).

— Chicas, podéis pasar, ningún problema.
— ¡Bien! (Codazo) Anda, tía, y no nos han cobrado nada, jajaja... Busca sitio.
— No hay.
— ¿Y qué hacemos? ¿Nos quedamos de pie?
— (Media hora más tarde después de haber mendigado un par de sillas sin éxito). Mira, esas dos se van. ¡Toma ya! Delante del escenario. Y con pica pica gratis... Mmmm... quicos gigantes sabor barbacoa, qué glamour! Jajaja... Como reinonas. Hay que inmortalizar el momento.

Casi dos horas más tarde, bostezando de ver tanto pijerío junto, sin cenar por miedo de que aquello empezara y nos lo perdiéramos y hartas ya de contarnos nuestros marujeos, empieza el espectáculo. Estalla una lluvia de confeti y purpurina y tras ella el pase de modelos... Niños, jóvenes y abuelos teniendo su cutre momento de gloria en una pasarela de menos de dos metros. Aquello era digno de un Noche de fiesta. Por un momento creí oír la voz de José Luis Moreno regalándome un ordenador...

Media hora más tarde, el presentador anuncia que en tres minutos empezará el espectáculo de música y danza. Pasan como quince minutos o más. Vemos un par de números de danza del vientre. Bien. Un par de números de country. No tan bien, pero bien. ¡Y por fin llega la hora del claqué!

Tres minutos de actuación.

Las dos boquiabiertas, eso sí. Un crack. Pero tres minutos.
[Guillem Alonso]

Nos vamos. Son las 00:50h. Desde las 22h esperando para tres minutos de actuación.

Coche pa’abajo. Nos partimos de risa.
— ¡Coño! Nos hemos olvidado de pedirle un autógrafo! ¿Volvemos?

Nos vamos para el concierto, corriendo, porque ya debía haber empezado o estaría a punto. Llegamos y aún no han empezado pero nos damos cuenta de que aún no hemos cenado. Allí no venden nada y ya todo está cerrado. Voy a mi casa, que está a quince minutos, y hago unos bocatas. Vuelvo al concierto, aún no han empezado. Al cabo de quince minutos:
— Me aburro, este grupo me estresa, ¿vamos a otro sitio?
— Venga, va.

Coche pa’arriba otra vez. Llegamos al antro. No hay prácticamente nadie y son más de las 3 de la mañana. Es raro. Ella mantiene una interesante charla con el camarero, yo me parto de risa con un tío parecido a Nancho Novo, muy simpático, que siempre me encuentro en la barra (algún día le pediré el teléfono) que me cuenta historias de polis corruptos, de bares que ya no existen, de amigos que se casan y se separan... y yo le pido que me regale la funda para mp3 que le acaba de tocar en un rasca-rasca que iba con la cerveza. Encantado me lo regala, porque él no tiene mp3, sin embargo se queda el rasca-rasca que le premia con un monedero. Nos damos cuenta de que esa promoción acaba en mayo del 2008.
— ¡Hijos de puta! — reímos los dos.

Ella quiere irse, me fastidia porque me lo estoy pasando bien, pero nos vamos.

Coche pa’abajo otra vez. De camino explota de nuevo la risa. Por el camino se desvía, vamos en busca de una incógnita que aún no ha sido resuelta. Volvemos al concierto, queda poca gente, sólo hay música de fondo y olor a cerveza y sudor. Nos vamos para casa.

¿Continuará? Seguro que sí... Cada noche es mejor (¿o peor?) que la anterior.

Unos cuantos años después...


Me encantan esos momentos en que reencuentras, de casualidad, a amigos que hace mucho tiempo que no ves. Una mezcla de incomodidad y alegría, timidez y euforia, un momento en el que quieres contarlo todo y no dices nada, esas conversaciones tan superfluas de “¿cómo te va la vida?”, etc.


Hace días que he tenido varios reencuentros de este tipo y todos me dejan un buen sabor de boca al saber que con el paso del tiempo sólo perdura lo bueno, al margen de los problemas y compromisos que implica el hacerse mayores. Quisiera recordar cada uno de los momentos vividos con esas personas, pero luego pienso que lo bonito está, precisamente, en no recordarlos todos, para así reencontrarse e intercambiarlos y, sobre todo, reírnos de ellos.

Anoche compartí unas cervezas con Carme, mi mejor amiga del cole y de siempre (de quien ya hablaré en las próximas entregas de este blog), con Joan, un amigo de la infancia con quien, según él, me di mi primer beso siendo unos críos (¡Jajaja! ¡Y yo sin recordarlo!) y con mi profesora favorita de E.G.B., Cristina Lliso.

Los padres de Joan tenían una librería justo debajo de mi casa y, de pequeñitos, jugábamos juntos allí. Poco recuerdo de aquellas tardes, pero las recuerdo con cariño, algunas anécdotas algo vergonzosas que mejor me ahorraré o cómo su abuela nos enseñaba a leer.

Cristina era nuestra profesora de Literatura. Yo siempre he procurado llevarme bien con mis profesores, no por peloteo, sino porque siempre me han parecido personas respetables, de las que se podía aprender mucho, más allá de lo estrictamente académico. Mantengo el contacto con varios profesores de los que he tenido a lo largo de mi vida, pero ella es, quizás, la más especial para mí. Verla es siempre motivo de alegría.

Fue mi primera profesora de Literatura en el cole y con sus clases, en 5º de E.G.B., descubrí que eso era lo que quería estudiar, sin lugar a dudas, y así fue, y supe que mi vida la quería vivir rodeada de libros, de letras, de historias... Años después, siempre que nos encontrábamos me animaba a escribir porque, según ella, yo tenía ese don que no todo el mundo tiene y que con trabajo podría llegar a cumplir mi sueño de publicar una novela (que dicho sea de paso, sigo trabajando en ella, poco a poco).

En mi empeño de apreciar las pequeñas cosas de la vida que me suelen hacer tan feliz, la noche de ayer la considero muy especial. Suelo hacer asociaciones absurdas, lo sé, pero tuve la gran necesidad de hacer esta foto, más de quince años después, para tener juntas a las dos personas que, de una forma u otra, me influyeron a la hora de decidir mi futuro, o lo que es lo mismo ahora, mi presente.

















Y escribiendo esto me ha venido a la cabeza esta canción, de Los Secretos, versionada por otra Cristina Lliso que no es ella y Javier Álvarez. Siempre me ha gustado esta canción.


La Garriga

Hace un par de días, a las 7:30 a.m. salía de la estación de tren de Terrassa camino del autobús para ir a trabajar cuando se puso a llover. En ese pequeño trayecto siempre me siento triste. Sólo trabajo dos días a la semana, no es cuestión de quejarse, pero son dos días enteros que los paso allí, en una ciudad que detesto por su constante ruido te metas donde metas, en una casa que no es la mía, con una responsabilidad para la que muchas veces no creo estar capacitada, donde no puedo estudiar, donde a veces creo que desperdicio parte de mi vida... En ese trayecto siempre tengo la sensación de estar metiéndome en la boca del lobo, y sólo escapo cuando la música logra evadirme y meterme de lleno en ese tipo de fantasías que incluso a veces llegan a doler.

Sonaba esto en mis auriculares

cuando escapaba de la lluvia para subir al autobús. La música no ayudaba a que saltara de alegría pero empecé a plantearme el porqué de esa sensación de vacío cada vez que estoy allí, que va muy ligada a mi deseo creciente de sentirme sola, de poder dedicarme única y exclusivamente a mí.

Hace años que detestaba mi pueblo. Desde bien jovencita soñaba con el día en que pudiera irme de casa para irme a la ciudad. Mi pueblo es un pueblo residencial, termal, es decir, tranquilo. Los jóvenes nos aburrimos y la gente, generalizando mucho, claro está, no acaba de ser de mi agrado.

Siempre he querido vivir en Barcelona o Madrid. Esas dos ciudades nunca me han resultado agobiantes como lo hace Terrassa, quizás porque jamás he pasado tanto tiempo en ellas, no lo sé, pero es cierto que desde que voy cada semana a Terrassa veo a mi pueblo de otra manera. Y en esto pensé mientras escuchaba esa canción observando la lluvia tras los cristales (¡parecía otoño!). Los amaneceres, en Terrassa, siempre me han parecido tristes, sombríos y sucios, nada comparado con la niebla matutina en La Garriga, que cubre las montañas y apenas deja ver nada, pero que le da un color especial a mi alma.

Hoy me he despertado más temprano de lo habitual. Tampoco es habitual que me acueste temprano. A las 7:30 de la mañana, tras el cristal del balcón se veía todo blanco, como si estuviera apunto de nevar. Me hecho un cola-cao calentito y me lo he tomado a fuera, en la terraza, sola, aguantando un frío agradable y contemplando los tejados que siempre están ahí, con su estética degradada por los años, la niebla y la lluvia.

Me he sentido como Heidi al volver a las montañas. Quizá esto es otro síntoma de estar haciéndome mayor, pero a veces necesito esa tranquilidad que sólo tengo aquí, respirar ese olor como de leña quemada que sólo respiro aquí, ver esas montañas alrededor que se cubren cuando llueve y que cierto verano vi arder.


Días

Hoy me he levantado con el pie malo, que ya no sé si es el izquierdo o el derecho. Hace unos días que la gente me pregunta si estoy nerviosa o no me encuentro bien, porque me quejo por todo y me enfado por nada.

Y es en estos días cuando me acuerdo de quien hasta hace algo menos de un año era mi vecino de al lado. La casualidad siempre nos llevaba a encontrarnos en el rellano y no importaba la prisa que tuviéramos, siempre nos pasábamos más de una hora charlando, y a veces más.

Era (o es, espero) de esas personas que sin que le dijeras nada de tu vida sabía leértelo en la mirada o en el gesto. Siempre he pensado que me conocía más de lo que yo pudiera imaginar, y derrochaba una alegría contagiosa que te hacía, inevitablemente, cambiar el rumbo del día si había empezado mal.

Siempre decía que los días malos no existían, que nada ni nadie velaba por hacernos infelices, sólo nosotros. De hecho, no me decía nada que no supiera ya, pero era, como digo siempre, como un cuentecillo de Jorge Bucay, siempre tenía la lección a mano para recordarte que la vida son cuatro días e inyectarte un poco de voluntad y alegría.

De un día para otro se mudó sin despedirse.

Algún día le escribiré una canción.


(Días urgentes que como vienen se van
Días que siempre se suelen torcer
Días tranquilos que no van a más
Días que echan raíces en mí)

Hoy estoy de mala leche, lo reconozco. Cuando la menstruación está llamando a mi puerta no hay palabras ni lecciones que valgan. Mecagüentó y punto.

Quiero ser cantautora


Suelo dormir de día y vivir de noche, pero hoy lo he hecho al revés y la verdad es que ha sido una experiencia increíble.

Primero he tenido una pesadilla como no recuerdo haber tenido nunca una. Nunca me había despertado llorando de verdad y con una sensación de desorientación tan tremenda que me ha dado hasta pánico.

Cuando me he calmado y me he vuelto a dormir he tenido uno de los sueños más bonitos que he tenido nunca. Estaba en un bar muy acogedor, con olor a madera, guitarra en mano. Era mi primer concierto. Mi voz sonaba potente, sin miedo a nada y en frente, una por una, todas las personas que han significado tanto para mí, mi familia, amigos del día a día, amigos lejanos, todos, cantando mis canciones, sintiendo mis palabras salidas de ese rincón escondido de mi alma que juega a la gallinita ciega con todos los sentimientos habidos y por haber.

He sido tan feliz...


Sólo viento


Después de una situación rutinaria, lo nuevo nos tienta y cedemos a ello con la sensación de lo equivocados que estábamos y lo predestinados que estábamos a esa novedad, y como si del ciclo de la vida se tratara, volvemos a convertir novedad en rutina, y volvemos a arrepentirnos, y a arrepentirnos de habernos arrepentido... Quizá todo sea un autoengaño para no querer darnos cuenta de que, al fin y al cabo, no tenemos nada.


Todo es efímero, volátil, condenado a la muerte. Justificar una sonrisa a base de forzarla varios días no es una garantía. Es por ello que deseo sobrevolar por encima de la muerte, del pasado, del futuro... Ser sólo viento, de aquí para allá.


A ellos

A vosotros, a quienes besé por primera vez de forma inocente cuando jugábamos a hacer rodar la botella en aquel garaje de alguien que daba una fiesta de cumpleaños.

A ti que por primera vez me hiciste sentir un hormigueo al acercarme tu voz y tu olor mientras leíamos juntos aquel guión.

A ti que por primera vez me inquietaste jugando con los pies por debajo de la mesa, para ganarte así “mi primer beso con lengua deseado” en aquella hoguera que prendimos en aquel bosque cercano al cementerio.

A ti que por primera vez me prometiste poco y me engañaste mucho.


A ti que desde tu posición elevada supiste olvidar la distancia y compartir un cigarro mágico e inolvidable.


A ti que me enseñaste a quererme, que fuiste el inicio (sin ver el final), marcándome con trazas invisibles mi camino y que aún despiertas mis sentidos con tus manos, con tu olor, tu mirada y tus palabras.


A ti que tras una noche tonta boqueaste lo que te dio la santa gana.

A ti que me deseaste en un intento de sentirte más joven y, a la vez, me hiciste sentir Lolita.


A ti que tuve que darte carpetazo por idiota. En el fondo siempre has sido un niño, con una niñez mal llevada.


A ti que me alejaste de él.


A ti que volviste para enseñarme que estar a tu lado sólo podía doler.


A ti que, aún queriéndome, te fuiste lo más lejos posible por no saber compartir.


A ti que no lograste nunca decirme las cosas claras y confundiste el amor cuando huías de la soledad.


A ti que me hiciste soñar más de lo que creía ser capaz.


A ti que me regalaste noches inolvidables cerca del mar o en cualquier ático abandonado, que no pides nada a cambio, que hoy dices que sabes lo que es amar a Bambi porque ya sufriste...


A ti que el azar te trajo hasta mis palabras en esta estancia virtual más o menos cómoda e ideaste a tu manera, sin conocerme en persona, a esta gatilla perdida constantemente en el espacio.


A ti que te sentaste a mi lado sin saber disimular para compartir una bonita tarde de primavera en plena época de exámenes.


A ti que nunca supiste entenderme y disfrazaste de amor a la ruina. A ti que volviste por tercera vez para que, definitivamente, consiguiera odiarte.

A ti que me quisiste enseñar “lo que es bueno” en un hostal de Madrid. Y lo hiciste, vaya si lo hiciste.


A ti que volviste sin haberte ido para cerrar lo que debía ser cerrado y así poder abrirnos.


A ti que acompañaste al argentino para robarme sueño, hacerme gastar teléfono y para que redescubriera con ilusión mi ciudad, soñara más aún con la tuya y regalarme día a día como mínimo una sonrisa.


A ti que sólo me sonreíste.


Y a todos aquellos que me dejo en el tintero, pero con los que en un momento dado he compartido parte de mi intimidad...


...Os quiero y no os puedo olvidar, pero me niego rotundamente a que esta lista acabe aquí.


Diario del tiempo (II)

«Escribo este poema celebrando
que pasado y presente
coincidan todavía con nosotros»
Luis García Montero

Cuando cumplí los diecisiete pretendía ser rebelde, pero tanta bondad inculcada desde pequeña pudo más que mis sueños de independencia. Me encerré en mi habitación, enfadada con el mundo, como solía, porque detestaba estar en esa edad en que quería comportarme como una niña y, a la vez, pedía a gritos que me trataran como a una adulta. Como la ley no me amparaba aún, todo a mi alrededor era incomprensión. Sólo faltaba un año para mi mayoría de edad, ¡Qué fácil sería todo entonces! ¡De qué forma tan devastadora el mundo sería mío!

Pero a esos doce meses les siguieron muchos más, acompañados de vagas reflexiones sobre el paso del tiempo y viví despacio, analizando demasiado y actuando poco. Cuántas veces soñé tener una vida como la de las películas, con historias de amor correspondido, intrigas, secuestros o desarticulaciones de bandas de narcotraficantes en el instituto, manifestaciones juveniles a lo Fuenteovejuna o fiestas de fin de curso con smokings y vestidos pomposos con floripondios en las muñecas. Ese tipo de cosas tan comunes, al parecer, para los yankis, pero que yo no he visto nunca por aquí ni por asomo (llámenme vulgar). Todo esto me hizo caer en el error de adjetivar mi vida de trivial, insulsa e incluso absurda. Ahora, por una parte, me reconforta reconocer aquella ingenuidad, pero por otra parte, siento cierto resentimiento al verme obligada a darles la razón a aquellos que me decían que con el tiempo cambiaría mi punto de vista sobre muchos aspectos de la vida. Lo considero, en momentos de debilidad, como una derrota.

Cuando el mundo no me comprendía y yo era incapaz de exteriorizar mis impulsos, me resigné a vivir mi rebeldía como mera espectadora, pero eso sí, escogí yo misma al actor principal, por su dotes de insumisión, de sabiduría callejera y porque me robó el corazón, sin más. Él era todo lo que yo quería ser. Confió en mi inteligencia y en mi madurez y las alabó cuando aún la ley no me las reconocía.

Ha pasado casi una década y sigue aquí, sentado a mi lado, con la cerveza espumosa delante y en el pecho una cadencia suave y acompasada que se mezcla con sus historias de cada día y me hacen sentir el orgullo de quien sabe que su vida marcha sobre ruedas. Aún así, una sigue sorprendiéndose con pequeños gestos y actitudes que indican que todo el mundo cambia, lo queramos o no, que no podemos aferrarnos a la idea de hacer a los demás a nuestra medida, que la rebeldía tiene muchos límites, muchas incoherencias y que la madurez es una convención que se adhiere por momentos y se despega fácilmente.

Estoy muy lejos de ser madre, pero puedo entender la tozudez de unos padres que se niegan a admitir que sus hijos crecen y que creen que les pertencen por haberlos creado a su imagen y semejanza, sin aceptar que su semejanza es sólo eso, semejanza, y que una vez la han parido ya no es suya. Es entonces cuando los hijos enseñan que nadie, ni aun el padre más autoritario, dispone de la verdad absoluta sobre los demás.

Y mi actor, igual que yo, tiene su verdad relativa. Improvisa sobre el guión que imaginariamente yo le asigné y aquí sentado me demuestra que mi rebeldía, como su piel, también envejece y que el idealismo no es un pensamiento estático ante el devenir de los acontecimientos; que podemos dejarlo morir golpeándonos contra la realidad o dejarlo madurar, del mismo modo que nos cambia a nosotros mismos el tiempo.

Junto a su pecho tranquilo, sus manos y sus ojos mirándome como hace casi diez años, quién sabe si pensando que yo también envejezco, pero que al mirarlo rejuvenezco.



Un pequeño trámite


Llevo un tiempo en que, como dice Serrat, las musas han pasao(sic) de mí. Precisamente ahora, cuando más cosas tengo que contar. Por suerte,
como dice Estopa, yo sólo pienso en canciones y siempre, siempre, existe la canción oportuna, aquella que despierta dentro de mí cuando, tal vez, lo que sobre sean palabras.

Ayer trataba de escribir lo que me lleva rondando por la cabeza en los últimos días (que no es más que aquello de lo que te he hablado tantas veces directa o indirectamente) y, tras borrar una y otra vez palabras salidas de la propia inercia sonó, al azar, entre las millones de canciones que tengo en el ordenador, esta canción a la que nunca le había prestado atención.

No se pueden resumir mejor mis últimos diez años. Se puede decir más alto, pero no más claro.



Antes de proseguir debo contarte algo
algo que sucedió y duele a cada paso
de cada pequeño peldaño
de esta vida de escalón alto.

Aquella noche tan larga
te divisé al final de la calle
yo quería salir corriendo
pero no fue el amor tan cobarde.

(Estribillo)

¿Qué es lo que está pasando?
¿Qué es lo que está pasando?
Está pasando una vez más.

Estabas allí, en lo alto
al final de una enorme cuesta
con la mano tendida
y colgando un pañuelo blanco.

Estribillo

Fui subiendo, poco a poco
como en el peor de mis sueños

sentía plomo los zapatos
y cemento mis pies cansados.

Estribillo

Como entre arenas movedizas
seguí y seguí avanzando
seguí y seguí avanzando
sin ver que desde la ventana
alguien me estaba apuntando.

Estribillo

Otra vez volví a creer
aunque fuera por un día
cuando aquel ángel...
cicatrizó todas mis heridas
y me cubrió con sus alas
hasta que cesó el ruido de las balas.


Estribillo

Pero fue la última parte

la parte más difícil
esta vez fue mi propio miedo
fue mi propio miedo
el que casi me deja ciego.

Ahora entiendo el sentido de las cosas
el equilibrio de la balanza
el polvo de las estrellas
las rocas que ahora son arena.

Ahora entiendo que cada espina
que cada pequeño arañazo

cada cuchillo por la espalda
fue tan sólo un pequeño trámite
tan sólo una excusa idiota
fue tan sólo un pequeño trámite
tan sólo una excusa idiota
tan sólo un pequeño trámite
tan sólo una excusa idiota...

Hace tiempo que yo ya no sonreía tanto.



Soy cobarde


A veces te levantas y parece que el propio aire te advierte de que toda tu vida es una farsa. Aún así no quieres creerlo y pasas tu vida forjando una personalidad, un propio criterio lo más racional posible que te aleje de aquellos males que crees que sufre la sociedad.

Tu vida se reduce a un escaso catálogo de aparentes virtudes, y digo aparentes, porque no son virtudes claras a los ojos de los demás. La gente parece no entender y sin quererlo te obliga a explicar, justificar y aclarar constantemente. Y llega un punto en que lo que creías firmemente se tambalea porque, sin quererlo, cedes. Y te debates, impotente, entre seguir cediendo o seguir teorizando para construir tu propia personalidad, esa gran desconocida aún a mis 27 años.

Y así me siento hoy, vencida. Abocada a una situación que no quiero porque me he cansado de batallar. No sé si ha llegado el momento de abrir puertas o tal vez sea mejor cerrarlas. Cuando una puerta se me cierra, inevitablemente busco otra salida. Pero el problema viene cuando ya no la quiero encontrar. Cuando a base de darme cabezazos soy incapaz de caminar.


Tú has ido cerrando poco a poco una puerta importante para mí, ese horizonte al que siempre quería llegar y es por ello que no me importa hacer algo que pensé no hacer jamás, ni ponerme, posiblemente, en ridículo escribiéndote aquí unas palabras que sé que te dan igual.


Hoy no tengo ganas de ser quien soy. Y aún no siendo yo, me siento tan cobarde, que no soy capaz de decir lo que me gustaría decir.

Inténtalas parar


Las aguas siempre vuelven a su cauce, dicen. Y en mi ciclo vital, entre los altibajos anímicos y la cotidianidad, a veces absurda, a veces impresionante, vuelvo a mi sitio. O lo que es lo mismo, vuelvo a Nacho. Siempre hay tiempo para él, siempre hay un hueco para él, pero en días como hoy, sólo me es posible prestarle toda mi atención a él y nada más que a él. Hoy ha sido día exclusivo para el Cajas de música difíciles de parar. De lejos, mi álbum favorito de todos los tiempos.


Probablemente Nacho Vegas sea un personaje amado y odiado a partes iguales, y ese halo de malditismo que lo rodea contribuya a ello. Considero que sus letras son de lo mejor que se puede escuchar en nuestro país, aparentemente deprimentes pero con una fuerza tremenda. La calidad como escritor no creo que sea cuestionable. Tengo la certeza de que, tarde o temprano, se le reconocerá como uno de los mejores letristas nacionales. Quizás debamos esperar a que muera, pero se le reconocerá. Si no es que la justicia no existe.

(¡Ains! Qué penita me da el pobre Ezequiel...)


Ezequiel, fue un gran error tan sólo regresar.
Era pronto y a la gente le cuesta olvidar.
Ezequiel respira hondo al descender del tren.
Es extraño, nadie está esperando en el andén.
Una breve intuición: algo huele a maldición.
Pero se dirige a la casa en la que se crió.
Y habla con su madre:
-Soy yo, madre, ¿no lo ves?-
Madre dice: -Olvida que algún día te engendré-.
Y habla con su padre:

-Padre, ¿qué ocurre aquí?-
Padre no contesta; se limita a maldecir.
Ezequiel se acerca al bar; alguien le sabrá explicar.
Pero todos callan, todo el mundo calla al verlo entrar.

Dicen que hizo algo y nunca nadie lo olvidó,
pero él no consigue recordarlo
y su vida entera se redujo a maldición
con los años y los años.
Ezequiel, mejor te vas de noche y sin molestar.

Ezequiel se oculta junto a las vías del tren.
Necesita una respuesta para no enloquecer.
¿Qué ocurrió un verano negro en su ciudad natal,
que la gente ni siquiera se atreve a mencionar?
Al alba se va a lavar a un estanque del lugar,
y es en su reflejo donde encuentra toda la verdad.

Ezequiel contempla el agua con un rictus de horror.
En su rostro encuentra el rostro de la maldición.
Llega al fondo de sus ojos, donde ya no hay luz.
Puede ver su alma y continúa más al fondo aún.
Toma conciencia del mal y su grito suena igual
que el de un hombre roto que descubre dentro al animal.

Dicen que hizo algo, algo que nadie olvidó,
pero él no consigue recordarlo
y su vida entera se redujo a maldición
con los años y los años.
Ezequiel, mejor te vas de noche y sin molestar.

Ezequiel comienza a huir, nadie lo va a extrañar.
Huye en dirección al norte, le guía el olor a sal.
El Cantábrico se muestra en todo su esplendor.
Se desnuda y lentamente avanza en dirección al sol.
Y decide descansar bajo el manto gris del mar.
Las olas lo mecen y duerme eternamente como un viejo zar.

Dicen que hizo algo y nunca nadie lo olvidó,
pero él no lograba recordarlo
y su vida entera se redujo a maldición.
Y ahora espera el Juicio
por los siglos de los siglos.
Ezequiel, descansa en paz en el fondo del mar.

¿Para qué pensar antes de hablar?


Qué rabia me da ir por la calle y encontrarme con gente que se para a hablar conmigo pretendiendo que le cuente toda mi vida en menos de 5 minutos, después de hacer un repaso previo y general por toda mi familia, claro. Pero encima, cuando les cuentas algo parece que no te escuchen, sino que te juzguen:


- ¿No tienes novio?
- No
- Pues yo creía que sí, te vi una vez con un chico...
- Sería un amigo
- Ah, pues yo creía que sí, no sé quién me dijo...
- Que no, que no, que yo sólo tengo amigos
- ¡Uy! Pues no te preocupes. ¡Ya lo encontrarás!

Zzzzzzzzz
(¿Para qué se va a parar a pensar por un momento que tal vez no quiera tener novio, o que sea lesbiana, o que acabo de romper con mi ex y estoy muy dolida?)


- Estarás contenta con tus sobrinos... ¿Y tú para cuándo?
- No, yo no quiero hijos.
- ¿No quieres tener hijos?
- No
- ¡Uy! Espérate. Ya te apretarán las ganas.

Zzzzzzzzz
(¿Para qué pensar que realmente no los quiero tener o que tal vez tenga problemas reproductivos y he aceptado definitivamente que nunca los voy a poder tener y no me apetece contárselo a la gente? ¿O simplemente que no me gustan los niños?)

- ¿Trabajas?
- Mmmm, bueno sí, pero no, estoy estudiando...
- ¿Qué edad tienes?
- 27
- ¿Y qué estudias?
- Mmmm... Para bibliotecaria

(suspense)

.
.
.

- Mmmm ¡Qué interesante! (eso cuando no te dicen: ¿Y para eso hay que estudiar?)
- Sí, mucho
- Pero tú estabas estudiando otra cosa antes, ¿verdad?
- Sí, terminé Filología
- ¿Y eso para qué es?
- Psss, pues muchas cosas... profesora, ...
- ¡Uy! ¿Y no quieres ser profesora?
- NO
- Bueno, si te gusta eso ya está bien...
- Sí, claro que me gusta, además sería funcionaria
- ¡Ah, claro! Muy bien, muy bien, me alegro, me alegro... Porque tus hermanos están todos muy bien colocados, ¿no?
- Sí, sí, no se pueden quejar...
- Claro que sí, trabajar es lo que hay que hacer
- Bueno... Tengo prisa, me tengo que ir
- Vale, dale recuerdos a tu padre, ¿eh?

Zzzzzzzz
(¿Tanto cuesta entender que si a mi edad estoy estudiando lo que estoy estudiando es porque es eso y no otra cosa lo que quiero?)

Zzzzzz Zzzzzz Zzzzzz

¿Por qué no tendré la sangre fría para cortar de un tajo estas conversaciones. Si es que a veces de tan buena soy tonta. Con lo poco que me importa a mí la vida de los demás...


(Con calles sin salida te dejarán soñar
Y con un par de aspirinas curarás tu desencanto
Te harán creer que así es la vida
No digas, no digas que no te avisé).

Sois unas plastas


Dos días a la semana los paso con mi sobrina. Desde que se levanta hasta prácticamente la hora de acostarse estoy con ella. La llevo al cole, como con ella, duermo con ella...


Ella no es el problema. Es una niña encantadora, simpatiquísima, inteligente... aunque también agotadora. Pero lo que peor llevo de los dos días que paso con ella son las entradas y las salidas del cole, donde las madres se aglutinan para hablar de lo bien o mal que comen sus niños, de lo bien o mal que se portan sus niños, de lo bien o mal que duermen sus niños, de los problemas o no que tuvieron para darles el pecho, de lo que pesaron al nacer, de si se parecen más al padre o a la madre... y las peores son aquellas que no hacen más que quejarse de lo hartas que están de que el niño se alborote, pero las ves que van a buscarlo al cole, con un bebé en el cochecito y otro dentro de la barriga. ¡Qué valor!

Sé que es imprescindible procrear para que la vida continúe, pero me da un agobio ver tantos niños juntos, y tantas madres pesadas...

Encima hoy, después de estos dos días, volviendo a casa he estado tomando algo con unas amigas (una embarazada a punto de parir y otra que tiene un niño de dos años y pico). Se han estado media hora hablando de cómo dar el pecho, de que si cagan, que si lloran, que si comen esto y lo otro... Las he dejado allí y me he ido a media conversación, ¡Era soporífero escucharlas hablar!

Sé que debe ser una experiencia maravillosa pero me parece tan triste... ¿Por qué las madres o futuras madres no pueden dejar de hablar de otra cosa? ¡Qué aburrimiento! Será verdad eso que dicen que las madres sólo disponen de una neurona centrada en una única cosa.

Lo tengo clarísimo: NO QUIERO SER MADRE, porque las madres SOIS TODAS UNAS PLASTAS. He dicho.





Hay una estela de ausencia, de coincidencia literaria


Acabo de poner la colada. De uno de los bolsillos de mi chaqueta ha aparecido un poema tuyo y unos acordes que aún desconozco y soy incapaz de tocar. He vuelto a releerlo, he vuelto a soñar contigo y he recordado que lo guardé ahí para llevarte siempre conmigo a todas partes y cómo, más de una vez, mi corazón ha latido más fuerte al saber que tu amor estaba ahí guardado cuando he metido mi mano buscando un guante o un caramelo.


Ahora que la chaqueta necesita una limpieza, lo he guardado cuidadosamente entre las páginas de la Política de hechos consumados de Nacho Vegas, para que el detergente no se lleve tus palabras. Tu poema me encargó la misión de no hacerte olvidar ni uno sólo de tus sentimientos hacia mí y en ella voy a poner todo mi empeño guardando cada una de tus palabras allá donde mi alma respire. Palabras que tú y yo compartimos. Palabras que son consecuencia de todo lo que hemos vivido y nos hemos ocultado tanto tiempo. Palabras que rozan la caricia más dulce, el deseo más instintivo, lo que tememos, lo que amamos...

Lo que nos tememos, lo que nos amamos.





En mi empeño de poner un poco de orden a mi vida, mientras lloraba un poco y le daba vueltas a mis ideas, mayoritariamente vacuas, me he desecho de varios objetos que sólo ocupaban espacio y que ya de nada sirven. He vaciado armario de ropa, he ordenado cds viejos, he tirado millones de papelajos que estaban siempre por medio, he recolocado libros, he barrido, he fregado, he tocado un poco la guitarra procurando no hacer ruido, he puesto incienso de vainilla y he puesto velas para armonizar el ambiente.

He cambiado las sábanas también. Eso me ha hecho pensar que qué demonios hago poniendo orden a mi vida un viernes por la noche, pudiendo llorar y reír mientras me emborracho contigo en cualquier bar, para después llegar a la cama empujados por la prisa de sentirnos otra vez desnudos, o pudiendo estar retozando contigo en el sofá, comiendo donettes y viendo una peli...

Sabía que me arrepentiría de no coger hoy ese autobús, pero he sacado en claro que el orden en mi vida, es el de adorar el propio caos de tus locuras y estupideces, el caos de cómo me haces sentir, el de vivir en una constante contradicción, el de sentir que aquel infatigable compañero de facultad, que soñé eterno por ser él con quien todo era posible, sigue aún a mi lado, inspirándome, motivándome y sacando siempre lo mejor de mí.

Sé que no hay nada que agradecer pero como dice otra canción de Bunbury y Vegas, no me apetece escribir, hay otras formas de huir y yo quiero huir de mis fantasmas dejándome de metáforas y palabras camufladas para decirte, simple y llanamente, que gracias por ser mi amigo ante todo y por valorarme y comprenderme como sólo tú sabes hacerlo.

Te quiero muchísimo.

He pensado
en todo lo que me queda por amarte,
en todo lo que tu nunca sabrías
si esta fuese mi última canción



...Y que el Viento de Gata siga soplando siempre a tu lado...

Encontrémonos


Todo a mi alrededor se revoluciona. No sé hasta dónde soy responsable de mis actos ni hasta qué punto está en mis manos no hacer daño a los demás. Cuando quiero buscar el camino fácil, todo alrededor se complica. Y siento impotencia al ver gente aquejándose por cosas en las que no creo, que no hago, que no siento.

Pero en ocasiones la complejidad de otros es positiva, sirve para entrar en ese tipo de profundidad que ansiamos quienes, a pesar de todo, nos empeñamos en soñar con los pies en el suelo.

Y es en la profundidad de tus ojos y tus manos serenas donde quiero acurrucarme cada noche. En la oscuridad de tu habitación con vistas a un mar escondido, en la inquietud que provoca que las paredes sean de papel o en el dolor de ciertos pensamientos. Encontrémonos de noche. Charlemos. Escuchémonos a pesar del ruido. Acostémonos, besémonos, arrullémonos y mordámonos. Soñémonos y observémonos. Regalémonos tiempo. Conozcámonos de verdad para que esto no acabe nunca.

...Y quiero tiempo
para acabar con esta rutina y salirte a buscar
bailar un tango contigo, aunque sea haciéndolo mal.

Y quiero tiempo
para pasar muchas horas contigo mirando el mar
haciendo la ola en algún bar
decirte "te quiero" en un concierto

Y pasear cerca del mar con las manos vacías, llenas de sal
y el alma contenta de risa, de vida, porque por fin tengo tiempo

Para volar sin caer
y descubrir algo nuevo que me haga llorar
para crecer sin tener que ser como ellos dicen que tienes que ser
y no volver, y no volver
a vendarme los ojos por enésima vez
quiero tiempo para
despertar contigo en Praga

Quiero tiempo
para empezar todo aquello que anhelo
y bucear, hacerme la cama
desayunar despues de las 4 de la tarde
Quiero tiempo
para charlar sobre cosas absurdas
para pensar que aún tengo tiempo,
para aprender todas esas cosas que no estudié

Y quiero tiempo
para olvidar el daño que hice antes de ayer
y que aún estoy a tiempo,
a retroceder y pedir perdón en un café

Y quiero tiempo
para hacer alguna locura,
y echar a correr, no hay prisa ninguna
pero mi alma se esfuma
me pierdo en el alba
el sol ya me atrapa...



Sin prisa


Me niego a darles la razón a quienes no ven más salida

que la de vivir deprisa, renegando y sin ganas de pensar.

No quiero emprender grandes proyectos,
ni anular los momentos del aquí
por vagar mentalmente en el allá.

Serendipia


En una de las hojas de un blog amigo, El Oscuro dice acerca de la palabra "serendipia":

Vaya por delante que no aparece en el DRAE, aunque creo que debiera figurar en él.

La conocí leyendo en inglés (serendipity) y viene a significar algo así como "descubrimiento de algo (bueno o bello) sin buscarlo". De hecho, es lo que hacen los fundamentalistas bíblicos cuando, ante un problema o una disyuntiva, abren la Biblia al azar con la esperanza de que el Libro muestre una página o un párrafo en que se dé la solución de sus dificultades. (...)


He intentado hacer el mismo ejercicio de serendipia que él ante la disyuntiva de si, en una tarde de domingo aburrida como la de hoy, empiezo a ver la serie Perdidos o no.

Evidentemente no me han servido para nada el libro de canciones de Janis Joplin ni Platero y yo de Juan Ramón Jiménez, y sigo con la duda, pero es curioso lo que he encontrado, abriendo una página al azar, de El Aleph, de Jorge Luis Borges:

Beatriz (yo mismo suelo repetirlo) era una mujer, una niña de una clarividencia casi implacable, pero había en ella negligencias, distracciones, desdenes, verdaderas crueldades, que tal vez reclamaban una explicación patológica.

Creo que es la mejor descripción de mí misma que ha hecho nadie jamás.

La sonrisa telefónica


Es una manera de transmitir amabilidad por teléfono. Sonreír mientras se conversa, aunque lógicamente, no se aprecie el rostro, al parecer, repercute positivamente en la calidez de nuestras palabras.


Me acuerdo de mis días como teleoperadora de MoviStar y la de veces que llegaba a repetir esto al día:
MoviStar, buenas tardes, le atiende Betty, extensión 37-0-86, ¿en qué puedo ayudarle?

¡Qué gran verano aquel! Recién estrenado el nuevo siglo. Era mi primer año de carrera y se me juntaron los primeros exámenes finales con los cursos de preparación en Telefónica. Tardes y tardes demostrando la afabilidad de la voz, “la sonrisa telefónica”, mis conocimientos sobre el funcionamiento de las líneas, de los códigos, de la Intranet, eufemismos constantes para no desentrañar el mal funcionamiento del servicio... Y a todo esto, escapadas constantes a la máquina de café para conocer a quienes, por motivos bien distintos, se embarcaban en el mismo trayecto que yo, y aprovechando los descansos de la mañana, las horas de tren y las noches para leer a Góngora, Quevedo, Garcilaso, textos de Barthes, Derrida, Foucault, estructuralismo, decontrucción, estudios culturales... o analizar procesos semánticos y dibujar los cortes sagitales de los fonemas del español.

Al acabar los exámenes y una vez conseguido mi lugar de trabajo, mi mesa, mi ordenador, mi centralita, mi pinganillo... disfruté de algo que creía que sólo existía en las películas: atender a la gente mientras me limaba las uñas y ojeaba una revista. Evidentemente, no siempre podía ser así, pero el gustazo vamos si me lo di.


Lejos queda ya aquella gente con quien hacía el tonto cuando apretábamos el MUTE para que los clientes no nos oyeran, pero permanecen los buenos recuerdos, como las charlas con aquella futura cardióloga taquicárdica a la espera de los resultados del MIR, aquel futuro publicista-filósofo con quien compartía también el bar de la facultad o aquel gitano de La Mina que me explicaba sus chanchullos a la vez que planeábamos colarnos en las tiendas más caras de la ciudad para probarnos toda esa ropa que jamás podremos comprar.

También me acuerdo todavía de lo estúpida e infeliz que llegaba a ser la gente cuando se le estropeaba el móvil. Parecía que se les fuera a acabar el mundo... Si solucionaba la situación, había quien me daba la gracias como si de mí dependiera su salvación y cuando no era posible o no estaba en mis manos arreglar “la incidencia” (jamás podía decir “problema”) había quien, si pudiera, me echaría de cabeza al infierno. ¡Ay! Si no nos tomáramos la vida tan en serio...


Pero por mucho que una se empeñe en pensar que somos esclavos de la tecnología y que, en realidad, deberíamos ser más despegados de ella y disfrutar más del aire libre, del contacto cercano con la gente, etc., a la vez me da miedo pensar en cómo sería la vida sin teléfono, sin internet, sin electricidad... Con lo que disfruto yo hablando horas y horas por teléfono, riéndome por el messenger, perdiéndome por internet, emocionándome cuando alguien aprovecha la distancia y la frialdad de estos aparatos para decirme que me quiere, que desearía volver a repetir aquel momento, que se encuentra bien, que me echa de menos, que tiene ganas de volver a verme o que cierto día se sintió feliz al despertar y verme a su lado...

No soy fotosintética


Me he pasado todo el día en la tenebrosidad de mi habitación escribiendo, leyendo, escuchando música, quitando polvo, ordenando papeles, descatalogando recuerdos... Hay días como hoy en que lo único que me debe diferenciar de una planta es que huyo de la luz.


De pequeña era casi mulata y ahora me doy cuenta de que mi piel está tomando un color oliváceo-amarillento muy raro (que, curiosamente, la gente no deja de decirme que me sienta bien y que es una de mis propias señas de identidad... ¿?). Temo volverme fluorescente como unas cebollas que planté de pequeña en la más absoluta oscuridad de un armario para un experimento escolar.

Aborrezco la luz.

Prefiero dormir de día y vivir de noche. Detesto los amaneceres, con su olor a café recién hecho y con su pausado ruido ascendente. Sólo abro la ventana cuando me voy de casa para ventilar la habitación y lo primero que hago al volver es cerrarla sin dejar que traspase el más mínimo haz de luz. Antes solía dormirme escuchando música, ahora la apago con tal de no tener el pilotillo naranja del ON/OFF encendido, y duermo, incluso en verano, tapada del todo para que mis ojos, en uno de esos pequeños desvelos que me asaltan de vez en cuando, no se acostumbren a la oscuridad y me permitan distinguir las sombras del desorden tan característico de mi habitación.

He aprendido a moverme en la oscuridad, y la prefiero. Prefiero un laberinto a la más absoluta claridad. Ya no tanteo con miedo a golpearme, sino que camino con paso decidido.

Estoy aprendiendo a vivir.

Morir es aprender a esperar
vivir es aprender a ver en la oscuridad.

Sexo

El sexo es mucho más que una simple unión física y más que un fiel acompañante en ese viaje del amor que emprenden quienes creen haber encontrado, el uno en el otro, ese complemento tan ansiado por su alma.

Mi vida dio un giro muy brusco cuando decidí desempolvar mi propio sentido común (que no comunal) y empecé a preguntar a quien se me ponía delante cosas del tipo "si no es indiscreción..."

Mi tabú y el de la gente que me rodea se fue diluyendo poco a poco, mi experiencia me fue dando la razón en cuanto a la mitificación de ciertos aspectos de las relaciones humano - sentimentales - esporádicas.


Y es que es curioso ver como en cuanto abres una pequeña puerta al diálogo sexual la gente muestra un alivio inmenso por no saberse solos, por comprobar que pueden hablar sin prejuicios ni censuras, por reconocer en voz alta que en su intimidad todo vale mientras haya consenso (consigo mismos y con los demás) sin que ello conlleve una ceguera permanente, una letra escarlata tatuada a fuego en la frente o un motivo de autoflagelación nocturna a los pies de la cama.


Mi conclusión a todo esto es que en la sociedad actual la gente está ávida de sexo en todos los aspectos, ya no sólo de practicarlo o de consumirlo. Aunque no lo parezca a simple vista, aún hay mucho arraigo a formas y amenazas de una moral que ya no encaja en nuestras vidas, que poco a poco nos va haciendo infelices al impedir que nos veamos a nosotros mismos.


Mi pequeño consejo es que hay que ser más sinvergüenza.


Realidades y sueños


Hace unos días me dijiste que la realidad puede ser decepcionante cuando me desvelaste, después de tantos años, cómo París tiene mi nombre escrito por todos lados. Y sí, llevaba años imaginando algo mucho más bonito, más romántico e idílico. No te voy a engañar.


Antes de aquel Interrail, te dije que una canción de Manolo García me hacía pensar en ti pero me daba vergüenza decirte cuál era y tú añadiste: "¿Pero ya entiendes las letras de ese hombre? Es demasiado barroco". Una vez más, yo pretendía algo bonito, romántico e idílico y tú te quedaste en la superficie. Pero me callé, sonreí y acepté esa realidad decepcionante, como tantas otras veces he hecho a lo largo de mi vida.

Esa perplejidad que me proporcionan a veces tus reacciones han ido desentrañando un pensamiento que nunca llego a tener claro del todo, pero que no ha dejado, en todos estos años, de rondar por mi cabeza.

Ahora llevo tiempo viviendo en sueños, sin dejar de imaginar. Más allá de la realidad, llevo tiempo elucubrando, fantaseando, tratando de vivir la vida que siempre he deseado y cuando más levanto los pies del suelo, más me doy cuenta de la necesidad de esa realidad. Mis sueños son bonitos, románticos e idílicos pero hay realidades que superan a todo eso. Y una de ellas eres tú.

Eres un pasado que volvió de forma intermitente a mi vida y ahora sé con certeza, sin dobles lecturas ni falsas ideas, que quiero que sigas en ella para siempre.

Te quiero a pesar de ese mal humor extraño que a veces te embarga, quiero abrazar tu melancolía, quiero sentarme junto a tus celos y jugar con ellos al póker, tal vez así les gane la partida. Quiero estar sin estar cuando quieras estar solo, quiero seguir escribiendo estas cosas sin ánimo de competir con tu genialidad...

No hay un sólo motivo por el que quiera olvidarte.
Seré, sin molestarte, sin que sepas de mí...

No me hagas hablar... que si bebo es para olvidar


Recuerdo perfectamente el día y el momento en que mi ex-novio me hizo esa foto. Pretendía reflejar tranquilidad, pero nada tenía que ver la tranquilidad con lo que guardaba dentro esta cabecita que no deja de pensar. Me sentía, como dice una canción, como un gato en un cajón. No logro quitarme esa sensación de claustrofobia que me provocó aquella relación. Tres años perdidos en un falso amor guiado por el más bajo chantaje emocional, que ha dejado secuelas que jamás imaginé que pudieran existir.

Hoy he encontrado (que no leído) cartas suyas y he vuelto a ver (que no mirado) muchas fotos... y quiero llorar, no sé si de pena, de añoranza, de rabia o de fastidio.

No me hago a la idea de que soy libre otra vez. Por fin, soy libre.

Madrid

¡Eres una inventora!


Siempre me ha gustado leer obras de teatro pero hace como dos meses que no abro un libro.


Siempre he tenido la costumbre de leer antes de dormirme y me gustaba la sensación de querer seguir leyendo la historia de los personajes mientras el sueño me vencía, pero de un tiempo a esta parte a mis vecinos de arriba les ha dado por gritarse e insultarse pasadas las doce de la noche y a las siete de la mañana cuando se levantan. Así que, tanto si paso la noche en vela como si no, los oigo antes de dormirme.

Hoy he dormido en casa de mi hermano y, curiosamente, aquí también hay vecinos gritones, con la diferencia de que aquí se oye aún mejor y la historia es más interesante. Aclaro. No penséis mal, no soy cotilla ni pongo un vaso en la pared para enterarme de todo, es que a las dos y las tres de la mañana, en una zona bastante silenciosa de la ciudad, las paredes son de papel...


Os cuento. Resulta que chico conoce a chica extranjera (no logré averiguar de dónde), se enamoran, pero la chica le deja plantada varias veces y él se entera de ciertas mentiras a través del padre de la chica. La manda a la mierda pero la chica llora. Él la insulta y dice sentirse ofendido. Después de sacar todas las culebras que lleva dentro, el chico reconoce que aún la quiere y que se siente como un desgraciado por faltarle al respeto, para, acto seguido, seguir gritando
"¡Qué me dejes en paz, coooooño!, ¡Que me olvides!, ¡Que eres una inventora! ¡Eres una inventora que te inventas las palabras y las cosas para hacer daño y yo no quiero saber más nada de ti, porque haces daño, tía, haces daño!

No pude escuchar el final de la conversación telefónica porque el sueño me venció.

¿Quién necesita un libro de teatro si tiene la función en casa cada noche?

Alucinante.

Suma y sigue

El Edelweiss

El Edelweiss es (o era) esta casa, fruto de muchas de mis pesadillas cuando era pequeña, pero también de algunos de esos momentos bonitos de mi infancia.

No hace mucho pasé por allí y esta fue mi sorpresa. Ahora tiene más pinta de mansión de Beverly Hills que de casa abandonada, pero cuando yo salía del cole y pasaba por allí estaba medio derruida y corría la leyenda de que habitaban espíritus.
Mis amig@s y yo, durante una temporada nos pasábamos por allí y apostábamos a ver quién era capaz de saltar la valla y meterse dentro. Los más osados proponían, incluso, llevarse la ouija, pero si no recuerdo mal, nadie nunca fue capaz de saltar. A la que alguien lo intentaba, el resto hacía ruiditos y lo acojonaba. ¡Qué cabrones y cagones que éramos!

No suelo ser muy nostálgica de mi infancia, pero recordando estas cosas, me encantaría tener una máquina del tiempo y vivir, aunque fuera sólo por un día, aquellos momentos con mis amig@s, junto al bosque, partiendo piñones, mirando si veíamos pasar la sombra de algún espíritu a través de los cristales mugrientos de esa casa abandonada mientras escuchábamos el
Bad o el Dangerous en el walkman, dándole la vuelta a la cinta (eso cuando no se enganchaba y había que hacerla rodar con un boli) compartiendo los auriculares y diciendo... "¡Ahora me toca a mí, que tú ya lo has tenido mucho rato!"

Cabaret Pedrolo


«Inspirada en el texto Homes i NO, de Manuel de Pedrolo.

2ª temporada de esta divertida y original propuesta que no deja indiferente a los espectadores que se adentran en ella. Ocho meses en la cartelera del Teatreneu, programada en Madrid (Espacio Tesauro) , recomendada por Carles Padrissa (La Fura dels Baus - NAUMON), más de 100 representaciones y la visita de más de 11.000 espectadores en un año avalan este espectaculo lleno de sorpresas, diversión y reflexión.

Los personajes inspirados en la obra de Manuel de Pedrolo realizan una sesión de espiritismo para desafiar a los límites humanos. Durante la sesión, el Dr. Bernardo García pierde el control de la ouija y los personajes se ven lanzados a un mundo delirante de situaciones cada vez más increíbles que provocan en el espectador carcajada tras carcajada.

Un espectáculo sorprendente lleno de improvisación dónde cada noche resulta diferente. Risas y reflexión aseguradas de la mano de la joven compañía La Quadra Màgica en una propuesta arriesgada y poco convencional que sale bien.»

www.atrapalo.com

Soy rebelde, no incumplo normas...

...ni promesas.

"La vida es el interminable ensayo de una obra que jamás se estrenará" (Amélie)

En ocasiones, un mensaje te plantea una pregunta en la que tu respuesta puede ser el desencadenante para que la distancia entre dos personas aumente o disminuya.

Imposible saber la respuesta correcta cuando en el momento preciso de leer el mensaje (tal vez ambiguo, probablemente desolador), el apuntador que te debe dar la réplica —como buen funcionario— se ha ido a desayunar.

“No haré nada, me limitaré a seguir mi catálogo sentimental de promesas a cumplir”, contestaré entonces a tu mensaje.

Esto es, no pedir explicaciones por tu comportamiento, no hacer de un grano una montaña, no teorizar sobre mis sentimientos ni tratar de definir los tuyos, limitarme a esperar... y contentarme con que sepas, que aunque sea por unos segundos, en la imaginación, la tuya y la mía, siempre existirán cuerdas como las de tu mensaje, que acorten todas las distancias.




We are on a rock, spinning silently...

Los mejores momentos del día son en la mesa, comiendo los manjares que mi padre cocina con tanto esmero y charlando de cualquier cosa. Hoy hemos hablado, entre risas, de sectas, de testigos de Jehová, de transfusiones de sangre y he tenido una especie de déjà vu, transportándome al restaurante mexicano donde cené el sábado por la noche.

Una rueda de pensamientos, más compleja de lo que ahora mismo puedo y quiero escribir aquí, ha finalizado su recorrido, horas después, en una canción que lleva días rondándome por la cabeza.

Y me voy tan ancha a dormir.

Cercanías Renfe y sus incidencias



Si viajar en un tren de cercanías Renfe ya es de por sí una tortura, mucho peor es cuando se presencian dentro del vagón escenas como la que he presenciado hoy, y que reproduzco a continuación: Mujer joven regañando a un bebé que está en su sillita queriendo tirar el sonajero al suelo. Al lado un niño más mayor con cara de miedo, sin decir nada.

Anciano
(con acento andaluz, amablemente): No le regañe usté al niño, mujé, que son cosas de críos...

Mujer (en catalán): ¿Y usted quién es para meterse donde no le llaman? ¡Habráse visto! ¿Ahora me vas a decir tú como le tengo que hablar a mi hijo?

Anciano
: No mujé, no, si yo no digo , ¿pero no ve que el chiquillo sólo está jugando?

Mujer
(en catalán): Para empezar, me habla en catalán, que estamos en Catalunya y segundo, yo a usted no le he dicho nada. De maleducados está lleno el mundo, si no sabe hablar catalán lo aprende, pero a mí no me tiene que decir cómo tengo que hablarle a mi hijo, y encima, en otro idioma, ¿vale?

Anciano
(sin dar crédito a lo que oía, pasando de todo ya): Vale, vale, lo que usté diga, yo ya no digo ...

Mujer
(en catalán): Vamos, ¿será posible? De fuera vendrán y de tu casa te echarán... Cuando se digne a hablar en catalán me dice lo que quiera, hombre, ya... Etc.
En fin, la mujer ha seguido ladrando un rato más ella sola, metiéndose también con la gente que le iba diciendo que se callara, que no era para tanto y que la maleducada era ella, etc...


¡Qué mala hostia me ha entrado! Soy catalana de padres andaluces y uso las dos lenguas indistintamente, pero la verdad es que no es la primera vez que alguien me ha mirado mal por hablar castellano en Catalunya y/o decir que soy hija de inmigrantes. ¡Manda huevos! Increíble pero cierto. Es una pena que unos cuantos ignorantes como esa señora se encarguen de desprestigiar la suerte que tenemos los bilingües de nacimiento. Aunque bueno, peor para ellos.

La misma mala hostia que me ha entrado escuchando a esa mujer ha traído a mi mente, sin saber por qué (cosas del subconsciente, quizás) esta canción. Y ha sacado esa furia de gitana andaluza que llevo dentro (jejeje).

Los limoneros - Manolo Escobar

(¡Cómo mola esta canción, con esa musiquilla!)

Manifiesto por la liberación de la cultura


Más de 3.000 internautas ya han firmado un manifiesto por la liberación de la Cultura que circula por internet. El texto ha sido difundido como respuesta al Plan Antipiratería que presentó el Gobierno.

El manifiesto pide al Ministerio de Cultura que deje de actuar como "salvaguardia de la industria del entretenimiento", plantea que se reduzca la duración de los derechos de autor y propone a la sociedad y a los autores que busquen nuevas formas de negocio en Internet y que se aprovechen de las nuevas redes de distribución en lugar de criminalizarlas. Más de un centenar de blogs se han hecho eco de este manifiesto. Aquí puedes encontrar el texto completo: http://culturalibre.org/

Je travaille

Hoy he iniciado un curso de francés que me he bajado de internet. Quiero comprobar si sabiendo catalán tengo más de medio camino hecho. Nada más empezar con el vocabulario me he acordado de las primeras clases de inglés del colegio, en cuarto o quinto de E.G.B., cuando todos nos poníamos nerviosos y nos quejábamos porque era demasiado que en el examen entraran los números, los colores y, encima, los nombres de los comercios más típicos de la ciudad. Más adelante chuleábamos de saber saludar e íbamos todo el día con la cantinela de: "How are you?", "Pleased to meet you".

Hoy me siento casi igual de desorientada y tengo esa sensación de que todo se me hace una montaña porque me parece imposible comunicarme en francés. Aún teniendo una filología a mis espaldas, me siento como un saco enorme y vacío. La única cantinela que me sé es la de "Voulez vous coucher avec moi?", que de tan trillada me da náuseas.

Y hablando de náuseas, no he pasado aún de los pronombres personales con función de sujeto, pero espero poder leer en breve a Sartre, en versión original, yo solita. ¡Ahí es nada!

Francia y l'amour... ¡Esperadme, que allá voy!


Cambio de papeles

¿Qué será lo que hace que los padres, en "cosas de la vida", siempre tengan razón? ¿Por qué cierto día te levantas o te vas a dormir pensando en por qué no les has hecho caso antes? Hay veces que sus palabras te dejan un sabor agridulce pero que te empuja a sentirte cada vez más cercano a ellos y ves pasar tu vida y, de golpe, entiendes todo. Parece que la vida pierde todo misterio cuando les oyes hablar y es como si apacentara dentro de ti toda la certeza de la existencia y todo el saber humano (aquel "pan, casa, destino, camino" que cantaba Manolo García). Y te das cuenta de que todo es más sencillo de lo que creemos.

Hoy he vivido una situación curiosa con mi padre. La semana que viene cumple 65 años y sólo quedan —como dice alegremente él— 32 horas de trabajo, que quitando el cuarto de hora del bocadillo son 31 para que dé por finalizada su experiencia laboral de la friolera de 40 años en la misma empresa. Una noche de viernes como hoy, mi sino no era otro que quedarme estudiando para mi último examen. Sus compañeros le habían preparado una fiesta de despedida en un restaurante y mientras yo me hacía mi cena él salía por la puerta diciéndome aquello de "no creo que llegue muy tarde" (¡Cuántas veces habré dicho yo eso sabiendo que no lo iba a cumplir!). Reconozco que en un par de ocasiones he pensado que se estaba retrasando mucho...

Cuatro o cinco horas más tarde ha llegado y se ha sentado conmigo a explicarme lo bien que se lo ha pasado. Estaba emocionado, sin ganas de irse a dormir, orgulloso de su vida y de lo conseguido y me ha explicado todo con pelos y señales, mezclando anécdotas y sentimientos mientras sonreía.

Cuando, rendido, se ha ido a la cama, he vuelto a pensar lo que llevo días pensando. Mi fin de carrera coincide con su jubilación. Ahora él hará la comida, pasará largas horas leyendo o viendo la televisión, tranquilo, sabiendo que ha hecho méritos más que suficientes para llevar una vida tranquila. Yo hasta ahora hacía la comida, pasaba largas horas leyendo y estudiando porque tenía la seguridad del sustento paterno. Y ahora toca trabajar y echar el vuelo y en ese terreno mi situación es incierta.

No he podido evitar quedarme con una sentencia del que para mí, en estos momentos, es el hombre más preciado y más sabio del mundo, o sea, mi padre:

«Para triunfar
te tienen que gustar los lunes»

Porque de ti volví a aprender el nombre de las cosas.
Porque de ti volví a aprender lo necesario.
Pan, casa, destino, camino.
De ti volví a aprender. Del bosque
de tu alegría. De manos
de tu sereno misterio.
Quedaba mucho por hacer:
arreglar la huerta,
hablar con los perros,
pasear por las orillas del otoño.
Quedaba mucho por hacer.
Quedaba mucho.
Porque de ti volví a aprender lo necesario.
A prescindir de lo inútil,
que nada es precario.
Del brillo de tus ojos
a disfrutar el tiempo lento.
Y cuatro cosas útiles de tu gesto cierto.
Y muchas cosas más de ti aprendí.
Y quedaba mucho por hacer.
A tirar el lastre, de eso que es la existencia.
Del tráfico, del peso de los lunes.
Gris, cielo, hoguera, camino.
De películas malas.
A robarle el tiempo al minutero,
que los relojes matan el tiempo.
Quedaba mucho por hacer:
recoger los sueños en las noches frías
como cuando no hay peces recojo las redes vacías.
Quedaba mucho por hacer.
Quedaba mucho.
Aprendí a sumar lo lógico y lo incierto.
A poner la mesa.
Aprendí a tolerar la presencia necesaria
de las arañas.
Aprendí a soportar sólo lo soportable.
Y quedaba mucho por hacer,
rechazar el tedio, luchar contra él.
Y quedaba mucho por hacer.
Limpiar de malas hierbas el prado,
arrancar las rejas y cercados.
Hacer montones: perros con gatos.
Hacer montones: soles y estrellas.
Borrar las señales de vuelo
para que los pájaros sean dueños del cielo.
Y quedaba mucho por hacer...
Y quedaba mucho por hacer...
Y quedaba mucho por hacer...
Y quedaba mucho por hacer...


Nocturno

Refugiada en su pequeña habitación, escribe, alejada de cenáculos literarios y de conversaciones penosas con quienes exigen y juzgan, y analiza la tensa existencia de quien quiere ser libre, la batalla de la conciencia de una persona que busca justificación. Trata de explicar cómo se puede vivir sin la ayuda de los demás. Sus personajes no quieren vivir lo que no sea la vida, quieren regenerarse, evitar esa herencia amarga que les condena. Pero sus héroes viven en una situación límite en la que recuperar la inocencia es una hazaña tan indispensable como imposible. No esperan otra cosa que lo que la noche sea. El estilo nocturno se impone. El drama está conseguido. Un final estremecedor se espera de un momento a otro, donde todos los héroes pierden su verdadera identidad.

Intimidad

Ayer me llamó la atención una cita de Carson McCuller (parafraseada por Nacho Vegas) que viene a decir algo así:
No hay nada más íntimo que la imaginación.
Por motivos que no vienen a cuento, venía sintiendo hace algún tiempo que los humanos nunca somos totalmente dueños de nuestra intimidad y que cuando con más razón deberíamos serlo, nos dejamos llevar por circunstancias que creemos que nos obligan a ceder. Esta canción me ha hecho regocijarme al pensar que es sólo en esos momentos de intromisión que tenemos con nosotros mismos, cuando realmente nuestro pensamiento se desahoga, cuando podemos considerarnos totalmente libres. En mi opinión, pura falacia es pensar que la libertad tiene un precio caro... Por el contrario, la llevamos en el bolsillo y podemos hacer uso de ella cuando nos convenga.

La intimidad (o la libertad) es mi sentimiento favorito y, en especial, aquel que se siente cuando sabes que hay cosas en la vida que sólo conoces tú. Nunca lo hubiera llamado así, pero "llamémoslo así, el fulgor".

Increíblemente, hasta ayer no conocía esta canción y quiero ponerla aquí como una muestra más (de las tantas que he ido descubriendo) de cómo un hombre sin una voz "de academia" puede llegar a ponerme los pelillos de punta...

Una noche de invierno
no muy lejos de aquí,
alcé la vista al cielo,
juraré todo aquello que vi.

Como un fugaz pensamiento
aquel resplandor
un inmenso estallido de luz,
llamemóslo así, el fulgor.

Y hablé con el maestro,
y hablé con el doctor,
pregunté a los marineros,
pregunté hasta al enterrador.

Pero no, nadie más lo vió,
nadie allí.
Y no, nadie lo vió,
salvo yo.

El maestro montó en cólera
y agitando frente a mí una cruz
chillo: "no hubo en la escuela
criatura más malvada que tú."

El doctor me dijó:
"sigue así y pronto acabarás
enfermo de cuerpo y mente,
aislado de la humanidad."

Los viejos marineros
parecían creer en mí,
pero apenas me hube alejado
sentilos reír tras de mí.

Tan sólo el enterrador
me escuchó sin hablar,
asintió muy despacio
para, de pronto, ponerse a cavar.

A la gente en esta ciudad
le gusta murmurar.
Me dicen: "busca un trabajo
lábrate una vida con dignidad."

Yo huí a mi casa en el norte,
me acurruqué en mi rincón,
juntos yo y Johnny Walker
dimos forma a una extraña
y hermosa y violenta canción.

Y en la noche negra,
y en mi alma enferma,
se hizo de pronto la luz.
Y una inmensa esfera
de la que surgió
una cruel melodía.

Que no, nadie más oyó,
nadie allí.
Y no, nadie la oyó,
salvo yo.

No, nadie más lo vió,
nadie allí.
No, nadie lo vió,
nadie salvo yo.

El bombero del atardecer

«Si sigo callado, no te mentiré»
(M. García)

Un bombero tiene miedo a volar. Quizá miedo no es la palabra adecuada puesto que él dice no haberlo sentido nunca, por eso mejor diremos incomodidad. Al bombero le incomoda volar. Pero le gusta viajar, siempre con vehículos que tengan como mínimo veinte años de antigüedad. Está tan seguro de sí mismo que no le importa que su transporte no disponga de airbag, de cierre centralizado o de dirección asistida. Él prefiere los coches clásicos a los que poder mimar y pasear con ellos como el amante más orgulloso.

Pero hoy se le plantea una situación incómoda. Un viaje a Australia, desde Barcelona, no es plato de buen gusto para alguien a quien no le gusta volar, en esta ocasión es preferible que el avión disponga de toda la seguridad y todas las comodidades habidas y por haber... pero no hay opción, a unas Olimpiadas hay que ir a ganar.

¡¡¡Muchísima suerte!!!

Don't touch my bone!


Aún no he cumplido la treintena y, aunque a veces todavía deseo volver atrás en el tiempo para volver a ser una adolescente despreocupada, me resigno encarecidamente a pensar que al hacernos mayores nos volvemos huraños y quejicas. Me niego a perder el entusiasmo por la vida sólo por cumplir años ineludiblemente y me niego también a pensar que ahora las cosas ya no son como eran aunque, a veces, no puedo evitar decir cosas como "la vida me ha enseñado" y como acto reflejo siento caer sobre mí la losa de la vejez.


Lo que me lleva a escribir esto es la sensación que tengo, desde hace un tiempo, de que la gente que me rodea en mi cotidianeidad parece volverse cada día un poco más hostil justo cuando yo me siento cada vez más amigable y alegre. Hay algo que me separa de la gente, algo que hace que los demás se distancien de su entorno como si tuvieran miedo de que les arrebataran algo muy, muy personal.

Evidentemente, sé que no es ninguna confabulación contra mi afable persona, porque me refiero al ambiente que respiro cada día, en general, pero sí que creo que donde un día pude entablar relaciones de verdadera amistad, hoy no veo más que resentimiento hacia algo, a mis ojos, inexistente. El ambiente está rancio, la gente es egoísta y desagradecida... lo peor de todo es que me temo que esto está extendido, más allá de mi pequeño círculo. ¿Quién no ha tenido alguna vez algún compañero de trabajo, de estudios, etc., que parece que se empeñe en demostrarte que si tiene un mal día es sólo por tu culpa? Realmente, me hace gracia la gente que piensa que una se levanta cada mañana con la única intención de hacerle infeliz... ¿Pero quién o qué se creen que son?


Lo cierto es que sólo nosotros mismos podemos decidir si ser felices o no. Somos más dueños de nuestra vida de lo que creemos. Parece que no nos damos cuenta...

«Olvidamos siempre que la felicidad humana es una disposición de la mente
y no una condición de las circunstancias.»
John Locke


Y esta es una de las muchas cosas que la vida me ha enseñado...



P.D.: ¡Qué malísimos son los perros! :) ¡Miau!

El rumbo de mis sueños


Todo lo escrito hasta ahora no es más que los restos de un pasado del que me niego a desprenderme, esa parte de mi vida que llevo siempre conmigo porque es lo que me ha hecho avanzar en algún momento.

Así que este es todo mi equipaje en este nuevo punto de partida. Bienvenidos a mi espacio.

Lunes 12 de marzo del 2007

Reciprocidad


Hace un par de días que tengo constantemente una palabra en la cabeza. Del mismo modo que a todos se nos pega, a veces, una canción o alguna fórmula que repiten por televisión hasta la saciedad (esas que suelen acabar como politonos, sonitonos y demás), a mí se me suelen pegar palabras. La semana pasada pensé mucho en 'ceniza', y en 'zarzaparrilla' más que por su significado por su sonido. Si me autopsicoanalizara, supongo que descubriría algún tipo de fijación o trauma anterior con el sonido interdental fricativo sordo, porque esta semana no dejo de pensar en la palabra 'reciprocidad'. Me gusta como suena...


El tipo extraño


Él no hacía nada. O quizá hacía todo. Nunca lo supe y aún hoy sigo sin saberlo. Era un tipo diferente, podría decirse extraño o tal vez insólito. La sociedad siempre había tenido prejuicios ante tipos como él, aunque esta nunca expresara abiertamente su rechazo, su desprecio o, simplemente, lo que consideraba “anómalo” en su comportamiento. Sin duda, existían y existen muchos tipos como él, tipos con personalidad, sanos, atrevidos, genuinos.

Eran pocos los que se aventuraban a cruzar sus vidas con la suya. El mundo giraba ocupado por las idioteces de los especímenes que habitaban en uno y otro concurso de televisión, preocupado por felaciones de gente insignificante o indignado por la cornamenta de las esposas de los toreros. Mientras todos bailaban “levantando las manos, gozando y moviendo la cintura” en las playas aquel verano, unos pocos como él (y como yo), se preocupaban por aportar algo al mundo, o como mínimo a su propio mundo. Un mundo en el que lo importante era realizarse ahondando en sus propios intereses. Tipos como él tenían el poder de limpiar la escoria que una mano adinerada, suprema y salida de la nada había vertido sobre la humanidad.

Yo tuve la oportunidad de cruzarme con él, quizá porque yo, en la justa medida, andaba tan descarrilada como él. Como toda buena oportunidad, era preciso no dejarla escapar. Nuestros primeros contactos se produjeron en días cargados de fascinación mezclada con incredulidad. Días en los que naufragué en un terreno desconocido que a la vez me era familiar. Y además, en aquellos días no sólo conocí a un tipo de vitalidad sugerente, también me conocí a mí misma y, encantada de haberlo hecho, aunque alguien dijera, en el interior de un DeLorian volador, que no era conveniente encontrarse cara a cara con nuestro “otro-yo”, ya que eso, en el peor de los casos, podría propiciar un shock y una fractura en la estructura espacio-tiempo de nuestras vidas.

Hoy puedo dar fe de esas palabras. El shock se produjo el día de mi encuentro con ese tipo egocéntrico e inquieto. No sé el momento concreto de la fractua espacio-temporal, pero sé que se produjo en un momento u otro de estos últimos años.

Cierta noche, sus ojos cansados se me clavaron en el alma de la forma más cruel y amenazadora. Posiblemente, no había motivo para preocuparme pero, yo aún debía aprender que la seducción de tipos como él podía llegar a convertirse en una situación letal. Quizá sólo era el cansancio el que me había hecho entrar en una horrible pesadilla, pero observé sus ojos distantes, que miraban hacia donde sólo conocía él, y mi única salida fue encerrarme en la oscuridad.

Quizá aquí es donde empieza la interesante vida de una mente cegada en un cuerpo perdido de pulsaciones, con ojos tristes y sonrisa atribulada. Una vida que empieza y acaba en una habitación con las persianas bajadas, sin bombillas ni llamas de incienso, con una puerta de visagras roídas por el tiempo perdido a la espera de una ráfaga de luz.

Pero tal y como desapareció aquel tipo, el destino le hizo aparecer de nuevo. El tiempo nos unió de una manera especial, intensa pero rara (como cabía esperar)... De una manera que el mundo parecía no entender, pero día a día, tengo la sensación de que yo aún no he llegado a comprenderla.

Sólo una idea sigue aporreando mi cabeza: ¿Hasta dónde quieres llegar?

Me rindo


Llevo años escribiendo por escribir, intentando salir de mí misma para verme desde una cierta distancia, porque así es como se disfrutan las cosas, con distancia. Porque de cerca todo nos parece mal: nos cansamos del trabajo, del día a día, podemos aborrecer a la gente que nos rodea e, incluso, podemos odiarnos a nosotros mismos. Con distancia, en cambio, se mira la luna, las estrellas, los eclipses, el horizonte, el pasado nostálgico... y todo ello se reviste de una bella sensualidad que nos hace a todos ser iguales por un instante.

Pero la distancia a veces es frívola y estúpida. Las palabras se dividen como mi propia identidad, por un lado busco, por otro huyo. Y lo distante, de tan deseado, es amargo y lo cercano me sabe a nada. El objetivo siempre está lejos, mientras derribo todo lo que se cruza en mi camino. Cada vez estás más lejos y poco a poco me he ido resignando a ello aunque jurara no hacerlo nunca.

Pero me rindo, quizá la clave está en no hacer nada, en dejar que vengas sólo, aunque corra el riesgo de no apreciarte, de que me sepas a nada y derribarte mientras sigo buscándote, inconscientemente.

Lo sabes


Me gustaría volver a conocerte sabiendo ya todo lo que de ti he aprendido.

Ojalá hubiera podido disfrutarte de cerca como lo hago ahora cuando sueño. Algunos años han bastado para ir abriendo puertas, desconsolada o llamando la atención pero, sigues aquí, y mis latidos están ahí, se mueven y cosquillean. Y lo sabes. Lo sabes aunque ya no te lo diga.

Nuevas aficiones


Hay quien dice que de pequeñ@s, obtener buenas notas en matemáticas era sinónimo de buen oído musical (es sólo una anécdota que oí hace años, no dispongo de ninguna fuente fiable para avalar dicha teoría).

Para mí las matemáticas siempre fueron un lastre. Hoy empiezo como suele decirse en el lenguaje musical "una nueva andadura", para mí tan apasionante como difícil. He aquí mi nueva ilusión:

El cielo


«Con un palito trazaba signos en la arena. Súbitamente suspendió el palito en el aire y miró al cielo. Nada hacía prever que aquel acto decidiría su vida, pero así fue. (...) Poco después estaba sentado ante un papel en el que acababa de escribir la palabra "cielo". Estuvo por añadirle gris o azul pero dudó, tachó, corrigió...

"El cielo azul se hace gris / como mi alma entre las hojas", fueron sus dos primeros versos. Entonces se levantó y fue a mirar el cielo. Se sintió tan dichoso que hubo de respirar hondo, con los ojos cerrados, para que la dicha no le ahogase con su fragor de lluvia torrencial.
Desde ese día, escribió versos sin descanso.»


Luis Landero, Juegos de la edad tardía




Sólo quien tiene la capacidad de vivir con intensidad la belleza de un amanecer puede llegar a tomar decisiones tan sorprendentes para nosotros, espíritus adormecidos y prisioneros de la monotonía. Igualmente, quien cada mañana es capaz de dejarse seducir por la batalla que se desencadena en el horizonte puede sentirse llamado a reunirse con los guerreros del cielo.
La belleza nos envuelve («¡Oh! Señor, que no haya tanta belleza», decía Canssinos-Assens) y para aquellos verdaderos poetas aptos para aprehenderla, la belleza es más fatalidad que la muerte. Pero por encima del amor, del odio o cualquier sentimiento, algunos seres especiales son atraídos por la belleza y la única forma de permanecer para siempre es rompiendo las ataduras con un mundo prosaico y formando parte del espectáculo eterno que nos conmueve.

Dolors Tresserras, Sant Jordi 1999

El rizo dorado


«PRÓXIMA CIRCULACIÓN POR VÍA 1, TREN DE CERCANÍAS CON DESTINO VIC. PARA EN TODAS LAS ESTACIONES.»

Llevaba un buen rato sentada en el viejo banco rojo de la estación, cual Penélope con su bolso de piel marrón, cuando por fin se acercaba el tren que la llevaría a La Garriga. Después de recorrer durante una semana las calles de aquella ciudad, los locales más concurridos y los grandes almacenes, volvía a sentir la necesidad de saborear la soledad de un pueblo que, pese a su agigantado proceso de urbanización, le seguía pareciendo insulso.

Sea como fuera, era su pueblo, y una semana lejos de él era suficiente para echarlo de menos. Pensaba en sus inmensos parques para pasear, los balnearios, la estrechez de sus callejones y la oscuridad homogénea de su calle mayor, todo ello tan desacorde con su espíritu joven y agitado. Realmente, no sabía qué le unía tanto a él. En su juventud había jurado mil veces que a la menor oportunidad se marcharía lejos para conquistar, como en sus más íntimos sueños, un mundo lleno de oportunidades. No se sentía orgullosa ni arrepentida; lo cierto es que llevaba más de cuarenta años allí y no presuponía ningún motivo ya que la pudiera apartar de aquellas calles. La edad le proporcionaba cada vez menos fuerzas para enfrentarse a su futuro. Temía echar de menos su vida de siempre si cambiaba la brisa con olor a leña por las bocanadas de polución, aunque en la ciudad estuvieran todos sus sueños. El pasado era más fuerte que ella cuando ni siquiera aún lo había dejado atrás.

Subió al tren. La noche amenazaba con ser fría. El vagón permanecía casi vacío y en silencio. La gente leía o dormía. Se sentó. Alguien miraba por la ventanilla con un whisky entre las manos y con un leve movimiento hacía balancear el vaso. Era como si aquel personaje inmóvil hubiera sido recortado del bar y enganchado en el nuevo paisaje del vagón del tren por las manos de un misterioso artista. Su mirada penetraba en el vacío oscuro del túnel; muros y luces fugaces frente a una mirada azul reflejada en el cristal y capaz de iluminar la noche más negra. Permanecía fundido en su vaso de whisky que, por momentos, se llevaba a la boca haciendo sonar los cubitos de hielo desgastado. Miraba a través del cristal apartando a menudo un ligero rizo dorado de su frente, refugiado en su áurea de melancolía.

Ella no podía evitar dirigir su mirada hacia aquel cabello rizado, hacia aquellos ojos, hacia aquel vaso, hacia aquel gabán. Todo le resultaba familiar, pero miraba a un lado y a otro y el resto de gente parecía totalmente ajeno. Nadie parecía conocer a aquel hombre, ni siquiera parecía que pudieran verlo.

Sacó de su bolso el monedero y de uno de los pequeños apartados de la billetera sacó un posavasos de cartón con una dedicatoria breve y una firma:

«Mira sempre cap endavant i no et detinguis mai en el passat»

Lo que tiempo atrás le parecieron dos simples versos de ánimo, ahora tomaban un cierto relieve de duda. Miraba la dedicatoria y miraba hacia los rizos. Miraba a un lado y a otro y todo parecía normal. Sin embargo, creía que todo era producto de su imaginación; no podía estar viendo algo imposible, pero sus ojos lo estaban viendo.

Sin apartar la mirada recordó una noche de invierno, más de veinte años atrás, y un bar antes de un concierto. El cantante permanecía sentado en la barra, camuflado en un sombrero negro y un gabán oscuro. Recordó como, siendo joven, hubiera dado lo que fuera por tener un autógrafo de su cantante favorito. Él se encontraba tan solitario y apaciblemente sentado en el taburete del bar, agitando suavemente su vaso de whisky, que dudó en acercarse a él por miedo a molestar. Superó el miedo y se acercó. Temblando de emoción y casi sin voz le acercó un bolígrafo a la cara con ademán de pedirle que firmara el posavasos. Él aceptó amablemente diciendo: “No ho oblidis mai”. Entusiasmada, guardó celosamente el posavasos y soñó despierta que el concierto se lo dedicaría exclusivamente a ella. De hecho, como suele ocurrir en los conciertos, siempre que su mirada azul se dirigía, en plena euforia musical, hacia el sector del público donde se encontraba, sentía indudablemente que era a ella a quien miraba.

La mañana siguiente al concierto, una triste noticia era portada de todos los diarios: la muerte de un joven cantante por causas todavía desconocidas. No cabía duda, era él, su ídolo de juventud, la voz que cantaba las canciones que tanto habían significado ara ella y que había mitificado, aún más, tras su muerte. Aparentemente no era posible, pero lo era. La dedicatoria decía que no debía mirar atrás, pero lo estaba haciendo. ¡No podía evitar hacerlo!

No supo si bajarse en La Garriga o llegar hasta el final del recorrido con él. Antes de tomar la decisión, se acercó e intentó hablarle. Era increíblemente misterioso que él no se inmutara. Cualquier intento de llamar su atención fue vana y empezó a perder los nervios:

— Por favor, señor, sólo dime que no me estoy volviendo loca. Si eres tú quien me escribió esto—enseñando la dedicatoria— dímelo y te haré caso, miraré hacia delante y haré como si esto no hubiera ocurrido.

Los ojos azules seguían recorriendo el paisaje, indiferentes.

— Pero ¿no ves que ahora mismo lo único que puedo hacer es mirar al pasado?... ¡Te estoy mirando! Tú formabas parte de mi pasado y recuerdo cómo me afectó tu muerte... sigues igual que entonces, no has cambiado, no has envejecido. No es posible que ahora estés aquí, pero estás y ¡no me dices nada!

«TREN CON DESTINO VIC, PRÓXIMA PARADA: LA GARRIGA»

— Por favor...

Apartando su rizo dorado, el chico asintió con la cabeza, con un gesto entrañable parecido al de los abuelos que dan silenciosamente un caramelo a sus nietos, a condición de que se porten bien. Así que ella guardó el posavasos y se bajó del tren. Se detuvo ante la ventanilla hundiendo su mirada en la profundidad de los ojos azules, con un leve remordimiento al pensar que quizá ella había sido la elegida para mantener viva la memoria del cantante. Algo así como una señal del cielo, pero, un guiño desde el interior del vagón, en el momento de arrancar de nuevo la tranquilizó y sintió una sensación de nostalgia feliz.

Dio media vuelta y paseó entre los árboles, lentamente, hundiéndose en su gabardina, diciéndose a sí misma:

— No mires atrás... ¡Adelante! ¡Siempre adelante!


Estupendo


Aquel día cumplíamos, oficialmente, un año como "pareja formal". Tras un concierto de Crosby, Still & Nash al que fui, irónicamente, a bajar la media de edad del público (¡ríete tú de los viejos!, que estuvieron casi tres horas saltando y chillando, con sus canas y sus porrillos), y tras respirar el encanto que por sí solos tienen los conciertos en el Poble Espanyol, lo llamé y lo saqué de la cama para hablar toda la noche acerca de la eternidad de la vida y esas cosas metafísicas que sólo se te ocurren una noche de verando cuando estás extasiad@ por algún sentimiento en concreto. Pero, sin saber por qué, por nuestras venas corría un velo de resentimiento por cosas que no nos habíamos dicho en su día y en una discusión un tanto psicótica estuvimos a punto de tirar la toalla, y así podríamos decir siempre que, por los pelos, sabíamos «qué significa un año de amor».

Aún con todo, la noche acabó bien. Decidimos pensar que aquello no era más que una discusión propia de dos personas no acostumbradas a esto de cumplir años "juntos" y quedamos al día siguiente para ir a cenar como teníamos planeado.

Cenamos en un restaurante con jazz en vivo y comida "exquisita" (las comillas van con el cinismo que me ha dejado el recuerdo). Aquel ambiente me ablandó y absorbí la música, el olor del restaurante, la decoración expresionista, el encanto del pianista ciego, las paredes cargadas de retratos de músicos, etc. Y allí, junto a mi novio de más de un año, sintiéndome en uno de esos días en que pienso que estoy estupenda, me sentí felizmente enamorada. Aquella noche estaba empeñada en sentirme enamorada, además de estupenda.

Después de cenar estupendamente fuimos a pasear por la Rambla. En medio de tanta gente diferente, me seguía sintiendo estupenda y fuimos a tomar una birra a una taberna irlandesa, con un camarero estupendo que, aunque mayor, hizo que me sintiera, si cabe, más atractiva de lo que ya me sentía. Por cierto, actualmente a cualquier cosa se le llama taberna irlandesa, pero aquella, efectivamente, era irlandesa y apenas podían entenderte si hablabas español.

Después, seguimos paseando por la Rambla. Unos besitos en el puerto (el olor a pescado podrido no daba opción a mucho más romanticismo) y para casa.

Vine durmiendo en el coche. Estaba agotada de sentirme tan estupenda.

El "yo" actual


Todo parte de lo real, pero ni lo real ni lo ficticio puede satisfacer sus intenciones. Ellos son ellos pero no son ellos en realidad. La ficción dejó de ser escasa para abrumarnos durante el horario infantil.

Existe el yo y sus miedos, el yo y sus fantasías, el yo y el terror que provoca su independecia, el yo que todo se cuestiona... Todos son autoficción, "yos" que ejercen ficcionalidad en sí mismos, que se convierten en personajes de su propia vida.

Todo es un juego de actitudes y lenguajes. No se reproduce la realidad, si no que se construye a partir de nosotros mismos, la contamos o inventamos como si hubieran pasado.

El azar ya no juega ningún papel. Vivimos en actitud pasiva para no provocar la fatalidad y la televisión nos está invadiendo con la estrategia más vieja del mundo, haciéndonos creer que eso es lo que queremos.

Poesía eres tú


El vagón del metro parecía agitado, como si huyera de la multitud que había pretendido, sin éxito, subir en la parada anterior. El ambiente bochornoso de sudor, bostezos y mal humor de la gente en contacto directo contra su voluntad dificultaban cada vez más mi respiración. Yo intentaba evadirme como cada día con mis auriculares y algún libro, aunque a duras penas lograba pasar página sin que un codo o una chaqueta colgada del brazo de otro pasajero me arrugaran las hojas. Solía leer sólo un par de páginas porque acababa prestándole más atención a analizar las pintadas, a menudo poco ingeniosas, del vagón, a imaginar la vida de cada uno de los pasajeros o a mirar la cara de velocidad de alguna mosca que se resistía a echar el vuelo al otro lado del cristal. En una ocasión, una mosca permaneció inmóvil durante todo un trayecto de más de media hora; parecía aterrada por la oscuridad del túnel y agotada por el excesivo esfuerzo de procurar no despegar sus patitas del cristal. Fue una lección de valentía comprobar que un ser diminuto aguantaba más el tipo ante las adversidades que yo, que presumía de fortaleza mientras trabajaba, a escondidas, en perfeccionar mi coraza.

Aquel día olvidé el libro y viajé utilizando la imaginación. Pensé en mis reencarnaciones, en quién podría haber sido siglos atrás y en quien me gustaría convertirme si se diera la ocasión de renacer después de mi muerte. Pensé también que quizás las siete vidas no son exclusivas de los gatos, y si fuera así, en cuál de ellas me encontraría yo actualmente. Quizá en la última.

Concluí con mi estupidez de creerme reencarnada al darme cuenta de que ni siquiera sé quién soy en esta vida. He sido muchas “Bettys” desde que nací. Cada una en su lugar y orgullosa de todas pero diferentes. Quise hacer un breve recorrido mental por mi vida pero me obligué a mí misma a recordar sólo momentos felices, coserlos uno por uno para hacer mi propio libro al que poder recurrir en momentos de bajón. Aparecieron uno tras otro fragmentos de lo que viví y me contó un poeta que decía ser “mi sombra de un don nadie” sin saber que para mí fue la historia de amor "indefinida" más bonita jamás vivida...

Historias de vagabundos y de belleza inigualable en cuerpos de mujer

Tú, alargando la felicidad de la gente,

yo, advirtiendo que todo llega con seguros de defunción

Las escaleras del Banco de España

Besos escondidos en algún rincón de Barcelona

Tus dedos delgaditos

Mi “no me quito los pantalones que voy sin depilar”

junto a tu santa resignación

Miles de calles que confluyen en un mismo punto

Museos de vida y muerte

La muchacha del culo frío

Abrazos en la boca del metro

“las limitadas fronteras que los cobardes levantan”

Soñadores que desenredan sus barbas

El tiempo que te convierte en otro y hace a los demás desiguales

Penélopes y Ulises

Peter Punk y Bambi durmiendo juntos

Ojos inundados, manos sangrientas

Juegos con Dios

Yonkis despertadores por la mañana en estaciones holandesas

Niñas de ojos color marihuana

Abril

“Columpios que se levantan según les dé el sol”

“Parejas impares y otros juegos de salón”

“Días luna, días sol”

“Expresidiarios que juegan al ping-pong”

“Viejas prostitutas que no saben español”

“Jóvenes italianas con quien compartir habitación”

¡Bolívar!

“Falta de costumbre en pernoctaciones ferroviarias”

El Barrio Rojo

Cartas o diálogos monofílicos

Editoriales, compañías teatrales, poesía

Un pene que acariciar para dormir

Sueños recurrentes

Diario del tiempo (I)


Miro tanto hacia el pasado que deberían ponerme retrovisores. Es una de aquellas características inherentes que desearía cambiar con todas mis fuerzas y cuando más lo intento, más atrás me voy. Cada día resucitan historias, que adelanto por la izquierda y dejo atrás, mirando de reojo, con la lagrimilla de las despedidas. Pero sigo adelante.

Todo lo que añoro es una nube confusa que un día salió por la puerta, enmudeciendo al silencio, sin decirme si volvería. Y sigo esperándola, muda, ciega y débil, con miedo de volver a encontrarla y no atreverme a adelantarla.

La fábula del champiñón


Hoy recordaba una tarde de lluvia de hace tiempo en que convencí a mi hermano para que jugáramos al Trivial. Aunque no era bien bien un Trivial, sino un juego de preguntas y respuestas con quesitos de la marca Falomir Juegos.

Quizá la cosa ha cambiado actualmente, pero en mi infancia Falomir Juegos venía a ser como la imitación barata, lo que hoy se podría llamar marca blanca, de todos los juegos clásicos. De hecho, era un buen medio para valorar el poder adquisitivo de las familias o la capacidad de ahorro de las mismas en las fechas navideñas. Mientras los niños "ricos" disfrutaban de los juegos que anunciaban por la tele, véase Monopoli, Scrabble, ¿Quién es Quién?, Choconova, Quimicefa, Mastermind, etc., los "pobres" debíamos conformarnos con Superpoly, Intelect, ¿Cuál es Cuál?, Chocomoldeo, o Mis experimentos, respectivamente.

La partida con mi hermano en esa tarde de lluvia (no puedo ocultar mi debilidad por estas tardes aparentemente aburridas que acaban siendo las más divertidas y/o creativas) dejó en el subsuelo de mi recuerdo unas cuantas anécdotas que me apetece compartir con ustedes, mis queridos lectores. Y es que a una, con este tipo de juegos educativos, le dan ganas de aparentar ser más inteligente de lo que es y de hablar como si el diccionario más selecto se hubiera instalado en su boca. Esto no viene a ser más que un juego también.

Tras cuatro horas de juego y de risas, concluí que Falomir Juegos no sólo apoyaba a los bolsillos más necesitado sino a aquella gente que requería estímulos añadidos para adquirir los conocimientos más o menos básicos. De esta manera, las preguntas no se limitaban a proporcionarte una información tras conocer la respuesta, sino que incidían hasta que te quedara claro de una vez por todas toda esa sabiduría popular que ofrecen las preguntas y respuestas "triviales". Para ello el Señor Falomir y Cía. empleaban el método del cambio de perspectiva. Este método consistía en que, y apoyo mi argumento con un claro ejemplo, en el caso de fallar la respuesta a la pregunta ¿Quién cenó por última vez con doce apóstoles?, unas vueltas al tablero más adelante te pregunta ¿Quién nació en un establo hará cosa de 2000 años? Buena manera de ejercitar la memoria y la intuición es la repetición ¿no creen? Parece un buen método ya que las preguntas formuladas desde diferentes ángulos te van encauzando hacia el colofón final de descubrir tan imprescindible respuesta, aunque no neguemos una leve brisa de autoritarismo que parece que te imponga que "tú no te levantas de aquí hasta que sepas quién es Jesús".

Y este método era aplicable a todas las áreas de conocimiento. Un ejemplo difícil de olvidar (no por la importancia, sí por la insistencia) pero que me ayudó a ganar la partida era el siguiente:

* ¿A qué deporte asocias el florete?

Cuatro vueltas más tarde...

* En esgrima, ¿Se usa florete?

Acabando la partida...

* ¿Qué instrumento se usa en esgrima?

Y es que el saber no ocupa lugar ni mucho menos tiempo, ya que una pregunta era ¿En qué equipo juega actualmente Pelé? ¡Qué más da! ¡Viva el anacronismo!

Pero tanta palabrería, señores, a veces oculta una gran ignorancia, mírenme a mí, que a pesar de seguir el incisivo método educativo de la empresa Falomir he sido incapaz de resolver esta cuestión, que cito textualmente:

Pregunta: ¿Puede crecer un champiñón en un Camemberg?

Respuesta: Sí, en la corteza hallará la respuesta.

Días y días vagando por el mundo en busca de la luz que me despeje esta duda han sido en vano. Tiendas, colmados, supermercados en busca de quesos que me quiten la losa de mi desconocimiento. Falomir Juegos, mi guía, mi modelo, mi infancia, hoy se desvance ante esta incertidumbre. Pero mi vida es más interesante, ahora tiene emoción, suspense... Mi vida ahora es la búsqueda de un champiñón. Buscaré, exploraré... Algo tan pequeño ha cambiado mi vida. ¿No les parece fascinante?


Así que, amigos míos, dejénme darles un consejo, a pesar de correr el riesgo de asemejarme a un cuentecillo de Jorge Bucay. Vivan la vida y aprendan de ella. Disfruten las tardes de lluvia que se presenten aburridas, las noches de sol, los días eclipsados, las risas, las tinieblas... No se enfurruñen. Busquen la verdad en las pequeñas cosas de la vida, no sólo en los libros ni en internet. La vida te muestra las cosas desde diferentes persperctivas, y uno no se marcha de aquí hasta aprender lo que tiene que aprender. No se dejen engañar por las apariencias. Esta es la sabiduría de lo pobres. Y el secreto de su felicidad.

¿Insensatez?


Llevo un tiempo relativamente largo cuestionándome si lo que yo misma he creado es lo que realmente quiero. No es el lugar ni el momento para contar mis motivos y conclusiones, pero me ha llamado la atención que, investigando por ahí, parece ser que la gente es mayoritariamente honesta consigo misma. Un 90% aproximadamente de los encuestados es totalmente sensato o puede contar con los dedos de las manos las veces que no lo ha sido.

Quizá me equivoco, pero me parece un porcentaje muy elevado, por lo que no sé si pensar que esa gente no ha sido honesta a la hora de contestar. Si me equivoco, pues, no me queda otra opción que resignarme a incluirme en el pequeño porcentaje de la estadística que necesitaría treinta manos, por lo menos, para poder contar sus insensateces. Pero la verdad es que lo prefiero...

Diciendo sin decir


Curiosamente hoy estoy echando en falta sentimientos que un tiempo atrás me parecieron desagradables. Echo en falta llorar de amor, preguntarme "¿qué haré yo sin ti?", discutirme a mí misma qué es lo que he hecho mal, por qué no me entiendo y no tengo valor para actuar y acercarme a ti, intentando disimular lo evidente. Hoy es todo tan claro que me niego a aceptarlo y quiero seguir jugando a rondarnos diciendo sin decir y todas esas cosas...

Sin embargo, hoy sólo juego a buscarme en el número de habitantes de mi guía local, para realzar la insignificancia de mi historia junto a la de millones de personas que sé que sienten lo mismo que yo...

Contradicciones

Con el pensamiento vacío y el alma nublada por la espesa nube de humo que permanecía quieta en el bar, se me pasó por la cabeza pasar allí la noche dormitando sobre la barra. Quizá algún desconocido, en el mejor o peor de los casos, se sentaría a mi lado fingiendo interesarse por mí.

Caminé recto hacia el final de la barra y allí me esperaba un taburete, el único que no estaba ocupado. Presa de mis dudas, en el fondo yo no quería acabar allí, aquel bar me daba asco. Las únicas veces que había entrado allí lo hice con intención de sentir algo de libertad entre aquellas cuatro paredes manchadas, cuando mi libertad, todo sea dicho, se basaba en el simple hecho de encontrar un sitio en el que poder fumar un cigarro tras otro hasta el punto de sentir dolor de cabeza o náuseas al pensar en acercarme otro cigarrillo más a los labios.

Quieta frente al taburete, miraba con disimulo a la puerta con la esperanza de que tras ella apareciese alguien que me llevara lejos de allí. Y apareció, un señor desaliñado que se acercaba con pasos pesados mirándome como si estuviera a punto de alcanzar un gran objetivo. Pero mi reacción fue ocultarme detrás de la gente, sentada en el taburete al final de la barra, deseando que no me viera.

No tuve más remedio que aceptar su compañía y su intención de hacerme ver una realidad que no era más que una forma como cualquier otra de entender la vida. Sin embargo, una realidad que me llevaba a defender unas ideas sin poder llegar a dominarlas. Una realidad opuesta cargada de variantes que intentaban legitimar mi identidad, rotunda pero indefinida. Podría decirse que mi situación era una cuestión de cabezonería al buscar siempre la manera más compleja de vivir y es que, probablemente, creía que ahí estaba la magia de la lucha diaria por encontrar un sitio en este puto mundo, que nos sacrifica a unos escasos parámetros de aceptabilidad, sin dar lugar a nada más que a una monosémica voluntad, una uniformidad que nos hace a todos tristes, vacíos e inhumanos.

Yo no quería hablar pero, poco a poco, fue sacando mis palabras como si, apaciblemente, fuera estirando el hilo a la vez que adelgazaba el huso. Pero el hilo se acabó. Entre lágrimas y miradas penetrantes, yo no disponía de fuerzas para seguir allí más tiempo. Pidió la cuenta y me acompañó a casa como un perfecto caballero que intentaba remendar mis cardíacas heridas con la ingenua intención de llevarme a su cama. El aire frío de la madrugada me hizo ver el mundo real, si es que existe un mundo real... ¡Joder! ¡Qué complicado era todo!

No quise aceptar sus consejos, puesto que yo ya sabía equivocarme solita, como tampoco acepté un beso de buenas noches.

Una vez cerrada la puerta, ya en el recibidor de mi casa, recapacité sobre sus palabras y todo lo ocurrido en el bar. Sus palabras, entre el humo, me sabían a verdad; palabras sabias, dicen algunos, pero nunca lo creí. Lo que me mantenía en pie era ver como todo lo que no se profetiza por ahí o lo que se profetiza clandestinamente, que no es más que lo obvio, lo estaba viviendo yo día a día, sin ayuda de nadie.

Inclinada en la pared del recibidor, con las ideas todavía ebrias, se me deslizó una sonrisa orgullosa y cínica. Ese orgullo era como un sueño: vacilante pero seguro. Vacilante de noche, seguro de día. Vacilante de noche, vacilante de día. Vacilante...

Exploté en una amarga carcajada que me impulsó a tambalearme hacia el sofá. Seguí riendo, quitándome los zapatos, quitándome la ropa. Seguí riendo, entre sudores que me estremecían por todo el sofá, mientras me imaginaba, de la forma más real imaginable, el sexo del mismo hombre por quien había estado bebiendo y llorando toda la noche. Mis dedos se aceleraban entre la añorada carcajada de su presencia ahora ausente. Lo deseaba y me aferraba con gemidos al pensamiento que conservaba su aliento. Mis pechos buscaban el roce imposible que elevara mis suspiros hasta el último quejido de un alivio contenido.

Finalizada la excitación seguí sonriendo con una lágrima deslizándose por mi cuello y pensando que aquella noche había vivido lo infinitamente vivido, una historia como tantas que se pierde en el pozo de la trivialidad. Una historia de desamor, la pérdida de un hombre amado, su engaño y el ahogo de penas en la barra de un bar, en compañía de un viejo soltero que anhela carne joven, y hundida en un espacio en blanco demasiado grande para una vida corta...

Encendí un cigarrillo, desnuda en el sofá. Pensé entonces que la felicidad es como un tesoro a la vista de un ladrón que te acecha y te intimida para que cedas. Y cedes. Nunca pones resistencia. ¡Maldito futuro! Si no existiera, si no pensáramos en él... Ni pasado ni futuro, nada sirve. Somos un instante, un saco de pensamientos que se limita a existir. Vagamos en un mundo a la espera de la salvación que nunca llegará, nunca llega. No llegas... Cada instante es un instante sucio y maloliente. Esperamos y esperamos. Todos somos iguales, inertes, inútiles ante el tiempo; despreciamos el espacio, el aire, y nuestra mente se degrada al mismo ritmo.