Hasta siempre, Michael


26/06/2009


Empiezo este escrito con la foto de un señor que todos y todas conoceréis de sobra, estos días más que nunca. O mejor, rectifico, todos y todas habréis oído hablar de él infinidad de veces porque conocerlo, lo que se dice conocerlo, creo que no. Dudo que nadie mínimamente influenciado por la prensa pueda llegar a entender una vida como la de Michael Jackson.

Yo procuro hacerme una idea, aunque tampoco puedo llegar a imaginar cómo sentía o padecía, pero mi respeto hacia él no va a faltar en un día como hoy (ni nunca). Quien quiera leer sobre mascarillas, niños en el balcón, blanqueamientos de piel, operaciones, abusos a menores, los derechos editoriales de los Beatles, plagios o cualquier otra de sus excentricidades o mentiras infundadas vertidas sobre él a lo largo de estos años, que se vaya a otro sitio. Por una vez no voy a permitir un solo comentario ofensivo hacia su persona (eliminaré cualquier comentario que considere inadecuado), y no porque me guste censurar ni porque sea una fanática ni porque justifique y apruebe todo lo que ha hecho o ha dejado de hacer este señor, sino porque hoy me invade la mala hostia al comprobar como, dial tras dial, casi todo lo que he oído sobre él ha sido el mismo ensañamiento de siempre, los mismos desprecios, las mismas tonterías de siempre justificadas con argumentos endebles y más que obsoletos.

Me parece lamentable que alguien que ha dejado un legado tan grande al mundo de la música y que fue creador de un estilo tan genuino e imitado hasta día de hoy, en el medio radiofónico (el medio que, precisamente, más hincapié debería hacer sobre su música) reciba como último homenaje una sarta de prejuicios, ofensas, desprecios y sinsentidos. La televisión, directamente, ya he procurado no verla por miedo a acabar de horrorizarme del todo. Sus últimos años ya me parecieron injustos aunque me callaba pensando que eso no iba conmigo, pero lo de hoy ya no tiene nombre. Es algo que me puede. ¡Qué faltas de respeto! ¡Qué poca profesionalidad y qué asco dan ciertos locutores! Evidentemente, no hablo de todos ni de todas las emisoras, pero sí de muchas. Y podría decir que, hasta ahora, Onda Cero se lleva la palma. Es increíble como el poder de los medios de comunicación puede hundir en la mierda más profunda a quien antes lamían el culo.

Yo era una recién nacida cuando el éxito de Thriller estaba en pleno apogeo y, a pesar del miedo que me daba la canción y el videoclip de los muertos vivientes, disfruté una parte muy importante de mi infancia (y adolescencia) rodeada de sus discos en vinilo, que ya por aquel entonces eran muchos, con los de The Jackson 5 y los de The Jacksons. Antes de que a principios de los 90 empezara a caer la mierda de los abusos sobre él, yo ya había descubierto su discografía y entendía que su música no podía dejar indiferente a nadie. Repito, su música.

Hoy, nada más levantarme he recibido la noticia, un par de sms en el móvil, y me ha costado reaccionar. He ido a trabajar sin pensar mucho en ello, pero a medida que iba entrando gente al bar e iban comentando la jugada me he ido dando cuenta, con una especie de sonrisa cínica interior, de lo grande que fue este hombre, en todos los sentidos. Y es que siento tanta debilidad por esta clase de genios que crean controversia sólo con respirar (o con dejar de respirar en este caso, sin ánimo de bromear). Ha sido, en cierto modo, divertido ver a los clientes debatir, defensores y detractores, sobre lo mismo de siempre, escuchar a quienes hablaban con algo de conocimiento y a quienes juzgaban y despotricaban repitiendo como loros lo que oyen. Patético reflejo de la sociedad actual.

Muchas pérdidas llevo ya en lo que va de año. Ver cómo poco a poco va muriendo la gente, cercana o no, con la que has crecido debe ser uno de los peores síntomas de estar haciéndose mayor. No hablo aquí de todas ellas, porque si no este blog va a empezar a parecer una sucesión de “Hasta siempres”, pero, como acostumbra a pasar en quienes tenemos inquietud para escribir, suelo tener más ganas de expresarme cuando algo me afecta. Parecerá que me paso la vida deprimida, pero no es así. Hay momentos para todo. Los malos suelen plasmarse aquí, los buenos los disfruto con las personas que quiero y tal vez después, los plasmo también. Depende.

Muchas pérdidas, digo, llenas de tristeza e impotencia pero siempre con la vista positiva tratando de conservar todo lo bueno que han dejado en nosotros.

Hasta siempre, Michael. Gracias por tu música, por los recuerdos que guardo y la gente que he conocido gracias a ti.
Ojalá te dejen en paz de una puta vez.


P.D.: Curiosamente, Michael era una de las muchas cosas que tenía en común con Marc, de quien hablé en la entrada anterior. ¡Qué duro se hace tener que despedir a los dos en tan breve espacio de tiempo!

Hasta siempre, Marc


Cada vez que siento la necesidad de escribir algo en este blog tengo el mismo dilema: ¿Dónde está el límite entre mi realidad y mi ficción? ¿Hasta dónde estoy dispuesta a mostrar mis pensamientos íntimos o mis situaciones personales? Y, si entran en juego segundas y terceras personas, ¿Cuándo es o no lícito hablar de ellas? ¿Cuál es el límite que separa la simple anécdota inofensiva de la exposición deliberada ante los ojos de curiosos desconocidos? ¿Cuándo la discreción deja de serlo para convertirse en ofensa?

Supongo que no hay una respuesta correcta a ninguna de estas preguntas, por eso suelo echar mano del relativismo y pensar que cada persona lo asume como mejor sabe/puede. Hay quienes son más comprensivos que otros, quienes disfrutan sabiendo que escribo sobre ell@s y quienes se niegan en rotundo a que se sepa algo de sus vidas, aún cuando las camuflo con metáforas o recursos variados. Cuando se trata sólo de hablar de mí suelo llegar a buen consenso con mi intimidad y, respecto a los demás, procuro tener siempre el grado de empatía adecuado y saciar así mi deseo de comunicarme con el mundo virtual sin molestar a nadie porque, aunque no deja de resultarme curiosa e incomprensible esta necesidad de expresarme por este medio, es prácticamente imposible hablar únicamente de mí, excluyendo a todas aquellas personas que se cruzan por mi vida a diario.

Hoy siento necesidad, disculpándome previamente por si esto incomoda a alguien, de escribir sobre una persona a quien no veo desde hará aproximadamente trece años y que ya nunca volveré a ver, a no ser que la vida que supuestamente hay “más allá” nos vuelva a unir en un futuro (espero que lejano, dicho sea de paso). Un compañero de clase, de los pocos que consideré “amigo” en mi época de infancia-pubertad nostálgica y solitaria. El tiempo nos llevó por caminos muy diferentes y, como ocurrió con la mayoría de exalumnos de mi colegio, vivimos nuestra adolescencia y primera edad adulta sin necesitarnos el uno al otro. Y nunca nos necesitamos, en realidad. Muchas veces pensé en él tratando de imaginar qué habría sido de su vida, si me recordaría, de qué trabajaría e, incluso, lo buscaba de vez en cuando en Facebook, sin éxito (y ahora sé por qué).

La verdad es que hay poco que decir cuando aún no se ha salido del estado de shock que produce una noticia así. Duele el recuerdo del abrazo que nos dimos a mediados de los 90 para despedirnos cuando se marchaba a vivir lejos, sin saber que sería el último que nos daríamos. Cuesta expresar que, a veces, sin saber muy bien por qué, es más difícil aceptar una muerte que ha sido ignorada por la distancia y los años, que la de un familiar o amigo cercano a quien veías con más o menos frecuencia.

Ya sólo quedan los recuerdos, algunas fotos y aquellas anécdotas que, entre unos y otros, iremos rescatando siempre que salga el tema. También el recuerdo de esa lección que vamos aprendiendo reiteradamente: el de vivir y disfrutar cada momento como si fuera el último.

Hasta siempre, Marc.